Sanador – por JAVIER PECES

Tantos eran y tan ensordecedores resultaban sus ruidos que caí en el pozo del profundo sopor en cuanto que los revoltosos se marcharon. Ante mí se dividió en dos partes el mundo del abismo. Una compuesta por gentes corrientes y la otra llena de personas especiales. Estos, con capacidad para curar por obra y gracia de la imposición de sus manos.

Qué poco importaba la complejidad de los problemas o la gravedad de las lesiones. Todo volvía a funcionar correctamente, la salud volvía a los cuerpos enfermos, la preocupación era sustituida por la tranquilidad y el desorden se convertía en armonía al ritmo caribeño de la caricia del sanador.

Mas la codicia humana, que no conoce límites, vino a vestir de conflicto la pacífica existencia de los curanderos y sus agradecidos pacientes. Nadie pensó hasta aquel momento en la remuneración de los facultativos accidentales. Como mucho, algún presente sin valor más allá de lo simbólico, en prueba de reconocimiento por la desaparición del dolor, la comezón o la avería. Tampoco se conserva información sobre el desgraciado suceso en la memoria colectiva. Nadie sabe cómo prendió la llama del materialismo en el antes frondoso bosque de la filantropía.

El caso es, qué carajo, que a ver por qué razón hay que imponer las manos curativas a cambio de nada. Hay quien echa las culpas a las guapas y estilosas del gabinete de mercadotecnia, pero no faltan voces que responsabilizan a unos cuantos oscuros habitantes de la cueva de la tecnología.

Estos inadaptados o aquellas esbeltas damas, tanto da. El caso es que cuajó la idea de intercambiar dones por dinero, como hacen ciertos pobladores de la infecta superficie. De meretrices y de rameros se habla por allí arriba para referirse a quienes comercian con sus físicos encantos.

No habría tenido el asunto más importancia o trascendencia de haber parado la oleada en este punto. Pero, tiene bemoles, tuvo una espantosa idea el inventor de los peores ingenios que en el mundo fueron. Esta vez, en lugar de inventarse los peores y más exitosos programas para computadora, se sacó de la manga una completa plataforma para la explotación de los sanadores en exclusiva.

Por la vía del engaño hizo creer a los mortales que sólo sus servicios eran eficaces de verdad, con total compatibilidad y absoluta facilidad de manejo. El precio del servicio subió como la espuma. Los amanuenses se empobrecieron hasta la miseria bajo el yugo de la dictadura del moderno proxeneta.

La enfermedad se diseminó por campos y ciudades. La sanación fue definitivamente olvidada. En su lugar, el malvado inventor recuperó del olvido las especialidades. Con la vuelta de la farmacopea, el negocio también retornó a las vidas de los mortales más afortunados.

Casi todos murieron. Unos pocos, conscientes del valor de la energía de las manos desnudas de aquellos elegidos, se refugiaron en montañas inaccesibles y bosques interminables, cuya humedad malograba los intentos de fogata provocada.

Un día volverán los sanadores a juntarse con las gentes corrientes en paz y armonía. De no imponerse la estupidez del común de los mortales, esos recién llegados recuperarán a los enfermos, desfarán los entuertos y repararán la maquinaria que se arrumba en el montón de la chatarra.

Esto, quiéralo el supremo, siempre que el poderoso no ande listo y proteja sus negocios.

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Javier Peces

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