Quevedo, los locos, alardes, albures y mexicanismos – por PEDRO PABLO MIRALLES

Pues resulta que en esta sociedad cínica y un tanto mezquina que nos quieren imponer, la persona que se esfuerza en ser como es, decir lo que piensa y pensar lo que dice, da respuestas, busca alternativas y soluciones, suele ser incómoda pues no se adapta a lo “correcto”. La cuestión la planteó acertadamente Quevedo en el siglo XVI cuando nos dijo: “No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando la boca, o ya la frente, silencio avises, o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que siente?”.

Y como desde hace unas cuantas décadas llevo a México en el corazón, me vienen a la cabeza, una vez más, las profundas raíces que en esas tierras maravillosas tienen los albures, alardes, refranes, frases hechas y una gran variedad de mexicanismos. Es una forma de comunicación y expresión peculiar de lo que se piensa y siente, con frecuencia de modo indirecto. Se acude a lo subliminal, lo rudo, al refinamiento, la metáfora, convencionalismos, a digresiones variopintas afines y también suelen ser forma descarada o agresiva de expresarse. Pienso que lo bueno es decir las cosas al interlocutor con claridad, respeto, delicadeza y cariño, pero decirlas como dice la canción, cara a cara, frente a frente. Sea como fuere, si uno no se adentra en su conocimiento y comprensión, no acaba de conocer la rica e inmensa cultura mexicana, pero no es bueno esconderse detrás de esas frases hechas, más o menos originales, a la hora de ver la realidad sin ocultarla.

Sobre el tema, para comprenderlo, son de gran utilidad los múltiples trabajos publicados y no publicados sobre la cuestión, entre otros los de mi buen amigo guerrerense el licenciado Elisur Arteaga Nava, en particular su “Contribución para una teoría de los alardes” y la aquilatada obra de Francisco J. Santamaría, “Diccionario de mejicanismos”. Unos son arrogancia, otros desprecio, los hay nacionalistas, machistas, groseros, finos, altivos, ladinos, taimados y muchos son fatalistas o producto de la resignación, como algo parecido ocurre con la música ranchera y el mariachi desde hace más de medio siglo. Son toda una filosofía de la vida y aquí dejo una pequeñísima muestra: poco se me hace el mar hacerme un buche de agua; a mí los guajolotes me bailan un tango y las calaveras me pelan los dientes; yo tejocotes y no tepalcates; indio, gachupín o gringo, al que se me atraviese lo chingo; como ya me he muerto sé lo que es eternidad; para mí poco ya es mucho; soy como los ladrones, no me junto con cabrones; yo no vengo a ver si puedo, sino porque puedo vengo; si caes en mi tribunal ni declaración te tomo; soy pendejo pero Dios me ayuda; asco le tengo a los peces y recelo a los tostones, pero más asco le tengo a esa punta de cabrones; a mí la declaración de derechos se me declara; yo he hecho de todo, menos parir, porque no ha habido cabrón que me enseñe; me muerden pero no me tragan; a mí me la Pedro Páramo.

Así, en cierta ocasión, después de una prueba académica, un alumno tamaulipeco me dijo la frase siguiente, que me pareció original, taimada y curiosa: “profesor, la suerte está echada, ¿aprobado o reprobado?, como decimos en estas tierras, cuando te toca, ni que te quites y cuando no te toca ni aunque te pongas”. Y a partir de ahí comenzamos una conversación muy aleccionadora para ambos, que con los años sigue pendiente de terminar de común acuerdo. La prueba no tuvo lugar casualmente, estaba convocada con meses de antelación, pero él erre que erre, “que no licenciado, que cuándo me va a dar la calificación pues estoy preparado para lo me toque y para lo que no me toque, es el destino”. Parecía que le importaba más la resignación al destino que la calificación justa. No me gustan los fatalismos ni los conformismos, el destino lo labramos durante la vida, haciendo camino al andar como decía el poeta, de forma crítica y creativa en busca de la felicidad.

Cuentan que a esa playa de mar difícil arribaban con frecuencia piratas y otras gentes de mal vivir y, cuando algún forastero se dirigía a ella, los lugareños le decían: “tenga Vd. mucho cuidado, es peligroso, a esa playa solo llegan locos, piratas y gente extraña”. Yo he estado en la “Playa de los Locos” en varias ocasiones, es una auténtica maravilla de la naturaleza, con fuerza y belleza locas, impresionante. Allí me he bañado con la precaución que exigen sus olas, resacas y vientos. En esa playa me he contagiado y reafirmado en la locura de las pautas que nos dejó Quevedo en sus versos. Hay que esforzarse en sentir lo que se dice y decir lo que se piensa, sin ambages, con cariño y delicadeza, aunque te llamen loco.

Hace años que una sobrina me enseño en Francia este proverbio chino, por esos lares orientales son también unos artistas en la construcción de frases sobre la vida, la muerte y el más allá: “le sage fait à la fin ce que le fou fait au début (el sabio hace al final lo que el loco hace al principio)”. Por eso, prefiero que me tilden de loco y no de sabio, aunque a veces el silencio aceche o amenace el miedo. ¡Ahí estamos, ándele!

Playa de los Locos
Playa de los Locos – por PEDRO PABLO MIRALLES

Pedro Pablo Miralles

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