Sinsentido – por ELENA SILVELA

El ruido del goteo le resulta inconfundible. Cae en intervalos exactos. Reconoce la estancia como una habitación de hospital. Está en la cama, tapada con una ligera sábana. Más allá de la puerta, escucha una conversación. Ninguna de las voces le resulta familiar. Hace un examen sensitivo de su cuerpo, todo parece en orden. Mueve pies, piernas, manos y brazos con precaución. Todo parece estar bien.
¿Todo está bien? La pregunta en su cabeza resuena con un eco de alarma y deriva en instantánea inquietud. ¿Qué ha pasado? No recuerda. No recuerda nada. No recuerda ni siquiera su nombre. Sólo sabe que es una mujer. ¿Cómo puede no recordar nada pero sí saber el nombre de las cosas? Campeando un ataque de pánico que pugna por inundarlo todo, hace repaso de los objetos que ve. Goteo, cama, sábana, ventana, techo. luz. Procura tranquilizarse. Tiene un vocabulario, lo cual ya es algo. Y sabe que habla en español. España. Se pregunta dónde vive. Cierra los ojos y aprieta las manos, pero nada ocurre. No hay visión. No hay ni una difusa imagen de una casa, un salón, una terraza, una vista…  Las voces que vienen del pasillo siguen siendo absolutamente extrañas para ella. Se mira las manos. Lleva una alianza en la derecha y una sortija de plata en la izquierda. Nada le llama la atención de ellas aunque reconoce que le gustan.
Dos hombres con bata blanca entran en la habitación. Uno sonríe abiertamente y se acerca hacia ella. El otro se queda a los pies de la cama y ojea el informe que yace a sus pies.
-«Hola, Cris. Que alegría que estés despierta. Por unas horas creí que me quedaba sin mi mujercita.»
Ella sonríe de vuelta. Le parece atractivo. Muy atractivo. Quizá eso indique que su matrimonio es uno feliz. O quizá no. La idea de estar casada con un médico le hace sonreír involuntariamente. Cierra los ojos mientras siente que le coge de la mano. ¿Parece tierno? No puede calibrarlo bien. Musita algo, pero inmediatamente decide que es muy pronto para hablar y confesar su falta de recuerdos. No está preparada para el aluvión de preguntas que puede venir a continuación. Ahora sabe que se llama Cristina, nombre que no le gusta. Pero es un dato más. No puede acordarse del nombre de su marido. Todo un sinsentido. Todo un sinsentido saber esa palabra tan larga y no conocer nada de sí misma. Ni la más remota idea. Quizá, si descansa más, retorne su vida. La mano de él sigue agarrando la suya. El goteo continúa ahí. Se va quedando dormida mientras intenta enumerar nombres masculinos. Javier, Antonio, Pedro…

luz bombilla

Elena Silvela

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