Sobre el mobbing – por ELENA SILVELA

Un buen día vuelves a casa sin poder reprimir el llanto. El primer impulso al llegar dirige tu cuerpo con determinación hacia la cama, allí donde el edredón recubre el cuerpo a modo de caparazón. Horas después, cuando ya no quedan lágrimas, logras salir de la cama mientras concluyes que determinadas formas de trabajar simplemente no merecen la pena, máxime si amenazan con exterminar tu salud mental. Parece el fin del mundo. De hecho, está muy cerca del fin del mundo. Reconoces en ese momento la terrible verdad que se esconde tras los últimos meses: que te encuentras inmerso en un tenebroso proceso de acoso laboral. “El famoso mobbing”, te dices a ti mismo. Y no hay nadie a quien recurrir.
La definición académica de mobbing es sencilla y parece casi inocua. “Una situación en la que una persona o grupo de personas ejercen una presión psicológica extrema, de forma sistemática -al menos una vez por semana- durante un tiempo prolongado -más de seis meses- sobre otra persona en el lugar de trabajo.” Desde una perspectiva más humana, el mobbing es una forma miserable y absolutamente despreciable de ejercer una superioridad laboral sobre alguien en un trabajo. Encierra una crueldad infinita contra la dignidad de la persona. Considero que es un delito con todas sus letras que aún no se encuentra suficientemente penado en nuestro sistema.
La lista de acciones “estratégicas” de mobbing a disposición del acosador es bien larga y a uno se le eriza el vello sólo de pensar en los efectos de una acumulación de varias de estas opciones:
1. Gritar o insultar a la víctima. Esté sola o junto a otros compañeros. Ese dato es irrelevante para el acosador. 2. Amenazar o coaccionar a la persona de alguna manera. 3. Asignarle objetivos o proyectos imposibles o manifiestamente inacabables. 4. Sobrecargar selectivamente a la víctima con montañas de trabajo. Son los marrones de toda la vida, pero se asignan aquí con intención específica de dañar. 5. Quitarle áreas de responsabilidad clave, ofreciéndole a cambio tareas rutinarias, sin interés. Pueden ser pocas tareas, o incluso ninguna. Cuanto más desesperante y penosa resulte la situación, mejor. 6. Modificar las responsabilidades del puesto de trabajo de la víctima. Sin notificación ni miramiento. 7. Tratarle de una manera diferente, discriminatoria. Utilizar medidas exclusivas, de esas que provocan la estigmatización ante otros compañeros o miembros de la empresa. 8. Ignorar o ningunear, verbo español muy característico y comprensivo de un infinito desaprecio. 9. Difamar a la víctima, menoscabando su reputación, su imagen o su profesionalidad. Esta acción es continuada y tiene la particularidad de que el protagonista se va creciendo a medida que sus acciones tienen el efecto devastador deseado. 10. Bloquear el desarrollo o la carrera profesional del acosado, volatilizando cualquier acceso a posibles promociones, cursos o seminarios de capacitación. 11. Ignorar los éxitos profesionales o atribuir éstos a otras personas o a elementos etéreos, como la casualidad o la suerte. 12. Utilizar la careta de “amigo” para acceder a información privilegiada de la víctima y luego poder utilizarla a discreción en su contra. 13. Criticar continuamente su trabajo, sus ideas, sus propuestas, sus soluciones. 14. Monitorizar el trabajo y horario de la víctima hasta extremos insostenibles. 15. Impedir que la víctima pueda tomar cualquier iniciativa en el marco de sus responsabilidades y atribuciones. 16. Bloquear administrativamente a la persona, impidiendo su traslado. Para ello, las armas pueden ser perversas. Incluyen la manipulación de documentos. 17. Invadir la privacidad de la víctima, interviniendo su correo y su teléfono. Incluso redactando mails desde su propio correo.
Mi opinión -personalísima- sobre el tema es contundente. El delito de mobbing lleva, per se, una agravante de perversidad y abuso de posición dominante que me resulta abominable. Es cierto que hay en la acción una paradoja: el acosador suele ser persona en estado de permanente amargura en su vida privada y busca esa especial satisfacción que se produce tras pisotear a quien se halla en inferioridad. Este amargor es un factor que debería hacerme comprender en cierto modo las motivaciones personalísimas del acosador, pero… no me conmueve demasiado. Brindo desde aquí con y por todas las víctimas de mobbing, en especial, las que luchan por sacar a la luz el problema y darle el castigo que merece.

 

CF 10. JACOBO ARIZA
Fotografía de JACOBO ARIZA

Elena Silvela

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