Reveses afortunados, por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE – #relatos

La primera lección importante de mi vida la recibí a los cuatro años. Intercalada en uno de los pupitres meticulosamente alineados entre los compañeros de clase sentados por orden alfabético, esta casualidad del parvulario me enseñó muy pronto cual era el lugar que me correspondía. En la escuela y en la vida. Por mi apellido Martínez me tocaba sentarme hacia la mitad de la clase, entre el montón. Una más de los treinta alumnos que éramos. Y este encasillamiento inamovible tendría que continuar así, al menos mientras fuera al colegio.

  Miopía y menstruación llegaron juntas en la pubertad y sin pretenderlo ese defecto visual me obligó a recolocarme en las primeras filas para poder ver mejor la pizarra. Como si el destino se hubiera confabulado a mi favor saltándose a la torera el rigor colegial basado en el apellido, curiosamente fue ese baile de sillas y mesas forzoso el que marcó el resto de mis años escolares. Desde esta perspectiva más favorable, comencé a ver mejor lo que tenía delante, mientras la nueva redefinición entre los alumnos me ayudó a enfocar y asimilar de forma distinta otras desventajas.

  Aprender a vencer las trabas que fueran surgiendo como mujer, miope y del montón me obligaron a ir amoldándome a las situaciones venideras. Y las características ineludibles de esta condición me ayudaron a comprender muy pronto que no era fácil superar las etiquetas femeninas en un mundo visiblemente orientado hacia los hombres. Que las zancadillas no son sólo parte del crecimiento, sino del resto de la existencia y sobre todo, que usar gafas no siempre ayuda a destacar como mujer. Pero lo fui encajando. Igual que en el colegio no despuntaba en ninguna habilidad en particular: aprender matemáticas, geografía o francés significó un esfuerzo semejante al de adaptarme a los trabajos posteriores, a la vida en pareja y, lo mejor posible, a las personas que entraban y salían en el trayecto que me llevó a convertirme en adulta.

  Sin embargo, el tiempo y la experiencia me enseñaron a transformar en ventaja aquél supuesto revés escolar de la adolescencia. Como miope, mujer y Martínez logré eclipsar muchas contrariedades encasilladas entre otras características insalvables de aquella condición supuestamente perpétua y que para las jóvenes actuales ya no lo serían. Aunque ante esas irreversibles señas de identidad personales, sí tuve que esforzarme para no seguir siendo del montón…

   Hoy en cambio, me conformo con no ser, sencillamente, una mujer mediocre.        

    2014-12-26 15.24.04

Patricia Martínez de Vicente

Patricia Martínez de Vicente Ha publicado 19 entradas.

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