Sólo un peón – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #EspañaenRetales #CatalinadeAragón

Su destino no le pertenecía; era una partida de ajedrez en la que Catalina era un simple peón, movido al antojo de sus padres y suegros. Un peón desplazado de un lado para otro según el momento. Un peón sin posibilidad de ejecutar sus propios movimientos ni derecho a tener corazón.

La muerte de Arturo provocó en la Reina Católica una primera reacción, si bien enmascarada; sus ojos ya se habían posado  en el pequeño Enrique. En un doble juego, pidió la vuelta a casa de Catalina, era joven y sellarían otra alianza matrimonial. Si Enrique VII no cedía a las pretensiones ocultas de Isabel, desplazaría a su hija del tablero, jugaría con otras cortes.

Instalada en Londres, en una zona residencial lejos de la apestosa ciudad que se alzaba tan solo a dos kilómetros, Elizabeth de York procuró cuidarla. Poco tiempo tuvo para ello, la muerte se la llevó a los nueve días del parto de su última hija, también llamada Catalina, que siguió sus pasos poco después. Su fallecimiento permitió que Isabel insistiera en el retorno de su hija, la presión comenzaba.

Enrique VII comenzó a buscar nueva esposa; con solo un heredero vivo, necesitaba una mujer joven que le diera hijos y con peso político para afianzar su dinastía. Su nuera se convertía en el ideal, de nuevo una pieza insignificante de la que tirarían ambas partes.

Corría el mes de abril de 1503 cuando Isabel dio instrucciones a su hija: volvía a casa, una flota que regresaba de Flandes la recogería. La estrategia funcionó. Enrique VII daba el visto bueno al matrimonio de su hijo Enrique con Catalina. No importaba que en el corazón de la joven la esperanza del retorno hubiera arraigado, su hogar sería el que determinaran otros.

Los mecanismos ya engrasados, se pusieron en marcha. Julio II envió una exención papal estipulando que el matrimonio entre Catalina y Arturo “quizá” se había consumado. Ese obstáculo ya estaba salvado. Ella, con diecisiete años, se comprometía formalmente a Enrique, de once. El matrimonio se celebraría cuando él cumpliera catorce. El futuro de Catalina, de nuevo trazado sobre un joven corazón ya lastimado.

 

Arturo, hacia 1501. Autor desconocido.

 

Lola Sánchez Lázaro

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