Punks sin cresta – por CHEMA BASTOS

Una vez que las sociedades contemporáneas de esta parte del mundo han alcanzado un deseable nivel de tolerancia, parece que el recorrido que le queda a lo que conocemos como transgresión es ya escaso, y que ese lugar al que nuestros abuelos no sabían si íbamos a “llegar a parar”, está ya muy cercano.

Cuando se ha asimilado de forma pública e incluso legal la aceptación de cualquier clase de conducta que no cause daño a los demás, a los exploradores de lo prohibido de Occidente solo les quedan tres caminos: la rebelión doméstica en los ámbitos privados de intransigencia que quedan en nuestro entorno; la vulneración de las reglas que protegen los derechos de las personas, lo que no es transgresión, sino delincuencia; o la pura provocación.

Para no confundir esta ultima actitud con la auténtica rebeldía ante la imposición, conviene recordar las consecuencias que para unos y otros han tenido sus posiciones, y así reconocer el valor de los que fueron por delante y generalmente se partieron la cara, y a la vez poner en evidencia el postureo de los que han utilizado su supuesta insurrección como una forma de promoción.

En el conocido ensayo Rebelarse vende: el negocio de la contracultura (Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture) los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter lo explican perfectamente, y por cierto que de forma muy divertida, aunque a veces excesivamente cáustica. Más claro es aun el documental The Great Rock and Roll Swindle en el que los propios miembros de los Sex Pistols nos cuentan cómo se forraron a cuenta del escándalo público.

Para Lady Gaga, por ejemplo, aparecer en sociedad con un traje de filetes de ternera no le ha supuesto ningún coste, más allá de algunos tuits insultantes, y sí por el contrario miles de “cuartos de hora warholianos” de exposición pública, imprescindibles para promocionar su negocio.

Para Little Richard, sin embargo, hacer canciones de rock & roll salvaje y de alto voltaje sexual, vestido de mujer, en un estado del sur de los EEUU, fue bastante más problemático y desde luego mucho más arriesgado, en una época en la que la principal causa de detención policial era deambular por la calle bajo los efectos de ser negro, y en la que los extraños frutos a los que se refería Billie Holiday todavía colgaban a veces de los árboles de Georgia.

Little+RichardnPara llegar a ser un a figura así, Richard recibió desde luego la adecuada educación y ejemplo de su propio padre, que era diácono en una iglesia baptista, se dedicaba al contrabando de alcohol casero y regentaba un club de prostitutas. Cojo de nacimiento y manifiestamente afeminado, al pequeño Richard le cayeron en el colegio un buen montón de collejas, pero en vez de acudir a una terapia antilbullying, que no existía, se dedicó a aprender a tocar el saxo tenor en un par de ratos libres, y a cantar en los coros de gospel de manera tal que hizo a una diva del género apoyar el inicio de su carrera musical. Por supuesto que Little Richard aprovechó el escándalo que su aspecto y su música causaron para publicitarse, pero si ha pasado a la historia ha sido por el pequeño detalle de convertirse en unos de los pilares en los que se fundó el rock, el soul, el funk e incluso el pop del que ahora vive también y tan bien Lady Gaga…

wildeNacido en una cuna mucho más lujosa, Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, conocido como Oscar Wilde, se enfrentó a un enemigo aun más formidable, la sociedad británica de la segunda mitad del siglo antepasado, una de las más perfectas máquinas de inhibir; a la que seguramente ofendieron tanto las circunstancias de la vida personal de Wilde, como su incontenible talento, ingenio y mordacidad.

A pesar de disfrutar de un prestigio merecido, desde el principio de su carrera tuvo que soportar la reacción de la clase bienpensante, llegando a incluso a perder la custodia de sus hijos. En el episodio más conocido de su biografía, Wilde intentó acudir a la justicia para pedir protección ante los ataques del padre de su pareja, el Noveno Marqués de Queensberry (autor por cierto de las reglas del boxeo que llevan su nombre), pero lejos de conseguirlo solo consiguió que su vida personal fuera aireada en un juicio público al mejor estilo Sálvame y que abrieran contra él un procedimiento penal. Ni siquiera en el juicio pudo actuar Wilde con prudencia, y en un alegato encendido se labró su ruina defendiendo su derecho a vivir “el amor que no se atreve a decir su nombre”, según decía el verso de su amante que se ha convertido en sinónimo del amor entre hombres.

Dos años de prisión y la muerte en la indigencia, ese es el precio que pagó por ponerse enfrente de la moral victoriana este inigualable dramaturgo, poeta, novelista, cuentista, traductor y eterno proveedor de citas de calendario.

Wilde y Richard son dos ejemplos muy distintos de creadores que no cabían en las fronteras morales de su época, y simplemente las cruzaron sin pararse a sacar el pasaporte; mientras otros rebeldes de su propia causa, como Cela o Dalí, se limitaron a explotar sus extravagancias para aumentar su por lo demás merecida fama, en medio del liberticidio.

Bernard Shaw, Einstein, Mandela, Mark Twain, Garcia Lorca, Buñuel, Woodie Guthrie, Rosa Parks, Jesús de Nazareth, Solzhenitsyn, Miguel Servet, Galileo, Thomas Mann, Malala o Colón tuvieron que arrostrar en el mejor de los casos el rechazo, y en los más trágicos el exilio, la cárcel o la muerte. Son los transgresores de verdad, los que abrieron el camino, los rompehielos, auténticos punks sin cresta.

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Chema Bastos

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