Puerta al infierno, por ENRIQUE QUESADA – #escritos

Stairway to Heaven, lo que viene siendo “escalera al cielo”, de Led Zeppelin, frente a Highway to Hell, o “autopista al infierno”, de AC/DC.

Ahí está el dilema, y no es que me encuentre ante la tesitura de tener que decidir cuál es mi preferida, no, las dos me gustan, la sutileza y hasta dulzura del inicio de la primera…, la apuesta por la fuerza desgarradora desde el principio de la segunda… No, no van por ahí los tiros.

Desde que el hombre es hombre, la mujer es mujer y cuatro huevos son dos pares, a lo largo de nuestra vida se nos ha planteado la necesidad de escoger el camino correcto a seguir, bueno, más bien, en la vida casi siempre se nos ha impuesto un camino concreto a seguir, en función de unas creencias grabadas a sangre y fuego desde pequeños, si bien el asunto últimamente parece que se va relajando.

Y no tengo muy claro si es debido al efecto de acción – reacción, como la típica respuesta automática de rebeldía frente a tal imposición, que al final a casi todos nos va la marcha.

Y eso que la idea del cielo que se nos ha mostrado me lleva a pensar que debe estar muy bien, la paz, el sosiego, la tranquilidad, y, dependiendo de la religión que profeses, incluso hasta a tu llegada tendrás esperándote a no sé cuántas vírgenes que te harán la estancia más que placentera.

Peeeeero, desde el punto de vista iconoclasta de la religión que en mayor o menor medida profesamos (más o menos) la mayor parte de los españoles, eso de que te des de bruces allí arriba con un tropel de serafines, blancos inmaculados, con vaporosos y minifalderos vestiditos de gasa, ribetes y cinturón dorado, rubios cabellos rizados ornamentados con coronas de laureles y plumas, siempre sonrientes, mirada limpia y cautivadora, tocando la lira y cantando con voz de eunuco…, pues no se me muestra precisamente como una de las imágenes más apetecibles, vamos, que en el departamento de promoción de turismo del cielo están un poco en pañales, y ya no digamos, cuando te enteras de que uno de los alicientes que con más fuerza podría ayudar a inclinar la balanza a favor de decidirte por el ascenso a los cielos es más falso que un euro de cartón, resulta que allí arriba, San Miguel no es una cerveza, ¡es un tío!, ¡apaga y vámonos!.

Sin embargo, en este sentido, los publicistas del infierno van varios pasos por delante. Que llegas ahí abajo hecho un guarro, ¡quéééé más daaaaaa!, si el fuego lo purifica todo. No tendrás a no sé cuántas vírgenes esperándote (que dicho sea de paso, si a cada uno que suba le tienen que recibir esas decenas de vírgenes, más te vale subir pronto ya que con cuatro clientes acabas con la remesa), pero tienes a unas cuantas diablesas de brillante cuero negro acharolado, cremallera reventona y pelo cardado que te van a hacer “vivir mil diabluras infernales” (y si en este punto todavía hay alguna dama que siga leyéndome, sírvase perdonarme si se siente herida por esta visión tan materialista, a la par que machista, pero seguro que acababais encontrando a varios Jacks, con sus respectivas motos, también hay para vosotras).

Así las cosas, atendiendo a esta comparativa tan “espiritual”, el tema parece estar claro:

Infierno 1 – Cielo 0.

Y aquellos a los que les gusten estas dos canciones mencionadas al inicio, como es mi caso, todavía con más motivo la balanza se va inclinando.

De acuerdo que hay que hacer ejercicio, que dicen que el deporte es vida, que quien mueve las piernas mueve el corazón, que es sano, que adelgaza, que te pone los glúteos duros y las piernas como columnas dóricas.

Pero no es menos cierto que te hace sudar, que acabas con unas agujetas de mil demonios, y que hay una leyenda urbana cuya falsedad compruebas tan pronto como franqueas la puerta de los gimnasios, allí no hay ni tíos musculados sudorosos marcando paquete ni tías enmalladas enseñando el tanga, todos somos iguales, fofos de turrón y polvorones, mirándonos los unos a los otros con la esperanza en encontrar a alguien en peor estado que el nuestro, por aquello de evitar el desánimo ya desde el primer día.

Así que si hay que decantarse entre Led Zeppelin y subir al cielo por unas escaleras, que vaya usted a saber de cuántos peldaños estamos hablando, pero que si el destino está por encima de las nubes que nos muestran todas las noches las fotos del tiempo de La 1, por lo menos deben ser más de treintaydoce, o por AC/DC y bajar al infierno por autopista, que dado que es cuesta abajo se gasta muy poco en combustible, ¡blanco y en botella!: Yo me iría pal infierno, de manera que parece que barrunta goleada:

Infierno 2 – Cielo 0.

Y sí, he de reconocer que una vez puestos en la balanza los pros y los contras de cada una de las opciones, siempre he tenido claro que soy más de diablesas que de serafines.

