Santa María de las Cuevas – por ÁLVARO MÁRQUEZ

¿Tú sabías que la arcilla de los tejares, antes de trabajarla por la calle Alfarería, se extraía directamente de unas cuevas excavadas en la tierra por obreros almohades? ¿Y que esa arcilla estaba junto al río en unas tierras, hoy isla, cubiertas de naranjales? Cuentan los antiguos que en una de esas cuevas y tras la reconquista apareció una Virgen de esas de las que llueva que llueva, y en su lugar se erigió una ermita por parte de los franciscanos, y ya entrado el siglo XV, época de descubrimientos sin demasiados miramientos, fundaron allí su Monasterio los cartujos de San Bruno, esos a los que Zurbarán no pintaba, bien lo sabes, con gestos demasiado contentos.

Y tuvieron hasta huertas y varias hospederías, y en ellas se alojó Colón preparando su gran vuelta, y tuvieron Refectorio, Sala Capitular, Iglesia, capillas en torno a un hermoso Claustro y sus estancias de la zona monacal repletas de obras maestras. Y llegaron los franceses y arramblaron con diestro y siniestro, robaron cuanto pudieron y en la misma Iglesia a su caballería allá que fueron y la metieron, montaron un polvorín y como llegaron se fueron, dejando al pobre Monasterio nada más que con lo puesto. Vinieron la desamortización y al país tanta histórica desazón, y un buen día un tal Carlos Pickman, un tipo de rojo pelo de esos que por estos lares tomaban el té con hielo, recordó a los almohades, y supo que el barro es arcilla, y la arcilla aquí vida es, que con ella y un tejar construyeron la misma Giralda e incluso media Sevilla, que combinándola en nuevos hornos y con nuevos materiales desde sus altas chimeneas en loza la convertiría, cerámica de tal finura que todos la conocerían. Y mantuvo el Monasterio con mejoras y respeto, dime ahora si el inglés no se tomó las cosas en serio.

Has pasado hoy por Cartuja y has parado frente a un lago lleno de mil piedras azules, y desde un camino de Oz observando su portada te internaste tras de un barroco compás, y allí viste la cara de Alicia a una ventana asomada, la mano derecha colgando y la tez algo irritada, buscando andaba las maravillas desde el 92 olvidadas. Te internaste en un museo que dicen contemporáneo, mas sabías que lo contenido allí iba a ser lo de menos. Y saliste desde el claustro a un bosque de chimeneas que es un patio de botellas, sintiéndote monje cartujo labrador de aquellas huertas o fino pincel pintando de verde y cobalto palanganas y soperas, y llegando al Refectorio imaginaste los lienzos que hoy en el Bellas Artes viven contando tan bien las escenas de un espacio, que aún vacío, retiene siempre su magia, con panes y jarras de vino o con las vasijas de aquel chino venido desde Manhattan, que qué más da que una se partiera, si total, aquí hace años en un momento tan sólo cinco iguales le hubiesen hecho sin la más mínima espera.

Has pasado por Cartuja y te has reñido en silencio, pues este espacio de cuento es de tu ciudad viva historia: ¡Que tienes que venir más!, añadió Pepito Grillo, que como museo será más o menos singular, pero es que como espacio, como jardines y como arquitectura sólo te inspira hermosura.

 

Álvaro Márquez

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