Siempre las mallorquinas – por ELENA SILVELA #misescritos

Fueron muchos años de pensamientos entrelazados. Horas interminables mirando a través de las rendijas de la mallorquina, con los recuerdos tan oxidados como esas rejas desleídas, sentada en la silla, perenne, bajo el calor del sol representado en líneas pulcramente paralelas. ¿Cómo se llamaba? Jugaba a desfigurar el orden de sombras y luces, a someter el dibujo del sol al antojo de sus dedos. No se acuerda de la palabra. Las tardes eran eternas, le acompañaba una mujer silenciosa. Eficiente, sonreía poco. La palabra, era complicada. El sol le daba en las piernas hasta que ella, la muda, se empeñaba en echar las mallorquinas. Las líneas perpendiculares de luz envolvían su cuerpo entonces. Sí, llego a tomar mucho cariño a esas mallorquinas, hasta le gustaba su anciano olor. ¿Cómo era la palabra? A su lado, una mesita redonda, el mantel de hilo blanquísimo, el vaso de agua del tiempo, los medicamentos, ese odioso aerosol. ¿Cómo puede recordar la palabra “aerosol” y no acordarse de la palabra, esa que gobernaba su vida? La cama a su espalda, con la manta de cuadros en los pies. Mucho sol. Calor. Pensaba mucho a lo largo de esas tardes, imaginaba todo un mundo tras las rejas, desataba una historia de cada grito infantil, de cada risotada que le venía de la Plaza del Ayuntamiento. Y esa mujer, muda, era muy efectiva. Si tuvo bondad, nunca lo mostró.  No llegó a tomarle cariño. Por fin, ya se acuerda de la palabra, era complicada. Paraplejia.

 

Fotografía de FRANCISCO NAVARRO

Elena Silvela

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