Rencor – por MARÍA JOSÉ BARROSO

El abuelo era de rencores antiguos, sólidos y duraderos. Los fue aumentando cada día desde que su garganta aprendió a emitir los primeros gorjeos de protesta y los conservó hasta los estertores de la muerte. Su resentimiento era amplio y variopinto; se extendía a todo lo que abarcaba la vista; todo era susceptible de ser odiado porque todo era injusto a sus ojos.

El abuelo alimentaba su rencor contra todo ser viviente que ofendía sus increbrantables puntos de vista. Su propia madre puso la semilla del primer rencor que engordó su alma. Un simple despiste propició que el último cazo de sopa fuera a parar al plato del hermano del abuelo, mientras éste veía injustamente mermada la cantidad de caldo que podía comer ese día. Las protestas y los gritos que dedicó a su madre no sirvieron para reparar el agravio comparativo. Sólo obtuvo una respuesta: “come y calla”. El abuelo se tragó la furia con el poco caldo servido en el plato y, a partir de ese día, ni los lazos de sangre impidieron que el rencor guiara sus relaciones.

Tras pasar odiando la precaria postguerra, el cómodo trabajo de funcionario que desempeñó el abuelo no sirvió para mitigar su resentimiento contra el mundo y los inútiles que lo habitaban. Lanzaba su rencor contra el compañero que le birlaba los bolígrafos, contra el jefe que le endilgaba tareas de última hora, contra el panadero que quemaba las barras, contra el camarero que le llevaba la contraria sobre el tiempo o contra los pájaros que piaban alterando su sueño. Odió a vecinos y ajenos. De cerca y de lejos, le afectasen más o menos. Vio mal a Franco porque era mísero y arrogante, mal a Suárez porque la democracia permitió que todos los idiotas votaran, mal a Rajoy por ser flojo y voluble, mal a la Europa que nos desangra. Si él hubiera gobernado, todo andaría derecho a la luz de la razón y la justicia, pero los imbéciles del mundo nunca lo admitirían. Otra ofensa más.

En el instante que se vio tumbado en la cama, mientras los pulmones se negaban a recibir sus órdenes de seguir respirando, repasó uno por unos sus rencores antiguos y recientes. Se vio desgranando una lista interminable que intentó recitar con voz quebrada a su mujer, su hija y sus dos nietos, como única herencia.

“Pesan…”, les dijo entre jadeos. “Pesan estos malditos que no me dejan descansar.”

La abuela le dirigió la mirada de costumbre, la que contenía toda una vida de resignación y paciencia. “El rencor te ha hecho agonizar toda la vida. Perdona de una vez o ni la muerte querrá irse contigo.”

El abuelo miró al bebé que gorjeaba sonriente en brazos de su hija y al pequeño que bajaba la cabeza asustado. Cerró los ojos y pensó, por una vez, al cabo de los años y de incontables rencores, que algo bueno seguiría viviendo.

 

María José Barroso

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