Sombras – por PILAR RUBIO

¡Joder, me pone malo la rubia de ahí enfrente! Y eso que es una mañana de lunes, febrero y es el Metro. Ya ves Marta que no estoy muerto, como seguro que te gustaría. Ni medio muerto siquiera. Le dejaba yo esos rizos como escarpias. Y esa boca, le enseñaría que hacer con esa boca. Pero ni mira siquiera, la creída. Yo aquí, clavando ojos, y la tía como si nada ¡si son todas iguales! Pero tiene un buen polvo, aunque vaya escondida tras su abrigo de cuadros. Uno rapidito y salvaje en los lavabos y un adiós como mucho. ¡Cojonudo! No tienes que abrazarla, no te quiere cambiar, no va a convertirse en parte de tu vida… Nunca te va a dejar.

 

Por fin me devuelve la mirada, esto va bien. Y la sostiene con aire de deseo, me la imagino lamiéndose los labios. ¡Vaya cruce de piernas, y se hacía la inocente! Hay algo en ella que sugiere peligro, una amenaza vaga de dominio. Tras ese aire tan frágil parece decidida. Pobrecillo su novio si lo tiene, no le debe resultar fácil de llevar. ¡Joder con las mujeres! Marta era igual. Siempre desafiante, intentando salirse con la suya, “que si me gusta esto, qué si no quiero aquello, qué por qué no me hablas, qué qué somos tú y yo”.

 

Me está pidiendo guerra ¡si hasta cogiéndose a la barra me provoca! ¡Pero qué buena está! Tiene la mezcla de vulnerable y lanzada que me pone a morir. Me hace sentirme blando. Es una de ésas que te engancharía, que invadiría un día tu cabeza y no te dejaría pensar en otra cosa, le contarías historias de tu vida, podrías incluso hasta soñar con ella, y mientras dale que dale con lo suyo “Que si por qué me tienes que contar mentiras, que si ya estoy harta de tratar de entender, que si me quieres dominar porque me temes, que así tú desde luego no me vas a tratar”, esos rollos de tías, hasta que de repente, ¡zas! Un ¡ahí te quedas! Sin dar explicaciones. Y tú otra vez con ojos como platos, pero a ella lo único que le importa es que te den.

 

La barra ahora parece que fuera solamente de los dos. Mi mano, pegadita a la suya, suda, quizá incluso me tiembla. Me acerco mucho a ella, casi la toco, pero no todavía. Sólo mi aliento le calienta la nuca. Que críe ganas, que me sienta detrás. Me enerva como huele, olor a hembra mezclado con perfume. La agarraría del pelo y la mordería muy despacito por el cuello. Seguro que está pensando lo que yo ¡Menudo polvo!… ¿Dónde estará el lavabo? Te jodes Marta, ya ves lo que te dije, no ibas a ser difícil de olvidar.

 

¿Y ahora por qué sale casi corriendo del vagón? Yo no entiendo a las tías, eso está claro. ¡Ah! Sabe que está muy buena y quiere hacerse la estrecha. Pues nada, princesita, habrá que hacer la corte. Ya estamos con las mañas, siempre igual.

 

La perdí. Va a ser que se escapaba la muy puta. Y yo aquí, con el calentón, con cara de paisaje, en una encrucijada, pasmado entre la gente que va medio dormida, tras haber vuelto como un gilipollas a seguir a una sombra. Y con la imbécil de Marta en la cabeza, retándome en silencio, intentando que crea que la sombra soy yo.

 

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Pilar Rubio

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