Relato sincero, por RAFAEL DE LA TORRE – #escritos

Hoy quería escribir un relato positivo y ha quedado en sincero.

Escucho al pintor Antonio López en una entrevista decir que ve el mundo más oscuro. Mal comienzo para escribir flores. Cuento mi problema a un amigo y, tras recordarme que “todo está en los clásicos”,  me recomienda la lectura de El Ulises de Joyce. Investigo en mi entorno, y sólo hallo una persona que haya sido capaz de alcanzar con éxito la última página, una cumbre por lo visto de dificultad similar a la del K7 o a la del monte Everest. Este alpinista literario, lector todoterreno e incansable, me confirma que hablamos de una obra maestra… y de un soberano tostón. Descarto la temible escalada ante el miedo a despeñarme en solitario por los riscos sin ningún lector serpa que me acompañe para dar la alarma a tiempo si fuera menester. Opto con prudencia por un camino transitado, una trama ligera con final feliz en donde venzan los buenos, una novela de detectives cuyo nombre prefiero ocultarles por vergüenza ajena, y gracias a la cual he dormido aburrido durante el día y sufrido, en consecuencia, horas de insomnio hasta la alborada.

Tras la decepcionante experiencia, cansado, busco la inspiración en temas aún más banales. Una amiga comenta haber leído las sombras de Grey. “¿Cómo acaba?”, le pregunto esperanzado ante la posibilidad de descubrir la clave del éxito comercial, disfrutar de un ataque de sensualidad o, al menos, aprender algo americano, nuevo y funcional, que permita mejorar la calidad de las horas nocturnas en vela. Se casan y tienen hijos. Sin comentarios. Abandono los libros,  miro el mundo e intento buscar algo bello, poético, novedoso o atractivo y, sobre todo, positivo.

Topo primero con la corrupción, por ahora presunta, del ayuntamiento en pleno de Valencia. Admito que la historia tiene tirón y hasta gracia, con una exalcaldesa senadora y un señor contando billetes de quinientos euros hasta los dos millones de pesetas. Interesante ejemplo, si se confirma, de daltonismo creciente y contagioso que impide distinguir el bien del mal, especialmente en algunas élites cada vez más preocupadas por cubrirse el riñón y las espaldas sin que a nadie parezca importarnos. Pero de corruptelas ya hablé recientemente con un toque de humor en “el premio”, así que lo descarto y paso al siguiente asunto. Sobre investiduras, presidentes desaparecidos en funciones y candidatos multipresentes escribí con cierta sorna la semana pasada. Tiempos de repetición, aburridos, insulsos, sin sal ni canela, sin corazón ni alma, de auténtica transición hacia la nada.

Dirán ustedes “no será para tanto, algo menos negro te habrá sucedido”. Llevan razón. ¿Recuerdan mi anterior relato, ese que escribí a toda prisa? Pues el Rey —o su imitador— no volvió a llamar pero debió comprar un ejemplar de mi novela (el efecto Anthony Miles) y desde entonces las ventas han seguido aumentando (muchas gracias por su apoyo). Asunto agradable pero insuficiente para un cuento.

Así que, queridos lectores, abandono por hoy. Será que tengo un día malo pero creo que todo, absolutamente todo, sigue igual, tal vez —de nuevo Antonio López— de un color un poco más oscuro.

La Gran Vía
La Gran Vía. Antonio López. 1974-1981

 

Rafael de la Torre

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