Querido alieno, por JAVIER PECES #escritos

Un dibujante de cómics imaginó la tardía visita de los ilustres foráneos mucho antes de confirmar su existencia. No estábamos solos, y finalmente la noticia llegó de las alturas. También faltaba tiempo para conocer el momento exacto de nuestra propia ruina. No obstante, el comité de recepción improvisó una cálida acogida.

Contemplen el planeta que una vez fue azul. La naturaleza creó infinitas maravillas, pero también inició un ciclo alimenticio que obligaba a devorarse a las especies para sobrevivir. Con singular empeño nos pusimos a la tarea y la refinamos al máximo. Resultado, la autodestrucción que hoy contemplan ustedes en la soledad del otrora superpoblado tercer cuerpo celeste del sistema solar.

Tenía poco sentido llamar Tierra al planeta cuando estaba compuesto por un setenta por ciento de agua. Sin embargo, era un magnífico negocio envenenar la mayor parte para controlar y vender embotellada la restante. Pronto nos dimos cuenta de que era sencillo hacer lo mismo con todos los alimentos.

También nos confundimos al autodenominarnos “humanos” e identificar un comportamiento correcto con ese apelativo, el de humanidad. Este eufemismo escondía una próspera actividad de comercio con armamento. Vender a los dos bandos de un conflicto, qué gran idea. Provocar el estallido de las hostilidades, mejor asunto aún.

Jugábamos todo el tiempo con los sentimientos de nuestros semejantes. Inventamos graciosas metáforas para el acto del engaño. Llamábamos “poner los cuernos” o “echar una cana al aire” a tales acciones.

Obteníamos grandes beneficios aireando el infortunio de los desfavorecidos. Los medios de comunicación llenaban sus portadas de cadáveres de niños que morían en el intento de escapar. Alguien se encogía de hombros y repetía el mantra “business as usual” a la vez que se distanciaba del asunto. Todo se olvidaba cuando cesaba el tintineo de los metales preciosos.

Con enorme descaro, las clases dominantes explotaban las debilidades de la masa embrutecida. En lugar de otorgar educación, se procuraba circo a los manipulados. Ellos, pobres ignorantes o cómodos espectadores, de todo había, se entregaban a los placeres del sofá en los pocos momentos que dejaba disponibles una explotación laboral absurda y destructora.

La naturaleza, por su parte, se abría camino cada cierto tiempo, demostrando su poder y poniendo de manifiesto la estupidez humana. La riada se llevaba por delante la casa y la hacienda de quien no pudo o no quiso situarse fuera del lugar de paso de las aguas. La construcción a prueba de terremotos se venía abajo, no obstante su rimbombante y soberbio título. El insumergible Titanic se hundía con su orquesta en plena actuación. El toro ensartaba al torero sin malicia pero sin contemplación.

Pero, a pesar de todo, algunos destellos de bondad sorprendían entre tanta infamia. En un lugar se degollaba un niño sin miramientos y, a pocas horas de viaje, se realizaba una complejísima cirugía para separar dos siameses, se transplantaba una médula ósea o se descubría un remedio contra el cáncer. Contradicciones que, por repetidas, se convirtieron en parte del paisaje.

La belleza de una puesta de sol. La ingenuidad de un niño apelando a las más elementales leyes de la lógica. La lucha de los justos buscando el fin de la explotación. La rítmica cadencia de un poema. Lo sublime de la interpretación de un aria. Ejemplos al vuelo de lo mejor de la creación del ser llamado humano, esta vez con cierta propiedad.

Llega usted justo a tiempo para contemplar el final, aunque empiezo a sospechar que su llegada no es una coincidencia. Tal vez nuestros comportamientos han resultado intolerables a los ojos de una autoridad universal que nos es desconocida, y que ha considerado oportuno precipitar nuestro pase a la chatarra.

Hace tiempo que resulta evidente. Por este camino se va a la nada. Sin embargo, hay quien prefiere destruirlo todo antes que renunciar a un solo céntimo de sus beneficios. Algunos nos preguntamos qué motiva este comportamiento, sobre todo cuando deciden gentes que tienen fortuna suficiente para vivir cien vidas con desahogo. No hay respuesta.

Sea bienvenido, querido alieno, a la ceremonia de nuestra destrucción.

 

tierra

Javier Peces

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