Solidaridad es una palabra que se escribe con el alma, por FERNANDO REVIRIEGO – #escritos

I. Pese a la opinión de algunos científicos, el comienzo de la vida es realmente sencillo. En el principio existen las almas. Todas ellas se encuentran sentadas, alineadas en una enorme sala de espera aguardando expectantes el cuerpo que finalmente habrán de habitar.
Pero he aquí que, en una ocasión, hace no muchos años, el cuerpo de una de ellas no llegó. Aquel alma esperó un día y un segundo, y un tercero…y así hasta cuarenta y siete, siendo seis días el plazo razonable.
Pues bien, aquel alma esperó cuarenta y siete días en aquella gélida sala, mientras sus compañeras se iban despidiendo de ella una detrás de otra.
El nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella, aunque no de su cuerpo pues todavía no tenía ninguno. Sus temores más terribles finalmente se cumplieron. No había cuerpo disponible para ella.
Mas es regla en el universo que todo debe tener una función. Que nada es ni puede ser inútil. Igual ocurre con las almas. De ahí que la energía que en ella habitaba fue transformada ante la imposibilidad de asignarle un cuerpo.
Así, fue transformada en un frío y fulgente trozo de metal. De esta manera, aquel alma perdió su consciencia de alma; pues no habría nada más terrible en el Universo que un trozo de metal con la conciencia de que, antes de aquello, pudo ser, en algún momento, alma.
Aquel trozo de metal fue en apenas unos días transformado en un corrector de dientes, que fue colocado en la boca de una niña de diez años, de nombre Aurora.
II. Aurora era la única hija de un matrimonio acomodado. Su padre trabajaba, en la medida que se puede calificar a eso trabajo, de Presidente de un banco. Los negocios marchaban bien, mas un día la burbuja inmobiliaria, de la que tanto se había aprovechado el banco, explotó… y con ella el banco.. aunque por poco tiempo. Sorprendentemente, después de una brusca caída el banco remontó.
Ello… por un pequeño detalle…
Aquel pequeño detalle, si es que podemos llamar así al hecho de vender el alma al diablo, salvó el banco.
El padre de Aurora estaba asustado, más que por él mismo o por el banco, por su propia familia. Fue aquello lo que le empujó a invocar al diablo, cosa no demasiado difícil, pues en situaciones de crisis éste se encuentra muchísimo más vigilante y atento a las debilidades humanas.
Las cosas en el banco mejoraron rápidamente -que no milagrosamente, pues difícilmente podemos hablar de milagro cuando es el diablo el que interviene-, ocurriendo todo lo contrario en la casa. El humor de Miguel, pues así se llamaba el padre de Aurora, dejaba traslucir de alguna manera que algo no marchaba bien, aunque a nadie pudiera pasársele por su imaginación la verdadera razón de su comportamiento. Y una noche en que Aurora bajó a la nevera a por un vaso de leche y diez galletas, escuchó voces en el cuarto de estar.
Era su padre, y alguien… o algo más… Aurora notó un extraño olor y se escondió lo más rápidamente que pudo. Ella no lo sabía, pues no lo había olido antes, pero aquel olor era azufre. ¡Lógico!, pues era el diablo el que en el salón se encontraba. Aurora con solo verle supo que era el diablo.
Pero.. ¿qué hacía allí con su padre? Se acurrucó y se dispuso a escuchar. No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. “Tú me la has vendido, y cuando mueras será mía..”, rio malévolamente el diablo.
III. Desde aquella noche nada fue igual para ella. Sólo pensaba en aquello. Y tardó poco en encontrar lo que creyó sería la mejor solución. “El diablo quiere un alma.. pues que tome la mía”.
Seis noches después, en la oscuridad de su habitación, Aurora llamó con su dulce, entrecortada pero firme voz al diablo, y éste hizo acto de presencia.
La habitación apestaba a azufre.
El diablo era feo, malcarado, grande, casi cíclope.. y daba miedo, mucho, mucho, mucho miedo.
Aurora parecía mucho más chiquitina de lo que en verdad era.
La pequeña tragó saliva e hizo su oferta. Su alma por la de su padre.
El diablo se extrañó, pues para una mente mezquina como la suya, el amor o la entrega absoluta, carecen de sentido y lógica ninguna, mas la oferta era demasiado jugosa para rechazarla, así que aceptó sin mayores miramientos. Estrecharon sus manos. La mano del diablo era grande, peluda y sudorosa, pese a ello destilaba una profunda quemazón.

