Sara

Una compañera de gimnasio le había animado a apuntarse a un curso intensivo de cocina que organizaba. Prácticamente se vio obligada a hacerlo, ya que había tenido que aguantar, casi a diario, los detalles de cada receta que aprendería.

Sara era una mujer tranquila, de exquisita educación y un impecable estilo. Sin tener un físico imponente, transmitía un encanto difícil de explicar que encandilaba a todos. Era discreta en sus formas, de vestir clásico pero siempre con un toque original que rompía los colores oscuros que tanto le gustaban. Llevaba casada más de quince años con Gonzalo y formaban un tándem aparentemente perfecto. Él tan sociable, tan comunicativo y tan ingenioso en su conversación, se complementaba muy bien con la dulzura de su mujer, perfecta anfitriona y de acogedora personalidad.

Sara recorría en bata, con paso lento y el pelo aún revuelto, la casa vacía. Aunque tenía el día lleno de compromisos, lo único que realmente le apetecía era no hacer nada. Se preparó un rico café aromático con su nueva cafetera de diseño que le había regalado Gonzalo por Navidad. La dosis de cafeína le ayudó a despertar sus lentas neuronas y comenzó a coger ritmo.

Recorrió la casa buscando su móvil, no recordaba donde lo había dejado la noche anterior. Llegaron tarde y se fue directa a la cama, pero no estaba en su bolso, amplio bolso que cargaba día tras día como un saco de Papá Noel. Finalmente vio el móvil en el escritorio de la entrada junto a un precioso jarrón oriental, regalo de boda, y un marco con fotos que reflejaba momentos especiales de la familia. El nacimiento de Rocío, uno de los momentos más mágicos de la vida de Sara. Fue su única hija, un bebé muy deseado.

Sara se sonrió al ver una fotografía de Gonzalo y ella de novios, abrazados en París. Gonzalo no había cambiado demasiado, es más, la madurez le había vuelto incluso más atractivo, con más personalidad y mejor porte. ¡Qué viaje tan especial!, les presentó una amiga común y para Sara fue un auténtico flechazo. Tan moreno, tan alto, tan educado, tan simpático…

Pero París nunca fue lo mismo después de ese viaje, volvieron varias veces pero nunca se repitieron esas sensaciones. Su café preferido había perdido su encanto, el romántico restaurante resultaba triste y demasiado oscuro, incluso la luz de la ciudad no desprendía ese brillo indescriptible. No habían vuelto nunca solos, siempre con amigos, quizás ese fue su error.

Lo bello es mucho más bello y lo feo se vuelve bello con un corazón entusiasmado, y cuando se ha disfrutado de París enamorada, es mejor guardar ese recuerdo intacto y no volver – pensaba Sara con nostalgia.

Se vio desnuda y no se gustó. No solía mirarse frente al espejo, quizás porque siempre se encontraba algún defecto. Siempre había sido estilizada, es verdad, pero nunca destacó por sus formas… Y ahora, aquella figura estilizada también había desaparecido, había ganado kilos y no se reconocía.

Se puso el albornoz y decidió hacer algo, de nada servía compadecerse. Su afición a cocinar dulces, de todo tipo, le había servido de excusa para comer demasiado. Tampoco la desgana de su marido en la cama ni los reproches de su madre ante sus habituales prendas amplias le ayudaron lo más mínimo a cuidarse. Con el paso de los años se había abandonado. Había sido una dejadez consentida y eso era lo peor.

Decidió llamar a Verónica proponiéndole que fueran juntas al gimnasio; le daba pereza ir sola y seguro que ella se apuntaría. Tuvo suerte, la llamada fue rápida; Verónica se encontraba en casa y quedaron en media hora.

Juntas en el gimnasio, Sara no pudo aguantar toda la hora de aerobic. Miraba con auténtica devoción como Verónica se movía como si su cuerpo no pesara nada, y sus movimientos parecían ¡tan fáciles! Ella, en cambio, con la lengua fuera luchaba por seguir al profesor, pero a la media hora su cuerpo dijo basta y tuvo que parar. Jadeando como si hubiera corrido un maratón, se dirigió a la ducha con la firme promesa de acudir al gimnasio más a menudo.

Fue al salir de la ducha cuando la vio de refilón. Estaba al final del vestuario, peinándose. Estaba desnuda y lucía una bonita figura bronceada frente al espejo. Tendría más o menos su edad, superando los cuarenta, aunque las diferencias eran patentes, aquel cuerpo estaba en forma, terso y firme. Sara, con cierto pudor apartó la mirada. Seguía tapada con su toalla. Iba sacando su ropa de la taquilla sin dejar de pensar de qué la conocía, le resultaba familiar.

La mujer terminó de peinarse y comenzó a vestirse. Lo hizo con rapidez, pareciera que tuviera prisa, y justo en ese momento pudo verlo con claridad. Aquella mujer estaba agachaba atándose el cordón de unos bonitos zapatos de charol negro y colgaba de su cuello aquella reluciente cadena, aquella cadena con la misma cruz diminuta con una piedra verde que hacía un mes lucía su marido.

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Natalia García

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