Ritual – por ELENA SILVELA

Le dolía casi todo el cuerpo de sostener la postura. Llevaba un buen rato observando la casa tras la mata del denso jazmín, quizá más de tres horas. Ya era de madrugada, muy entrada la madrugada. Ninguna luz se había encendido en la casa desde que llegó. El silencio de la noche invadía todo de tranquilidad, alentaba la humedad y el cántico de los grillos. Hacía tiempo que no pasaba ningún coche por el vecindario.
Estiró las piernas y los brazos unos segundos y decidió ponerse manos a la obra. Sigilosamente cruzó el jardín hasta la ventana de la cocina, en la parte posterior de la casa. Con un pequeño destornillador logró hacer una pequeña ranura en el marco y elevar el pestillo. Tal como había ensayado hasta la saciedad, abrió la ventana con inerme lentitud y se deslizó por encima del fregadero. Dio tiempo a que sus pupilas se asentaran en la oscuridad del interior. Y a su corazón, que amenazaba con subir solo al primer piso. En el hall y en las escaleras sus pasos se amortiguarían sobre la moqueta. Del salón llegaba un inconfundible olor a chimenea. Subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Así lo había decidido, las probabilidades de ser pillado in fraganti se reducían a la mitad. La habitación principal tenía la puerta cerrada, pero la puerta de la habitación de invitados estaba entornada. Así lo había planeado. Se sonrió. Con la misma lentitud ensayada de antes abrió la puerta de la pequeña habitación. Ahí estaba ella. Sobre dos almohadas, recostada de medio lado y sumida en un sueño apacible. Bordeó su cama de puntillas, muy lentamente. Se acercó a un palmo de su rostro y lo contempló. Perfecto, suave, ajeno al mundo. Lo contempló durante varios minutos. Reprimió el creciente deseo de besarla. Del bolsillo lateral de su cazadora sacó un sobre, lo apoyó en la basa de la lamparita de noche, la miró por última vez y salió por donde había venido. 
Cuentan que al día siguiente la bella mujer durmiente despertó y encontró en su mesilla un sobre a su nombre de color naranja. La tarjeta en su interior decía: 
«Estuve aquí esta noche, muy cerca de ti. Lo hice cual ladrón, pues necesitaba verte a solas. Conmigo mismo. Sin interferencias de terceros, ni siquiera la de tu mirada. Para estar seguro, poder decirme a mí mismo, indubitadamente, con valentía o cobardía, si mi amor por ti merecería la pena. Si iba a ser capaz de comprometerme. La respuesta es un sí. Un sí rotundo. Por eso has encontrado el sobre al despertar. Porque ha sido un sí, enorme, inmenso, sincero y real. En el fondo del sobre encontrarás un anillo. Si me quieres, si quieres casarte conmigo, póntelo. Cuando vaya a comer con vosotros a mediodía, lo sabré. Sabré todo al verte brindar por ese deseo de tus muchísimos años más. Necesitaba llevar a cabo este ritual, estrictamente mío. Feliz cumpleaños, Anita. Espero celebrar el próximo en nuestra casa. Te quiero mucho. J.»

 

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Foto de BABIOGRAPHY

 

Elena Silvela

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