Romance de Durandarte

—¡Oh, Belerma!, ¡Oh, Belerma!,
por mi mal fuiste engendrada,
que siete años te serví
sin alcanzar de ti nada,
y agora que me querías
muero yo en esta batalla.
No me pesa de mi  muerte,
aunque temprano me llama,
mas pésame que de verte
y de servirte dejaba.
¡Oh, mi primo Montesinos!,
lo postrero que os rogaba
que cuando yo fuere muerto
y mi ánima arrancada,
vos llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
y servidla de mi parte
como de vos esperaba.
¡Montesinos, Montesinos,
mal me aqueja esta lanzada!
Traigo grandes la heridas,
mucha sangre derramada;
los extremos tengo fríos,
el corazón me desmaya,
de mi vista ya no veo,
la lengua tengo turbada.
Ojos que nos vieron ir,
no nos verán más en Francia;
abracéisme, Montesinos,
que ya se me sale el alma.

Muerto yace Durandarte
debajo una verde haya,
llorando Montesinos
que la muerte se hallara;
la huesa le estaba haciendo
con una pequeña daga.
Desenlázale el arnés
el pecho le desarmaba,
por el costado siniestro
el corazón le sacaba;
para llevarlo a Belerma
en un cendal lo guardaba;
su rostro al del muerto junta,
mojábale con son lágrimas,
—¡Durandarte, Durandarte,
Dios perdone la tu alma!,
que según queda la mía
presto tendrá compaña.

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Pablo Rodríguez Canfranc

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