Psicópatas – por CHEMA BASTOS

Psicópatas. La propia palabra ya acojona, tan sorda, esdrújula y oclusiva; como acojona y sobre todo nos fascina la galería de personajes reales y de ficción que con esta etiqueta han superpoblado las pantallas, las librerías, las portadas y hasta los tocadiscos. Esta fascinación, y la literatura que ha generado, no ha ayudado precisamente a resolver la confusión que sobre esta clase de personas existe, no solo entre la población no experta, sino incluso entre la comunidad científica; hasta el punto de que no podemos aspirar en un artículo como éste sino a aclarar qué es lo que no son, y aplicar al asunto el “método epistemológico gallego” empleado tradicionalmente con las meigas: no sabemos si existe la psicopatía, pero los psicópatas, “haberlos, haylos”

A este método responde en cierto modo esa afirmación de que los psicópatas son como el arte, nadie sabe definirlo, pero sí que sabemos cuando estamos delante de él. Y es que como suele ocurrir en general con la psicopatología, las categorías que se utilizan para definir los diversos trastornos mentales son más descriptivas que explicativas. La etimología del término no arroja ninguna luz al asunto tampoco. “Psicópata” significa “enfermo de la mente”, lo cual es totalmente inexacto: si algo sabemos de los psicópatas es que presentan intactas sus capacidades intelectuales, al menos a un nivel cognitivo.

Parece, si atendemos al menos al famoso DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) que lo que llamamos psicopatía constituye un trastorno de la personalidad, que es algo así como una forma muy acusada de ser, que no impide al que la sufre conocer la realidad –como sí ocurre por ejemplo con la esquizofrenia y otros trastornos sicóticos- aunque sí se puede incluir en la campo de la enfermedad, en la medida en que acarrea problemas a la persona que lo sufre y desde luego a su entorno. El llamado trastorno antisocial, que ha dado lugar al término equivalente de sociópata, incluye una serie de rasgos y pautas de comportamiento que a veces cuesta distinguir de los que caracteriza la conducta de alguien considerado simplemente como un mal tipo, hasta el punto de que tengo oído a algunos psiquiatras referirse a un supuesto psicópata con el término “hijóputa”, dando a entender que psicópata no es más que una forma culta de llamar a lo que siempre ha sido una mala persona.

En la criminología del siglo antepasado se decía que estas personas sufren un trastorno de la esfera ética de la personalidad, eran “perversos morales”. Y es que la primera y más evidente característica del llamado psicópata es la trasgresión más o menos permanente de las normas más básicas de la convivencia, lo cual complica extraordinariamente las cosas, como siempre que se enredan con el asunto de la ética. Para empezar, en modo alguno se puede decir que todos los que vulneran las reglas sociales, por más elementales que sean, lo hacen porque sean psicópatas. Hay infinidad de motivos para recurrir al delito, casi tantas como delincuentes, y de hecho sólo una pequeña parte de los que pueblan las prisiones responden a este perfil, afortunadamente. En mi modesta pero inapelable opinión la conducta criminal es desde un punto de vista evolutivo y muy general, la forma que encuentran las personas de adaptarse a un medio más o menos hostil; mientras que el comportamiento ético y el respeto a los intereses de los demás no es más que la manera de tenemos de hacerlo los que vivimos en una situación de abundancia en la que todos tenemos mucho que perder. Ambas formas de adaptación no son en modo alguno equivalentes, de modo que al igual que un ladrón será rechazado por las esferas mayoritarias de la sociedad antes que un corrupto, tratar de convertir a un habitante de determinados barrios de nuestro país en alguien honrado, sincero y sensible puede constituir una tentativa de homicidio. Y es que muchos de los rasgos y patrones de comportamiento que permiten a una persona adaptarse a los peores entornos, se parecen mucho a los que caracterizan al psicópata, pero estos no significan que lo sean más que nosotros: no queráis saber de lo que seríamos capaces, cómo irían cayendo una a una hasta nuestras más acendradas inhibiciones, si tuviéramos que competir por los recursos.

