Ser, estar y corromper – por JAVIER PECES

Este no es, de ningún modo, un texto político. La prueba de cargo y descargo resulta fácil de entender. Todas las circunstancias que se glosan más adelante resisten los cambios de gobierno. Da igual quién ocupe la Zarzuela, la Moncloa, la sombra del árbol de Guernica o el principal de la casa medieval que asoma a la Plaza de San Jaime.

Somos los herederos, tan nominales como accidentales, de una soberanía que nunca consideramos nuestra. Desde el principio de los tiempos, el poder era del Dios de los cristianos. Éste lo depositaba en el Rey, quien tenía natural derecho a hacer con él lo que considerase oportuno. Incluyendo la pernada, si me apuras. El común de los mortales era espectador pasivo decúbito prono, o pasiva abierta de piernas en función del antojo del señorito.

Callar y tragar. Cualquier conato de disidencia se castigaba de manera tan violenta como ejemplar, y el populacho se conformaba con lo que fuera menester. A cambio de la sumisión, algunas veces se respetaba tu existencia modesta y tu pobreza de solemnidad.

Miles de leguas al norte, cada cual ostentaba su soberanía y las gentes se asociaban para protegerse y beneficiarse. El poder era de todos, y cada cual cedía una parte de su parcela para crear un área común de seguridad, prosperidad y justo intercambio.

En el soleado sur, engañar al corregidor es prueba de ingenio y de compensación por lo que él usa o abusa en el nombre de un soberano lejano y ajeno. La gente del norte, por el contrario, sabe que el engaño a lo público va contra uno mismo en su parte alícuota. El dicho “hacienda somos todos” es más quimera publicitaria cuanto más al sur se desplaza el observador. Hay lugares en los que nadie toca lo que no le corresponde, ni usa el poder otorgado para lucrarse u obtener ventaja. Y el castigo al infractor es inmediato e inmisericorde.

Recuperar nuestro destino será duro, porque somos, desde los tiempos de Julio César, “dichosos los hispanos para quienes beber es vivir”. Ni el clima acompaña ni el carácter propicia un cambio de paradigma. Se nos devuelve al redil con facilidad. A nada que la tele da un poco de fútbol. A nada que el rico reparte unas migajas en subvenciones. A nada que se ahogan las penas por inmersión en alcohol barato.

Además, llegamos tarde a las acciones correctoras porque hace unos años que sacrificamos nuestras vacas, vendimos nuestras viñas, arrancamos nuestras encinas y cerramos nuestras exiguas industrias. Nos hacen los ojos chiribitas con el brillo del dinero fácil. Y eso, pobres tontos, nos hace especialmente débiles frente a los que saben que, a la larga, producir es mejor que especular, observar un comportamiento honesto da mejor resultado que entregarse a la vieja amiga picaresca y, en suma, el engaño se vuelve siempre contra uno. Aunque parezca que hemos colado un gol por la escuadra al bobo del norte.

Lo más difícil será, seguramente, corregir el desequilibrio fiscal que exime a los grandes del pago y presiona al común de los mortales de una forma desmesurada. Sobre todo si se compara con lo que pagan los norteños a pesar de su mayor poder adquisitivo. Arrastrar un sector público enorme, ineficiente, redundante y anquilosado parece mala solución, pero poner de patitas en la calle a los que sobran tampoco conduciría a nada bueno. Se podrá pintar del color que se quiera, pero se trata de “redes clientelares” nos pongamos como nos pongamos.

Porque el sector privado ni está ni se le espera. Cuando resulta más lucrativo llevar los capitales a algún discreto paraíso fiscal que invertirlo en casa, la catástrofe está servida. Cuando una puerta giratoria compra comportamientos con descaro, poco se puede hacer. Cuando se considera natural pagar la mordida para obtener un contrato, los cadáveres de los justos se revuelven en sus tumbas. Cuando los tribunales -de cuentas o de cuentos- ven pasar los años sin levantar una sola liebre y acumulan toneladas de papel por falta de medios o de reaños -quién sabe- sólo nos queda la bebida de marca blanca.

Lo triste es verse en esta situación como espectador impotente. Toca cuestionar un sistema en el que una papeleta es un cheque en blanco para cuatro años, y genera deudas impagables para varias generaciones. Pero me temo que en esto tampoco nos acompaña el ánimo.

 

Soy español. ¿Cómo quieres corromperme?

 

españa desde el espacio

Javier Peces

Javier Peces Ha publicado 35 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *