Soy del British – por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE

El año 1940 no parecía ser el más apropiado para crear nada fructífero ni prometedor en Europa y mucho menos con una larga visión de futuro. No digamos ya en la agónica España saliendo de una cruel guerra civil de tres años donde imperaba la miseria y la escasez a todos los niveles. Sin embargo el Agregado Cultural de la Embajada Británica en Madrid, Walter Starkie, sí tuvo claro que era el momento oportuno de aplicar la política de expansión cultural del British Council fundado en Inglaterra en 1934. Como si quisiera desafiar las descaradas simpatías políticas e ideológicas franquistas por la Alemania de Hitler que ya tenían doce centros de enseñanza del alemán repartidos por el país, no se podía esperar más tiempo para fomentar un sólido respaldo educativo británico sin que se notara demasiado una sesgada intención propagandística frente a la enorme influencia fascista y no sólo alemana en la cultura española al comenzar la guerra en Europa.  

 Desde Lord Lloyd, Presidente de la Cámara de los Lores en Londres, hasta Starkie en Madrid sabían que además de introducir sutilmente una política pro-británica con este novedoso proyecto educacional, había que sembrar distintos aspectos del mundo sajón a través de una amplia visión del idioma y aplicar desde Madrid no sólo una educación liberal de acuerdo con el common sense desde su particular concepto británico, puesto que “en tiempos de peligro el acercamiento amistoso del British Council es vital para lograr el éxito del esfuerzo bélico, no menos valioso en tiempos de paz, con el fin de transmitir el conocimiento, la filosofía y el estilo de vida británicos”. Es decir, no limitarse a la enseñanza exclusiva del idioma, sino proporcionando un aprendizaje integral de la cultura británica partiendo desde la infancia. La mejor forma de implantar un frente didáctico completo ante la prepotencia germana y que de paso revirtiera en sacar de la ignorancia a los ingleses sobre la vida española. No quedaba otra alternativa. Un colegio británico en Madrid sería la plataforma idónea para acomodar un ambiente favorable y ganarse las simpatías de los españoles más escépticos hasta los de ideas más avanzadas a través de la infancia. Se aceptara o no, popularmente y entre tanta censura ambiental, la guerra en Europa  estaba forzando a los españoles pensantes a tomar partido por un bando u otro con todo el bagaje adicional que conllevara ser anglófilo o germanófilo. Cualquier prejuicio anti británico debía erradicarse a través de la cultura y era el momento de actuar, dadas las difíciles circunstancias internacionales, frente a la debilidad nacional.

