Puré de verduras – por PILAR RUBIO

Irene está sentada en una mesa, ojos desenfocados, acariciando de manera absurda una caja de plástico, plana, transparente, con un pequeño disco en su interior. “Dentro de nada seguro que lo cuelgan en la nube y no te dan ni un CD. Y dentro de diez años, vete tú a saber como será, si es que lo veo”. Irene recuerda aquellos sobres color piel extinguidos como los dinosaurios, por tamaño, que guardaron retratos de sus pechos estrujados, de sus huesos, de cualquier cosa que su piel color sobre de hospital pudiese cubrir. Hoy los esqueletos, las entrañas se graban en círculos brillantes de color metal. Bajo el suyo, informes en dos paquetes blancos de papel, que adaptados, sobreviven porque esconden las cosas importantes, las extractos del banco, las multas, las actas, los embargos, las sentencias. Quizá lo irreversible sea un sobre cerrado, alejado del alcance de los niños, a los que hay que darles las noticias poco a poco, hablándoles de aviones mientras se les coloca el puré de verduras de matute “los resultados no han sido alentadores”, una cucharadita, “pero ahora hay muchos nuevos tratamientos”, siguiente cucharada. Tal vez a Irene le va a tocar tomarse un plato entero de puré de alcachofas y coles de Bruselas. O eso piensa mientras espera sentada en una mesa, dejando enfriar la taza de café que ha puesto al lado de los sobres. Los únicos que cuentan, los únicos que quedan. Dentro de un rato, en una sala blanca y gris, rodeada de ruidos y de prisas, alguien desconocido le informará por fin de su sentencia. ¿Pasará a ser una de esas mujeres de la mesa de enfrente, en bata y ojos tristes, que intentan no mirar la cicatriz que les quema debajo del pijama? ¿Se convertirá en una amazona de su propia batalla, luchando con la lástima en los ojos de enfrente y se tragará el miedo? ¿Dejará que la miren como a un niño, como a una mascota, como a un funesto mártir? ¿O mostrará ese orgullo que algunos bobos llaman chulería y como un torero sangrando en una plaza, sacará el estoque y entrará a matar, a ciegas, para sobrevivir?¿O quizá, sólo quizá, será indultada?

Las mujeres de la mesa de enfrente la miran y sonríen. Parece que dijeran “ya eres de las nuestras”. “¡Ellas lo saben! ¿Olerá diferente? ¿Se puede oler el miedo? ¿Se nota algo en la cara? ¿o será la mirada? ¿se te ponen los ojos color muerte?”. Les tiraría el café. Las mataría. ¿Por qué quieren llevarla? ¿No tienen ya bastantes en su mundo? ¡Qué la dejen en paz!, ella tiene una vida y es feliz. Bueno, lo era. Hasta la primera cucharadita de puré. “Hemos visto unas imágenes confusas. No parece muy serio. Sólo algo que estudiar. Una biopsia nos dejará tranquilos”.

Uno de los sobres es muy grueso, ¿tanto habrán tenido que escribir? y ¿por qué?, ¿será muy complicado?, ¿será algo malo?, ¿tendrán que ser muy largas las malditas palabras, ésas que escriben para que las entiendan sólo entre los suyos?¿y por qué la miraba tan triste la señora que le entregó el sobre? ¿pero la miró triste? Esta vez, la taza de café no puede resistir el manotazo con el que Irene intenta romper sus círculos mentales, y se despeña, desmembrándose al llegar al suelo.

Las amazonas en pijama se levantan. Siente una mano de ellas, como una garra, atrapando su hombro, ¡se la quiere llevar!. Abre los ojos y la ve sonreir. “Soy Carmen, que tengas mucha suerte. Que no te veamos nunca por aquí”. “Pero por encima de todo no dejes que te gane el miedo. Nunca dejes que te gane el miedo”. A Irene eso le parece muy fácil de decir. Hasta que mira sus cabezas calvas.

Ha llegado la hora, el pasillo no acaba, el suelo de terrazo, anticuado hace ya por lo menos veinte años tiene pintadas líneas para que no todos los que acuden queden atrapados en estos laberintos. La suya es roja, ¿le borrarán la línea de salida en la consulta? Es la hora de comer. Por todas partes, en todas las bandejas huele a algo familiar. Irene lo reconoce en una náusea, huele a puré de verduras.

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Pilar Rubio

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