Princesas sin cuento

Amiga mía, lo sé, sólo vives por él, que lo sabe también, pero él no te ve como yo suplicarle a mi boca que diga que me ha confesado entre copas que es con tu piel con quien sueña de noche y que enloquece con cada botón que te desabrochas pensando en su manos. Él no te ha visto temblar esperando una palabra, algún gesto, un abrazo. Él no te ve como yo suspirando, con los ojitos abiertos de par en par, escucharme nombrarle. ¡Ay, amiga mía!, lo sé y él también.”

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Hace años, muchos ya -aunque a ti y a mí puede que nos parezca menos porque cantamos tantas veces esta letra a voz en grito- yo creía que la canción en realidad era una declaración de amor secreto, de un amigo que sufría viendo como su princesa bebía los vientos por otro, por un amigo ingrato, ciego a los encantos y deseos de aquella su princesa de un cuento infinito.

Ahora, pasados los años, muchos ya  -aunque a ti y a mí puede que nos parezcan menos porque aún retumba en nuestra memoria aquel ohuoh-ohuoh con el que enlazábamos las estrofas- tengo delante de mí a esa princesa, la misma que podría haber inspirado esa canción, la misma de la que se decía que tenía un cuento infinito, la misma que suplicaba, temblaba y esperaba, la misma pero con la diferencia de que mi princesa no tiene cuento.

Mi princesa puede que no sea alta, incluso puede que no sea rubia, o no tan rubia (tampoco lo era Blancanieves y, mírala, ahí está), pero mi princesa sí tiene unos ojos capaces de iluminar la oscuridad más negra, una boca de sonrisa sincera y palabras tan dulces como sensatas y oídos tan abiertos como conscientes. Mi princesa es bonita y princesa por los cuatro costados: princesa por parte de madre y de padre, princesa de hermanos y amigos. Princesa inagotable de ayudas, comprensiones y rescates, de fiestas, cenas, excursiones, cafés, besos y abrazos.

MR_pumpkin-president-crop1Mi princesa lo es de detalles grandes, muy grandes y pequeños, tan pequeños que al final son enormes. Ella es princesa con estilo, educación y palacio aunque también es una princesa moderna de trabajo y responsabilidad, de luchas y batallas diarias; de mil guerras ajenas ganadas y tan sólo una, la suya propia, por decidir. Princesa de fama y brillo y aún así, una princesa llana y cercana… campechana como se dice que deben ser las verdaderas buenas princesas e incluso los reyes.

Ella es princesa, no cabe duda y, sin embargo mi princesa no tiene cuento. Ni largo ni corto y, por lo tanto, ni mucho menos infinito. Mi princesa sólo tiene historia. Una historia de años, de meses y de días, de esfuerzos, ilusiones rotas y recompuestas, de llantos y temblores, de no entender y sin embargo seguir esperando, de no entender y sin embargo comprenderlo todo; una historia de silencios y traiciones y sin embargo seguir amando y deseando… una historia real de ayuda y entrega que sin embargo no puede ser Real porque nunca tuvo príncipe.

 Tampoco voy a decir que haya tenido un villano (de esos que también hay en los cuentos), simplemente no está, no sale, no aprece. No quiero juzgarlo ni analizarlo, ni tan siquiera describirlo. De él no quiero hablar por que él sabrá en qué espejos se mira y qué cuento le devuelven; en el mío sencillamente no cabe porque éste, al final, es un cuento para ti y para mí: princesas sin cuento, princesas sin príncipe. Un cuento escrito, sin saberlo, hace muchos años aunque a ti y a mí nos parezcan ahora tan pocos ahora que nos seguimos sabiendo de memoria la letra y puede que hasta la sigamos cantando, ¿verdad que sí, amiga mía?.

Emilio Pardo

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