  Como me contó Alma Starkie, su hija, hace pocos meses en un inolvidable encuentro madrileño junto a su hija Helena, Walter Starkie tenía así de claro que ese era el mejor camino para abrir el espacio didáctico necesario en un momento extremadamente delicado, cuando se sentían amenazados por los doce centros de enseñanza alemanes y diecisiete italianos repartidos por España. De forma que entre la clarividencia y el férreo tesón irlandés que le caracterizaba y ante la indiferencia del embajador Samuel Hoare por los asuntos culturales frente al peligro de la entrada de España en la II Guerra Mundial, el Agregado Cultural buscó unos aliados tanto o más sólidos que respaldaran su proyecto español. Y nadie mejor que el duque de Alba, embajador de España en Londres, quien acogió la idea con el mismo entusiasmo del irlandés, más aún al ser éste un gran experto en la historia de la casa de Alba a través de sus antiguas investigaciones como catedrático de español en el Trinity College de Dublin. Gran experto también en la música y cultura romaní y el folklore gitano que ya le había llevado a recorrer Hungría y le indujo a continuar haciendo lo mismo por los rincones más insólitos, desde los Balcanes hasta España adaptando las melodías zíngaras, o gitanas, a su violín. Una combinación humanística y diletante que demuestra la personalidad de este traductor de El Quijote al inglés y quien, con un clara visión de la importancia del rol social de una educación abierta, liberal y mixta en un momento histórico tan crucial y peligroso, finalmente se convirtió en el principal impulsor y primer director del Instituto Británico de Madrid, con el respaldo, además, del cardenal Hinsley. Porque uno de los mayores impedimentos del gobierno español para no abrir el colegio madrileño giraba alrededor de la enseñanza de la religión católica a los alumnos. Y entre otras muchas trabas, una de las principales condiciones que se impusieron fue que el director del colegio fuera católico, como ya lo era Starkie. A lo que él añadió clases de religión en español de un sacerdote local para los niños que así lo quisieran, pero tomándose la libertad de no obligar su asistencia a los alumnos que no fueran católicos. La independencia de criterio ante todo, remacha en distintos escritos el enérgico director del centro a Londres. Lo que indirectamente atrajo a los hijos de extranjeros y diplomáticos destinados en Madrid que no profesaran esta religión creando así un agradable ambiente cosmopolita inexistente en otros colegios españoles. Unas relaciones sociales abiertas con naturalidad también formaban parte del sano crecimiento infantil. Starkie ató bien todos los cabos necesarios ante las exigencias españolas y hasta los sobrepasó en su afán por impactar con una calidad educativa diferente a las futuras generaciones de españoles que tan bien conocía y amaba como hispanista mucho antes de que existiera el concepto de marketing. Puesto que con su atinado olfato propagandístico, cultural y hasta comercial, sacó adelante su plan educativo con la excusa de favorecer las relaciones hispano británicas a través de la infancia. Y no quedó solo en eso. En las tardes organizó conferencias, tertulias, exposiciones y otras actividades para adultos selectos desde las dependencias de la calle Almagro con el fin de sustentar la buena imagen y la amplitud de miras de la educación británica que él deseaba tanto promover. Conferenciantes como Pio Baroja – cuyo sobrino Julio Caro Baroja, insigne antropólogo, sería el primer secretario del profesor irlandés – o un joven Camilo José Cela bastantes años antes de ser Premio Nobel de literatura, pasaron por aquellas reuniones entre otros escritores de un claro talante liberal sin necesidad de alardear de ello. Como era la tendencia propia de Starkie. De manera que aunque nuestro primer colegio sólo comenzó con 6 alumnos en septiembre de 1940, como me contó su hija Alma,  nada le arredró a este valeroso irlandés para poner en práctica su sueño de enseñanza infantil desde el primer British Institute que existió en la calle de Méndez Núñez. Lo que en un sólo año aumentó  a 195 niños matriculados, como afirma en uno de tantos informes enviados a Londres. Un notable avance cuando apenas un año antes explicaba en otro memorándum que escribía a Mr. Tunnard-Moore el 5 de diciembre de 1940:

“Mi primera intención era crear una escuela infantil, puesto que como me han informado muchos amigos españoles, era una de las formas mejores de atraer las simpatías de los padres. Los españoles hablan siempre del vacío de sus escuelas y tienen una admiración genuina por la educación británica. Después de muchas dificultades y contrariedades conseguimos abrir el colegio el 18 de septiembre. Contraté los servicios de Ms. Fernández Victorio, graduada en la Universidad de Leeds y especializada en enseñanza infantil….El colegio, que incluye niños entre 4 y 10 años está dirigido dentro de un estilo moderno, como por ejemplo, los métodos Montessori. Además de inglés se enseña español, francés, bailes folklóricos y canto”. Y aclara un poco más abajo: “nos hemos sentido asediados por gente que quiere aprender inglés; gente que no sólo pertenecen a las clases acomodadas, sino a los más pobres también”, aclara, tratando de alejar el sesgo elitista que pudiera dar a entender.

