Sentencia: pena de muerte

 La historia de la humanidad ha desarrollado grandes atrocidades. El lado perverso y fanático del ser humano muchas veces parece no tener límites. Me horripilan especialmente cinco atrocidades: el exterminio nazi, la esclavitud, el terrorismo, el aborto caprichoso y la pena de muerte. De todas ellas, es esta última la que más me perturba. ¿Por qué? Porque está muy extendida y teñida con pinceladas de normalidad. Es un castigo inveterado que ha sobrevivido generación tras generación. Se aplica por los gobiernos con tan poco desasosiego que me deja helada. Es como la última de las justicias. La más efectiva, proclaman. Un castigo justísimo y necesario. Se mata al culpable y fin del asunto. Los familiares de la víctima observan la matanza con deleite y todos se retiran a sus casas con ese runrún del deber cumplido. Pasmoso. El hecho de que se aplique en algún estado de Norteamérica me sorprende mucho más. Una nación tan desarrollada en unos aspectos no puede tener una legislación así, tan caníbal.

Provengo de familia de juristas. Uno de ellos, renombrado, fue acérrimo defensor de la pena de muerte. Yo no heredé ese pensar. Todo lo contrario. No soy capaz de encontrar un sólo caso en que me parezca “de justicia” quitar la vida a alguien. Ni en tiempos de guerra, ni en supuestos de terrorismo, ni por crímenes en serie. Aunque se tratara de alguien que hubiera pegado un tiro a bocajarro a algún familiar mío. No le encuentro el sentido. Disponer de la vida ajena no creo que competa a ningún gobierno. Existe la cadena perpetua, un remedio que encuentro eficaz, ajustado a la esencia del ser humano.

 El hecho de que un asesino no le otorgue el menor valor a la vida de otros no implica que el castigo deba ser igual. El ojo por ojo corresponde a los ancestros y en los ancestros debería quedar. “La ley del Talión pertenece al orden de la naturaleza y del instinto”, decía Albert Camus. Si el crimen pertenece a la naturaleza humana, la ley no debería reproducir tal naturaleza, sino corregirla. Considero que la evolución de la humanidad tiene que traer consigo esa conciencia de respeto hacia lo que es inviolable, la vida ajena. Desde luego, no querría tener en mi conciencia la ejecución de una persona, aunque tuviera el pleno convencimiento de encontrarme ante el peor asesino de los tiempos. Mucho menos, si la persona condenada a pena de muerte resulta ser inocente… Esa es la trama del último libro de John Grisham, por cierto.

Antes elegiría, sin dudar, ser enterrador que ejecutor. Creo que, simplemente, no podría soportarlo. Los argumentos de los defensores de la pena de muerte se centran en la legítima defensa y la proporcionalidad del castigo. Y yo siempre me pregunto si el castigo ha de ser proporcional o proporcionado a nuestra existencia. Creo que son dos ópticas muy distintas. La proporción de un castigo no necesariamente pasa por aplicar lo mismo que supone el delito. Es como si le dijéramos al reo “Mira, observa cómo duele lo que hiciste…”.  Me parece la pena de muerte un sumar al mal del delito el mal de la pena. Y el Universo no está preparado para tanta maldad. Un mal no se reconvierte con otro mal. Puesto de otro modo, mientras no aparezca por algún lugar el bien, que es ausencia de mal, no se empezará a corregir el mal. La parte contratante de la primera parte (la pena de muerte) no puede ponerse a la altura de la parte contratante de la segunda parte (el delito de sangre) pues se adentra en un terreno sagrado y sin atenuantes: la vida humana. No creo en la pena de muerte. Me espeluzna. Me parece que no hay derecho, ni humano ni divino, que pueda soportar su peso. Es, a mi entender, una extralimitación de los poderes públicos. Es de hacer justicia que quede abolida la pena de muerte.

Elena Silvela

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