Segundos de abismo – por ELENA SILVELA #misescritos

Lo último que quería era ser testigo de la muerte. Le habían dicho que a ella había que mirarla de frente y él escuchó siempre con recelo. Osadía, pensaba cada vez.

Su intuición no era incierta. Ahora que la había visto sabía todo lo que sospechaba. Muerte dichosa. Muerte maldita. Sus huesos parecían haber decrecido, junto con su alma. Los colores eran distintos, probablemente menos vivos. Cada paso ahora era como una zancada en planeta lejano. Como si la vida de uno ya no fuera propia. Nada había cambiado pero todo no era, definitivamente, igual. La muerte se topaba con uno como prueba crucial: unos segundos de abismo para contemplarse a uno mismo en un futuro espejo y sentir el barranco infinito de soledad, de un negro profundo y lascivo.

Con esfuerzo abrió los ojos para vivir un nuevo día. Quiso levantarse, pero el cielo encapotado le hizo encogerse.  Desde que el día anterior fuera testigo, todo era muerte. Todo era otra dimensión. Sus entrañas le advirtieron bien: a la muerte hay que mirarla de rodillas. Desde una distancia prudencial.

«La Magdalena Penitente» – Georges de la Tour

Elena Silvela

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