  Aunque no se podía pregonar en su momento, por obvias razones de seguridad personal, si se ha sabido eventualmente que dentro de ese war effort, o esfuerzo bélico que formaba parte de la filosofía inicial del British Council y que tantas enemistades se crearon entre los falangistas temerosos de inculcar a los niños españoles una educación sajona y liberal, Walter Starkie tampoco podía quedarse impasible ante otras penurias relacionadas con la II Guerra Mundial. Más aun sabiendo que como parte del Holocausto llevado soterradamente por los nazis alemanes desde años atrás, además de judíos, con la excusa de la guerra se asesinaban a los gitanos que él tanto admiraba y por los mismos motivos racistas. Por lo tanto, en paralelo con sus inquietudes culturales, no tardó en formar parte de la organización de las rutas de escape secretos entre Francia y España, por las que cruzaban furtivamente los primeros pilotos británicos que caían en suelo francés y necesitaban retornar a su origen atravesando la España neutral. Rutas clandestinas que posteriormente sirvieron para encaminar a miles de judíos y otros perseguidos de distintas procedencias europeas hasta llegar a los Pirineos y recalar en nuestro país camino de su salida por Gibraltar o Portugal. Indocumentados en su mayoría que de paso él acogía en su domicilio de la calle del Prado por las dificultades y el peligro que significaba moverse por España en esta situación. Igual que hacía mi padre, Eduardo Martínez Alonso, como médico del colegio en aquellos días, en su domicilio de soltero de la calle Gurtubay. O nuestra admirada Margarita Taylor, otra irlandesa establecida en Madrid desde los años 1930 y que regentaba el salón de té, Embassy, aún existente en el Pº de la Castellana 12. Algo que muchos sabéis que cuento ampliamente en mi novela histórica “La clave Embassy” (La Esfera de los Libros, Madrid).

 Por lo tanto, ¿Hasta qué punto el British Council, Starkie, o mi propio padre, como médico español afranquista, liberal y miembro de la Cruz Roja fueron tapaderas oficiosas, u oficiales, como agentes encubiertos del MI6  estupendamente enmascarados en sus profesiones y activa vida social para socorrer  a miles de refugiados en los comienzos del Colegio Británico? La respuesta la dejo a la elección del lector. Pero aparte de lo que cuento ampliamente en mi libro con sus correspondientes documentos oficiales que prueban estas hazañas bélicas y la frecuente mención de Walker Starkie en el diario privado de mi padre como parte de esta organización instituida por el Servicio Secreto Británico desde España, yo no tengo la menor duda de que existió una colaboración sesgada en estas actividades clandestinas de ayuda humanitaria en un periodo de gran necesidad e inmenso riesgo a través del colegio, como se deduce indirectamente en esa misma carta del 5 de diciembre de 1940 a Mr. Tunnard-Moore:

“Como la cuestión del bienestar y la salud de los niños es de inmensa importancia hoy en Madrid, debido a los años de privaciones y mala alimentación, he decidido emplear a un médico para que pueda observar su desarrollo físico. Por lo que he nombrado al Dr. Eduardo Martínez Alonso – un cirujano famoso graduado en la Universidad de Liverpool -. Él lleva el control de cada niño, los pesa, resalta los defectos físicos que pueda encontrar, e imparte lecciones semanales sobre higiene, respiración, etc…, para que los observe y controle.”

  Puesto que mi padre sí era agente del MI6 en los rescates humanitarios clandestinos por aquellas fechas, estupendamente camuflado también como médico español de la Cruz Roja y de la Embajada Británica en Madrid, si de paso se ampliaba su cometido al nuevo colegio, aún quedaría más diluida la doble vertiente ante los posibles observadores de la Gestapo (que los hubo y muchos), igual que ocurría con el director del centro y sus variadas actividades no sólo culturales. Por eso creo conveniente contar esta parte prácticamente desconocida sobre los inicios del colegio puesto que además de ajustarse a la filosofía del war effort, promovido por el British Council desde 1934, creo que nos tenemos que sentir orgullosos de que gracias a esos valiosos granos de arena que aportaron los colaboradores ocultos y silenciosos desde el British Insitute de los años 1940, se pudieron salvar algunos de los 300.000 escapados del nazismo por España en su huida hacia el extranjero. Una noticia trascendental referida por la Cruz Roja Británica y que por causas incomprensibles soy una de las pocas personas que se ha dedicado a investigar y divulgar como se merece.

