Sebastián

Abrió los ojos en la oscura luz de su habitación. Cada momento era el mejor para hacerlo y cada uno de esos momentos se peleaba con otros en los cuales lo único que hacía era pensar en si abrirlos significaría algo distinto a lo que había sentido la vez anterior. Era curioso. Hacía mucho tiempo que era capaz de ver sin necesidad de mirar a ningún lugar concreto y sin embargo, cuando más luz había, era incapaz de hacerlo.

Cada mañana Sebastián inventaba una nueva historia. Era un soñador empedernido. No hacía más de un segundo que había estado soñando en sueños y ya estaba soñando despierto. Pensaba que era mejor pensar durmiendo, allí donde todo era más fácil o más difícil, que hacerlo sin dormir, donde su cabeza a veces se volvía tremendamente inútil, unas veces por desidia y otras por miedo.

Sin embargo, soñar era diferente. Todo venía rodado. Esa sensación de estar haciendo algo mientras lo ves todo desde una butaca de cine de color rojo nostalgia.

Se levantó sin pensarlo, ya os he dicho que Sebastián no era de pensar despierto. Y de igual manera que se levantó, también se aseó, vistió sus alegrías y sus penas, desayunó y buscó el abrigo tres cuartos que un día se regaló a sí mismo cuando aún entonces se quería.

No había encendido ninguna luz. Ni la de su habitación, ni la de su baño, ni la de su cocina, ni la de su día. Ahí podía ver. Sin mirar a un lugar concreto. Cada día era un calco exacto, preciso, idéntico al anterior y al de mañana. Sus pasos se repetían. Los lugares se repetían. Sus momentos se repetían. Se repetían las voces, los olores, las sensaciones y los sentimientos. Cada día vivía una nueva vida. Nunca distinta. Siempre la misma.

Abrió la puerta de la calle y salió. La luz nueva llegó a él y no pudo ver ya. Tampoco era necesario. Con una sonrisa Sebastián pensaba, y eso que estaba despierto y no le gustaba pensar así, que no era problema, total, tan sólo he de repetir lo de ayer y hacer lo mismo que haré mañana, decía hablándose en voz baja.

Y revivió las voces, y los olores, y las sensaciones, y los sentimientos. Y volvió a vivir su vida. La nueva. La de ayer. La de mañana. Y al terminar el día volvió a casa. Cuando la luz ya se iba. Cuando comenzaba a ver de nuevo. Cerró la puerta tras de sí y colgó en el perchero sus tiempos en los que se respetaba. Se quitó sus oscuras gafas dejándolas sobre la mesita, tan oscuras como la oscura luz de su habitación. Recogió sobre si mismo su blanco bastón dejándolo en no más de un palmo y lo puso junto a ellas. Y pensó… Hacía tiempo que ya no le costaba hacerlo.

“No es necesario mirar para poder ver. Mirar, se mira con los ojos. Para ver, tan sólo hace falta corazón”.

caminando

J. Javier Checa

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