 

IV. Esa misma noche tomó una determinación. “Para qué vivir sabiendo lo que me espera! ¿Qué importa ahora o dentro de setenta años?”.
Decidió no escribir nada a sus padres. Sería mejor que pensaran que había sido un accidente. Llegó hasta la escalera del salón. Era larga y empinada. Daba miedo solo verla. El aire se enrareció repentinamente con olor a azufre. Aquello le dio más fuerzas. Cerró los ojos, pensó en su padre, se agarró a la barandilla titubeante, y se lanzó con la firme determinación de su cariño. Se dejó caer escaleras abajo. Tardó unos instantes en rebotar violentamente contra el suelo.
Quedó inmóvil. De su boca comenzó a manar un fino hilillo de sangre.
V. En aquel mismo instante, cuando la sangre de aquel sacrificio tocó el corrector de dientes de su boca, el Alma Sin Cuerpo transformado en metal, “recuperó la consciencia” de alma. El Alma Sin Cuerpo no tardó en comprender la magnitud de aquel sacrificio, y tampoco en advertir la presencia del diablo. Notó angustiado cómo el alma de Aurora comenzaba a abandonar su cuerpo. Y supo que debía hacer algo. Con su fuerza de alma luchó para que el alma de Aurora no abandonara el cuerpo. Fue una larga lucha, un largo tira y afloja, pero al final, el Alma Sin Cuerpo logró retener el alma de Aurora.
El Diablo asistía extrañado al suceso. Aurora estaba inmóvil en el suelo, sangrando, aparentemente muerta, mas su alma no aparecía por lado alguno. No tenía explicación. El Diablo no podía ver al Alma Sin Cuerpo, ni siquiera intuir en su conciencia, mala conciencia de diablo, que pudiese existir algún Alma Sin Cuerpo.
El Alma Sin Cuerpo tuvo de repente un fuerte sentimiento respecto de Aurora, una niña que acababa de realizar el mayor de los sacrificios, entregar no solo su cuerpo sino igualmente el alma.
Y pensó: “Cómo me hubiese gustado ser el alma  de este cuerpo”.
Tras aquel pensamiento, tomó una decisión. “El diablo está ahí, esperando un alma.. un alma. Que tome la mía.. Tú aún debes vivir muchas cosas, niña”, dijo el alma aun sabiendo que ella no le oía. Al tiempo que pronunciaba estas palabras la acarició, pues no es exclusivo de los cuerpos el poder acariciar. El alma sin cuerpo salió finalmente. Apenas lo hizo el Diablo tomó el Alma Sin Cuerpo entre sus peludas manos y se la llevó.

 

VI. Los padres de Aurora se despertaron sobresaltados, bajaron las escaleras y encontraron a la niña. Ella abrió los ojos. La abrazaron fuertemente. Aurora no supo explicar lo que había pasado, pero de alguna manera intuyó que su alma le volvía a pertenecer por entero. Su padre experimentó el mismo alivio. Y la felicidad volvió a reinar en aquella casa.
VII. ¿Que qué fue del Alma Sin Cuerpo? ..me preguntareis.
Pues bien, el diablo la llevó raudo y presto a sus tenebrosos dominios. Y la arrojó a las llamas eternas… Pero no se quemó.
Pues a cada alma le corresponde un cuerpo. Viva treinta o ciento treinta años.. pero un cuerpo. Y aquel alma jamás había tenido ninguno; y el universo, dentro de su horror vacui, no permite que nada altere su perfecto y “matemático” orden, ni siquiera el diablo.
Y justo en el instante en que el diablo arrojó al Alma Sin Cuerpo a las llamas, el Alma Sin Cuerpo pasó a habitar un cuerpo.  
El diablo se tiró de los pocos pelos que en su roja y redonda cabeza de diablo tenía, al ver como un alma que tanto trabajo le había costado obtener se escapaba ahora delante de sus mismas peludas y diabólicas narices. No entendía nada y tampoco lo haría así pasaran veinte siglos..
VIII. ¿Y qué cuerpo? ..quizá preguntéis de nuevo.
Temo haber sido parco en explicaciones al narrar este cuento, ya que al efecto de lo que ocurrió posteriormente todos los datos resultaban importantes.
La madre de Aurora, Camila, se encontraba en avanzado estado de gestación, concretamente en su séptimo mes. Nada parecía augurar que aquel niño nacería prematuramente, más aquella noche, dos meses antes de lo esperado, nació una niña, pues fue niña, al que pondrían de nombre Lucía.
Y aquella noche en que Aurora recuperó su alma, en el que su propio padre hizo lo propio “el” o “la” hasta entonces Alma Sin Cuerpo, habitó por fin un cuerpo, Lucía, hermana de Aurora.
IX. ¿Y qué fue del banco?, me preguntaréis también.
Quizá imaginaréis que al tener el padre de Aurora la mayor parte del capital del Banco pudo cambiar la política del mismo, reinvirtiendo todos los beneficios en proyectos de cooperación…
O que quizá se devolvió el dinero de determinados fondos de inversión surgidos al amparo de la burbuja…
Pero me temo que no fue así…
Aunque, ¡qué bueno hubiera sido si este cuento hubiera acabado de verdad de esta forma… ¡

 

una gota...

Fernando Reviriego

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