Quieta – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

Quieta. Anclada al suelo como si mis pies hubiesen germinado y echado raíces, contengo la respiración. Mis músculos, tensos, aguardan. Presiento su llegada; entra muy despacio, sin hacer ruido, filtrándose por cualquier pequeña ranura, maquillando su rostro de alegres colores. Una suave caricia, como un bálsamo cicatrizante, lo anuncia.

Pero ya lo conozco,  me preparo para el  embiste. Un pellizco atenaza la boca de mi estómago, sé lo que trae consigo. Cierro las ventanas, atranco las puertas, conecto la alarma. Y espero.  Espero su marcha. Y tiemblo. Sin control.

Aguzo el oído, sigo inmóvil. Escucho un leve crujido, palpo mi cuerpo que, de momento, sigue intacto. Vuelvo a oírlo, ahora más intenso, con una cadencia que pasa del trote al galope. Y se desboca, arrasando con todo lo que encuentra a su paso.

Me desplomo, ha encontrado lo que buscaba, no he podido detenerlo. Y poco a poco escucho cómo la sangre de  mi corazón sale a borbotones, cómo la presión comprime mi cabeza hasta que se resquebraja, dejando tras de sí diminutas esquirlas. Mi esencia se licúa.

Y una vez más me levanto implorando a mis últimas fuerzas que no me abandonen y, con cuidado, recojo  los pedazos rotos. Me llevará tiempo y mimo recomponerlos, algunos serán irrecuperables, otros se alzarán imponentes dentro de una nueva armadura.

La vida continúa.

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Lola Sánchez Lázaro

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