Rotundos – por ELENA SILVELA

Para qué negarlo. En el mundo han existido y existen momentos rotundos. Inconfundibles. Ese instante, por ejemplo, en que contemplas una fotografía y tu fuero interno te susurra -mientras se frota las manos-, “esta foto tenía que ser tuya“. Exactamente así. Con esas breves palabras. Síntoma inequívoco de hallarte ante una fotografía magnífica. Hecho incontestable el del susurro. Lo mismo ocurre al situarse uno ante un cuadro imponente y sentir una mezcla de estupor -es el fuero interno, que no cesa- y de admiración súbita por su autor. Ocurre también cuando se escucha una voz prodigiosa o una pieza sinfónica mientras uno se pregunta en qué lugar del universo quedaron aparcados sus propios dones.

También hay otro tipo de momentos rotundos. Me viene a la mente siempre el “no” categórico. Acaece cuando uno tiene muy claro lo que no quiere y lo rechaza con una suerte de alegría contenida. Da media vuelta, dejando al interlocutor con sus pensamientos y ese semblante estupefacto a todas luces reconocible. Se encamina hacia su casa con la conciencia resuelta y el ánimo convencido. Mejor aún es cuando esa negativa proviene de la fortuna de poseer una alternativa mejor que la miserable opción que nos ofrecen. El “no” entonces deviene dulce, placentero, comida de Dioses. Se paladea sin prisa. Se disfruta diciendo el monosílabo, alargando sus dos letras y contemplando el efecto. La mirada desconcertada de quien escucha la negativa en términos tan rotundos se mantiene, durante un tiempo, en la memoria de uno.

cesar rosal
Foto de CÉSAR BABÍO

Elena Silvela

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