Sin embargo, hace poco, por una de esas casualidades de la vida, descubrí “algo” que inicialmente me dejó perplejo, se escapaba a mi entender, pero que, ya con la imagen dando vueltas por mi cabeza y tras días de atar los cabos sueltos que años de investigaciones fueron dejando libres al viento de mi intelecto, ayer mismo, perplejo, comprendí de qué se trataba.

 

Llegados a éste punto, dada la complejidad del asunto y para poder asumir la magnitud de tal descubrimiento, debéis permitirme que haga un sucinto repaso de Historia.

 

Si nos remontamos un tiempo atrás, cuando Dios creó el mundo, no recuerdo muy bien exactamente cuándo porque han pasado muchos años de aquello y yo debía ser muy joven, tal vez fuese en el cuarto día…, o en el quinto posiblemente, le dio por crear los árboles, y los miró, y le gustó lo que vio (“me han quedao niquelaos, los jodíos”, se dijo para sus adentros), “y serán altos y fuertes, y crecerán robustos y darán cobijo y alimento a…, y alimento a…, ¡andá, tengo que crear algo a lo que puedan cobijar, pero ya mismo, que se me acaba la semana y el domingo he de ir a misa!”. Y así, con las prisas, nos creó a nosotros, los humanos, dicen que a su imagen y semejanza… “Y a vosotros, los humanos, os concederé el beneficio de su sombra y de sus frutos, eso sí, ojito con el manzano, ¡Eva, ¿has entendido?!, y los respetaréis como seres hermanos vuestros que son”. (Aquí, permitidme que haga un inciso. Yo no creo que un ser tan bien parecido y tan buena persona como era Dios, pudiera llegar a crear a su imagen y semejanza a esta panda de cabrones que estamos hechos, pero bueno, debe ser que como los escritos estaban en una lengua muy antigua, igual el catedrático de lenguas muertas de la universidad de Tel Aviv falleció antes de dar por concluida su traducción, y la debió retomar algún becario, y así ha quedado, nosotros a imagen y semejanza suya…, lo dudo).

En definitiva, que a Dios le dio por crear un día a los árboles, arbustos y matorrales, y que algún día más tarde, ya aburrido de tanta perfección, le dio por crearnos a nosotros, a los humanos.

Cuentan que como por aquél entonces los inviernos eran crudos, y hacía frío y nevaba, el hombre necesitó alimentar a su prole y calentar su cueva para que no se le pusieran enfermos los churumbeles, ya que aún no había nacido “la Espe” para construir hospitales, y el centro de salud cerraba por las noches, de manera que, haciendo caso omiso de los apercibimientos de Dios, Eva, que era más espabilada que su marido (siempre las mujeres han sido mucho más listas que los hombres, eso hay que reconocerlo), le convenció para que recogiesen los frutos de aquel manzano que había a la entrada de la cueva, y aprovechasen el tronco y las ramas para encender eso que desprendía gustirrinín …, pero que hacía daño cuando lo tocabas…, y que se usaba antes de que se inventara la vitrocerámica (perdonadme la vaguedad en la definición, pero como no se había inventado todavía el fuego, no sabían cómo llamarlo, ni conocían el calorcito, ni sabían que quemaba ni nada de eso).

“Que mira que nos han advertido que no cojamos los frutos de éste áááárbol…”, le decía el hombre a la mujer, “no vaya a ser que Dios se enfade con nosotros y nos expulse del paraííííso” (urbanización de cuevas adosadas con parcela de 1.000 m2, inmejorable situación, cerca del centro y muy bien comunicada).

“No digas tonterías”, le dijo Eva a su marido, “además, como vamos a cortarlo entero, ni se va a dar cuenta de que estaba ahí el arbolito”.

Convencido a medias, ups, perdón Eva, plenamente convencido de sus actos, cortó el manzano, tal como habían planeado, pero como Dios entraba de guardia esa noche y a esas horas ya estaba despierto y vistiéndose, alertado por los golpes, vio lo que el hombre estaba haciendo, y no le gustó, y así se lo hizo saber: “qué habéis hecho, insensatos, acabar con la vida de un ser vivo, y además del único que os advertí expresamente que era intocable. Pues que sepáis, que nunca ganaréis el Reino de los cielos, y que ahora mismo, el propio tronco del árbol que habéis mancillado será el que os conduzca a los infiernos, y una vez hayáis descendido, os será imposible regresar a superficie. Así sea”.

Y tal como acabó Dios de hablar, observaron cómo el resto del tronco que aún quedaba en superficie se ahuecó y ensanchó, tragándoselos a ambos, y para que no pudieran volver, tal como había dispuesto Dios, el hueco por el que descendieron se cubrió con unas afiladísimas y puntiagudas agujas que crecieron hacia su interior, quedando de por vida así dispuestas como recordatorio de tal afrenta.