Tampoco todos los psicópatas se ven abocados necesariamente a recurrir al crimen. De hecho en algunos aspectos de la vida social los rasgos del psicópata son adaptativos, e incluso a veces favorecen por desgracia el éxito social. La agresividad, la indiferencia por el sufrimiento ajeno, el narcisismo o la irresponsabilidad son rasgos que pueden hacer de ti un reconocido directivo de empresa, un reputado ministro y desde luego un solvente defensa central, de acuerdo con lo que se espera de ellos. La presencia cada vez mayor en nuestras cárceles de algunas de estas figuras relevantes no es desde este punto de vista tan sorprendente, y bajo mi punto de vista buena parte del fenómeno de la corrupción política y económica puede explicarse por la frecuente representación de perfiles psicopáticos en los más elevados niveles de estos ámbitos.

Aunque la presencia de ciertos rasgos de comportamiento o personalidad como los señalados sí permite identificar al psicópata; también existe confusión acerca de cuales son los más definitorios, sin que de nuevo el cine, la literatura o la información periodística ayuden mucho a aclarar las cosas. El más famoso psicópata de los últimos tiempos, el por lo demás fascinante doctor Hannibal Lecter de El Silencio de los Corderos, ha extendido la imagen del psicópata como una persona extremadamente inteligente, muy difícil de detener por la policía, que actúa con una crueldad extrema y gratuita, y cuya actividad criminal característica es el asesinato en serie o ritual.

Pero se trata de una imagen totalmente errónea, que no se corresponde con la realidad que conocemos. Es cierto que como hemos dicho el psicópata cuenta en casi todos los casos con la capacidad intelectual más que suficiente para conocer la realidad, y a menudo puede parecer hábil e incluso brillante. Pero también lo es que la autoimagen de omnipotencia que su egocentrismo causa, así como su carácter de auténtico “analfabeto emocional”, le impide entender a veces bien las situaciones, y hacen que incurra en errores obvios a la hora zafarse del control social después de un tiempo de “dar el pego”.

Lo que caracteriza al psicópata más que el placer por el dolor ajeno, es el absoluto desprecio por el mismo. Estudios hechos con contrastes muestran una actividad cerebral nula ante estímulos relacionados con el sufrimiento de otros seres humanos, imágenes o sonidos que en el resto de las personas les causa una inundación de colores indicativos de esa actividad. Pero la violencia o el dolor causado no son en la mayoría de los casos un fin en sí mismo, sino simplemente un medio que estas personas, definidas a menudo como depredadores, utilizan con la frialdad propia de un reptil.

Por eso en ni opinión la actividad criminal característica del psicópata no es tanto el delito violento como la estafa. A pesar de la imagen relativamente amable que películas como El Golpe han proyectado de la figura del estafador, lo cierto es que lo más reincidentes de ellos presentan en realidad los rasgos típicos del trastorno antisocial de manera más propia que el asesino o el violador. Aunque éstos causan un resultado más dañino, la ejecución de la estafa exige una indiferencia permanente por una persona con la que es incapaz, ni siquiera después de mucho tiempo, de establecer un vínculo emocional que le inhiba de convertirle en su víctima. Y en la estafa se da también el comportamiento más característico del psicópata, aun más que la violencia, que no es otro que la mentira. La falsedad, el engaño, la manipulación más hábil, es una consecuencia más de los rasgos descritos, y de hecho es muy común en esta clase de personas llevar con absoluta normalidad una doble vida que a nosotros nos impediría conciliar el sueño.

Nueva imagen (2)Si buscamos una representación literaria más adaptada a la realidad del psicópata, contamos por ejemplo con A Sangre Fría, de Truman Capote, en la que el estilo documental refleja a la perfección el carácter desapasionado con respecto al crimen. Aun más inquietante resulta El Talento de Mr Ripley, un semblante tan exacto de un psicópata que me hace sospechar de la Sra. Highsmith, con la que no me hubiera ido de vacaciones aun cuando me hubiera sido posible. Los remordimientos que sufre Raskolnikov en la parte final de Crimen y Castigo inhabilitan por el contrario como psicópatas tanto a Dostoievsky como a su personaje.

Chema Bastos

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