  Con este interesante background histórico y social de nuestro Colegio Británico en Madrid, en el que de alguna manera aquellas particularidades  fijaron su impronta en nuestra educación y desarrollo futuro, no nos queda más remedio que preguntarnos ¿En qué ha derivado en la España democrática actual aquél entramado entre propagandístico y progresista que se anticipó a su tiempo al cabo de casi 80 años de enseñanza? No sólo tenemos que guiarnos por la bonanza actual y los cuatro edificios a las afueras de la capital rodeados de unos amplios jardines en los que se imparten clases a cerca de 1.500 niños, además de los que existen en Barcelona, Bilbao, Valencia y otras capitales españolas como resultado del desbordante número de alumnos que hemos pasado y siguen pasando por sus aulas, sino por la singular secuela humana, profesional y personal que nos marcó para siempre al aplicar a nuestra vida las avanzadas políticas de educación desde los complejos y difíciles comienzos de los años 1940. Y no quiero echarme flores por considerarme yo también otra consecuencia positiva, personal y cultural, como antigua alumna, pero es indudable que al menos las tandas iniciales de alumnos que pasamos por allí entre 1940 – 1970 somos parte de la primera generación de profesionales bilingües españoles con dimensión internacional.

  Ya sabemos que el bilingüismo desde la infancia proporciona una elocuente flexibilidad mental y verbal que además de perdurar toda la vida es muy aprovechable en diversas facetas personales y profesionales como adultos. Una ventaja de la que todos los alumnos nos hemos beneficiado en mayor o menor medida y a la que la mayoría de nosotros le hemos sacado partido al proporcionarnos un empuje insospechado para convertirnos en profesionales muy variados. Especialmente entre los pioneros de esta educación madrileña de los años 1940-70 a la que aquí me refiero. Los que sin duda rompimos unos moldes educativos insospechados en comparación con otros alumnos de esa generación más inflexible del franquismo recalcitrante. Como lo fue el alto ejecutivo de banca, Manuel Balsón, hijo del chófer del embajador Hoare y uno de los primeros alumnos que entró en el colegio de Méndez Núñez en los años 1940, para salir a los 14 años listo para trabajar de botones en el banco de Santander. Donde al darse cuenta de su buena preparación le auparon hasta convertirse con el tiempo en director general del Banco Santander en Londres. Mujeres rompedoras en su profesión, como Rosina Gómez Baeza, durante veinticinco años directora de la Feria de Arte Arco, una de las más importantes de Europa. Leonor Pérez Pita, iniciadora  de la pasarela Cibeles en 1985, convertida hoy en la Mercedes Benz Fashion Week, un destacado referente de la moda internacional que aún dirige. O la guionista de cine  español, Lola Salvador,  que llegó a ser Premio Nacional de Cinematografía en el año 2014. Esperanza Aguirre, durante años presidenta de la Comunidad de Madrid y política destacada desde hace décadas.  La doctora en medicina, Amalia Palacios, especializada en microbiología clínica, igualmente un referente internacional en su especialidad. Como lo es su colega Antonio Culebras, premio extraordinario de carrera de medicina al graduarse en España y posteriormente profesor de neurología en la universidad de Upstate, New York. Las hermanas Elena y Marta Bizcarrondo, psiquiatra la mayor e historiadora la menor. El director de cine, Ricardo Franco, la escritora y cineasta Vanessa Montfort,  o María Villota, la primera piloto de carreras que hubo en España, desgraciadamente fallecida hace tres años prematuramente. Y ya en mi clase entre 1950-61, Ted Pahle que explica de primera mano sus experiencias internacionales de gran envergadura con el gobierno norteamericano en algún lugar de este escrito. Aunque no mencione que su hermana Maribel, – cuya hija  Patricia es mi ahijada como consecuencia de aquella apreciada amistad infantil -, ha sido durante décadas mano derecha de Richard Rockefeller en las oficinas del edificio del mismo nombre en Nueva York. Sin olvidarme de Ursula MacTisell, que compartió clase con Ted y conmigo y logró crear su propia compañía de viajes, Welcome Portugal entre este país y Estados Unidos. Sólo algunos ejemplos rompedores de distintas épocas de estudio y que unidos a los innumerables abogados, diplomáticos, periodistas, traductores, maestros, unos cuantos escritores y demás profesiones gratificantes individualmente y  útiles para la sociedad, nos dan idea del excelente resultado de la educación recibida a lo largo de esos años. Y ya que he desvelado algunos secretos sobre los orígenes del Instituto Británico, tampoco nos tiene que extrañar que los cinco nietos del duque de Alba, hijos de la inolvidable duquesa Cayetana, también pasaran por esas aulas.

