Puede que sí, puede que no – por FRANCISCO NAVARRO

Las noches de verano casi todos los filósofos rurales cenan en el patio, debajo de la parra o la higuera, el cri, cri de los grillos enjaulados sirve para que hilvanen las ideas que se llevaran a la cama, para consultar con la almohada. Por cierto que los pensadores rurales suelen cenar ensaladas de tomate, aceitunas y pan.

Los filósofos rurales huelen a tierra mojada y a mejorana. Miran de hito en hito y minutos antes de exponer un aforismo entornan los ojos y le dan una profunda calada al pito. Estos agrestes intelectuales entienden de tiempo y sus juicios son muy meditados y de mucho sentido. Suelen hacer corro y siempre llevan un par o tres de personas alrededor escuchando arrobados sus sentencias.

Conocí a uno de ellos, alto, con abrigo hasta los pies en invierno, pelo fosco y tordillo y la barba hasta los ojos con los pelos como clavos. Llevaba una boina descolorida, del color del ala de mosca y el resto de la indumentaria propia de la hermandad a la que pertenecía. Desdentado y sonriente, pero nervioso.

Le pregunté sobre la posibilidad de lluvia en aquel día que amanecía. No necesitaba ningún otro de sus asertos. O tal vez intenté probar su infalibilidad. Miró hacía la salida del sol fijamente, después miró al poniente otro rato. Subió la vista hacia el mediodía y volvió a columbrar el saliente. Se levanto la boina y rascó la cabeza, a la vez y con la misma mano; entornando los ojos coligió:

—Puede que sí y puede que no.

sillas

Francisco Navarro

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