A lo largo de los siglos, ésta historia fue divulgada de pueblo en pueblo y de generación en generación. Empezaron la comidilla los propios vecinos de la cueva de al lado, que, aterrados, observaron la escena escondidos tras los visillos, y la narraron con todo lujo de detalles en la primera junta de comunidad que hubo tras los acontecimientos.

En ese boca a boca a lo largo de la Historia, a causa de la niebla que cubre y desfigura los detalles con el paso del tiempo, la denominación del lugar del suceso llegó a la época de los griegos y los romanos con el erróneo nombre de Averno, definiéndolo como la entrada al inframundo, y la original palabra árbol acabó significando lago (cuánto daño ha hecho el verso libre y la rima asonante), de ahí la imposibilidad de dar con el lugar exacto de aquel primer descenso a los infiernos a partir de dicha época.

Con el transcurso del tiempo, trovadores y juglares, ciegos y copleros, cantaron y contaron la historia, si bien el paso del tiempo y los distintos nombres que le fueron asignados, contribuyeron, aún más, a olvidar la situación de tan tétrico emplazamiento, a lo que contribuyó además la demolición de la urbanización de cuevas, al haber sido construidas en parte en suelo catalogado como rústico, y en parte en suelo de uso terciario.

Más recientemente, durante el siglo XIX, el gran visionario y escritor Julio Verne, leyendo las transcripciones que de aquellas historias realizaron los monjes benedictinos de la abadía francesa de Mont Saint-Michel, encontró inspiración para escribir uno de sus más grandes éxitos, “Viaje al centro de la Tierra”, aunque siempre con el pesar de no haber podido encontrar nunca la situación de aquel punto de entrada. Percatándose con sus lecturas de que se trataba de un punto de no retorno, (quien entró, jamás salió, rezaban los escritos), optó por situarlo en una de las zonas más inhóspitas de la Tierra que por aquel entonces se conocían, un volcán en Islandia… (¡qué mente más fantasiosa!).

Yo, como hombre de ciencia que soy, incrédulo como el que más, estoy obligado a poner en solfa todo tipo de información que me llegue por cualquier vía, ya sea la Biblia, los manuscritos con transcripciones de unos monjes o el cuento de un soñador, y además, como buen científico, para refutar una teoría he de conocerla a fondo, así que durante años he estudiado todos los documentos hasta aquí enumerados y otros cuya mención, conscientemente, he pasado por alto para no alargar hasta la saciedad el relato, he escuchado las grabaciones de los juglares más importantes y más viajados de la Edad Media, remasterizadas en CD, y hasta he llegado a escribir al revés la letras de las dos canciones que he citado al inicio, por si encontraba algún indicio, habiéndome convertido, a día de hoy, en uno de los más canosos y mayores expertos en la búsqueda del “agujero original”, el agujero originado por el “pecado original” (pues sí, a otros les da por buscar el Santo Grial y hasta hacen películas de ello), pero a día de hoy, mejor dicho, a día de ayer, no por ser sabio era conocedor de toda la verdad, que se me escapaba de entre las manos.

Y digo bien que “a día de ayer”, porque fue ayer mismo cuando se me hizo la luz, logré atar todos los cabos e hice el descubrimiento que ha originado un nuevo giro copernicano en el conocimiento científico.

Ayer logré encontrar el “Averno” grecorromano, la entrada al inframundo, el agujero original, “el primigenio tronco del manzano”, peaje de la autopista al infierno, y he podido comprobar su macabro y espeluznante aspecto, jurando ante los altares no desvelar su situación, que irá conmigo a la tumba para que no se vea convertido ni en punto de peregrinación ni objetivo terrorista.

Tan sólo os mostraré una fotografía, advirtiendo, eso sí, de la crueldad de la imagen, que puede herir la sensibilidad de quienes la contemplen. No os digo más que ayer mismo, poco después de postular mi teoría, mostré las fotos a dos colegas japoneses y murieron de un infarto.

De manera que gracias a este descubrimiento, que por muy fantasiosa que pueda parecer su narración, es tan cierta como que soy escritor, tengo claro que desde ya mismo y antes de dar con mis restos bajo tierra, mi destino será escuchar a los Led Zeppelin, y mientras ese día llega, empezaré a portarme bien, o al menos intentarlo; a ser buena persona, o al menos aparentarlo, y a rezar, en latín, en hebreo o en arameo, todos los versos, versículos y oraciones que hace años olvidé, ya que después de ver por dónde bajaron al infierno nuestros antecesores, a pesar de lo caro que está ganarse el cielo y de lo aburridísimo que pueda ser, sin cervezas y rodeado de hombrecillos tocando la lira, yo me voy pal cielo cagando leches, que entrar por ese tronco debe doler lo suyo.

 

01. PUERTA AL INFIERNO

Enrique Quesada

Enrique Quesada Ha publicado 15 entradas.

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