     Es obvio que cada uno cuente de la feria como le fue, y  no todos los resultados finales tienen porqué ser tan positivos como los que aquí destaco, pero en mi caso personal a pesar de ciertas restricciones sociales franquistas, que sin embargo se difuminaban por el propio ambiente del colegio, también fue estimulante crecer entre el casticismo madrileño familiar y el anglicismo colegial de Martínez Campos, 27 concentrados en el Barrio de Chamberí. Ese Madrid de los herederos galdosianos que aún se respiraba en el ambiente pero que no nos impidió adaptar a los cuentos de Dickens, la combinación de Christmas carolls y villancicos, el basket ball que jugábamos en shorts (¡con aquél frió en invierno!) entre las  costumbres en las que nos educaron al absorber con naturalidad esa cultura bilingüe y abierta que me atrevería a considerar única de nuestra generación. En el British nos estaban formando como a progres adelantados sin saberlo al marcarnos unas pautas exclusivas. Lo que a la larga nos mantuvo fieles a aquella filosofía del common sense que tanto colaboró para que utilizásemos la lógica ya de adultos y que combinado con el fair play del juego limpio a todo nivel nos impidió ser excesivamente reaccionarios o tremendistas a lo largo del tiempo. Mientras que sí nos fueron inculcando la tolerancia, la comprensión, el respeto al prójimo y sus ideas.  A considerar sin juzgar, a aceptar otras religiones, otros colores de la piel, o unos orígenes distintos a los propios. Pues al fin y al cabo aquellos niños algo diferentes del franquismo que nos educamos en la calle de Martínez Campos, frente a las generaciones democráticas posteriores, crecimos entre unas costumbres y principios británicos tan sutilmente a contracorriente que hasta podrían parecer opuestos a los que imperaban en la gran mayoría de colegios. Visto con la perspectiva de hoy, ese sentido común del juego limpio aplicado con sensatez al devenir del día a día que han sido tan  positivos, al menos en mi caso particular, nos proporcionó una visión cosmopolita y amplia del mundo a pesar de – o gracias a –  ese filtro anglo-español que caracterizó nuestra niñez. No os extrañe entonces que eventualmente me convirtiera en una antropóloga social que se recorrió sola gran parte de América Latina mochila al hombro en los años 1970 para terminar ejerciendo en mi propia empresa en Madrid como head hunter unos cuantos años antes de dedicarme por entero a ser la escritora que siempre supe que sería. A todo esto habiendo sacado un B.A Honors previamente en la Universidad de Portsmouth, Inglaterra, en Latin American Studies – siempre girando sobre esa educación bilingüe que me marcó la vida.

  Y termino con una anécdota personal aplicable al caso. Cuando conocí al que sería mi maestro de antropología e hispanista británico, Julian Pitt-Rivers en su cátedra de la Universidad de la Sorbona en París y con quien eventualmente terminé colaborando y recorriendo España para investigar sobre las fiestas populares taurinas durante quince años – no tan diferentes a las correrías de Walter Starkie con los gitanos y su música zíngara décadas antes en Hungría – me dijo una frase que nunca se me ha olvidado: “you speak colonial English”. Más que nada por la fluidez de mis expresiones espontáneas y la formación precisa de las frases habituales en inglés. Lo que viniendo de él me pareció un halago. Sin duda el beneficioso resultado de lo que asimilé durante once años entre aquellos profesores respetuosos y respetables que me enseñaron a aprender sin notarlo. A preguntar sin miedo. A curiosear entre aparentes nimiedades para acabar por asimilar lo trascendental sin esfuerzo y con entusiasmo. Todo ello para llegar a unas conclusiones razonables sin necesidad de memorizar frases rebuscadas. Es decir, esas cosas tan necesarias cuando aplicamos las enseñanzas de la infancia al resto de la vida. Y todavía no he terminado.

(El texto corresponde al Epílogo del libro “Yo fui al Británico”, editado por British Council y JdeJ Editores)

En el centro de la imagen, con bigote, el Doctor Eduardo Martínez Alonso junto a Walter Starkie, el primer director del British y Agregado Cultural de la Embajada Británica en Madrid

Patricia Martínez de Vicente

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