Su destino – por EVA MARÍA CASTILLO #relatos

Salió esa mañana con paso indeciso, algo en el amanecer de hoy le invitaba a remover los sueños que tantas noches le habían inquietado, que le hacían sobresaltarse y que siempre, como cada duermevela luchaba por olvidar, esa locura que nunca se permitiría escuchar.

Él no era persona de improvisaciones ni de presagios, ni siquiera de intuiciones dignas de dedicar ni un segundo de su calculada vida. Lo tenía todo bien atado, pensado y repensando, se decía a sí mismo que así es como se consiguen resultados, lo demás queda para los débiles e indecisos. Y una y otra vez repetía a quien le pudiera hacer dudar, que la vida es o blanco o negro, los matices son ilusiones que no llevan a nada, sólo a la desidia, se es o no se es.
Recordó que tenía guardado en el último rincón de su vida una tira de papel que un día recibió en un encuentro inesperado y a veces, en los momentos escasos de fragilidad buscaba para volver a sentir cómo sus latidos se alteraban.

No se explica aún por qué guardó aquel trozo de papel ya sin color en el mismo instante que lo leyó, una escueta frase, dos líneas nada más,  -quien no arriesga, no gana- recuerda que fue consciente de su latido, pudo escuchar su pulso cambiar el ritmo silencioso, monótono, ausente, por uno que no reconocia, como si fuera de otro, no suyo, bien sabía que esas cosas eran para los demás, los románticos, los nostálgicos, los ilusos. Tonterías, pensó y lo guardó, para comprender en mejor ocasión la alteración física, infantil, que le descolocó sin sentido.

Hoy de nuevo se desesperó con esa idea que le rondaba por la cabeza, que no por el corazón, en la que se veía viviendo otra vida, cogiendo el otro tren que siempre escuchaba anunciar antes que el suyo, que le alteraba los nervios tan sólo unos segundos, entonces miraba el reloj instintivamente borrando cualquier vestigio de duda y respiraba acompasadamente para volver al estado inicial tan seguro y tan reconocido, confiado en el inmediato aviso de su llegada.

Sólo en esta ocasión ese primer tren tardó más de lo habitual en alejarse de la estación, manteniendo su invitación a subir con las puertas descaradamente abiertas en espera de la llegada del despistado pasajero, el que cada mañana subía adelantándose a su paso a toda prisa, moviéndole la chaqueta en la conocida carrera para alcanzar la puerta de un salto. Unos minutos que le parecieron eternos para quien siempre calculaba el tiempo sin demoras, el tiempo sin excesos, el tiempo necesario.

Ver el tren esperando le invitaba sin permiso a claudicar de la monotonía, en su seguridad de las horas ciertas con las que llenaba sus días, horas quietas, tareas pendientes, cosas colocadas.
Así terminaba cada noche, con el ritual de arrancar la hoja del calendario, sintiendo la satisfacción del trabajo cumplido y de los objetivos logrados, tachaba con ahínco las exigencias anotadas y daba por resuelta cualquier duda pendiente, sin decisiones importantes de esas que no tocan el alma desplazada.

Sonrió por la ocurrencia de la tentación de subirse y saltarse las reglas, le trasladó a otro tiempo, hace mucho tiempo, sería cuando niño, pensó, que todo apuntaba a la transgresión, a probar, a comprobar el límite y la osadía de uno cuando se sabe observado por los otros, pero estaba seguro que si resistió entonces nada le presagiaba decidirse ahora en esa dirección, ahora que era considerado cabal, sensato, maduro, esperable.

No hacía falta esforzarse demasiado en imaginar que no lo haría, así que bajó la guardia, relajó la razón, dejó fluir el latido que notaba en sus puños apretados, subió al tren, respiró y sin abrir los ojos escuchó el conocido sonido de las puertas al cerrarse, de la estación ya alejándose, que en la distancia anunció la llegada del tren, el suyo, lejos ya de volver a su cotidiano destino.

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Eva María Castillo

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