Princesa – por ELENA SILVELA

Era ya de noche, el día había transcurrido con el mismo tedio que de costumbre. Su imagen en el espejo del dormitorio no le gustaba nada. Un vestido ajado de color verde oliva, oscurecido aún más por el tedio y el pelo azabache sin brillo adornando una cara sin sonrisa. Su vida era bien humilde, no había encontrado nadie con quien compartir las pocas dichas y el futuro no parecía traer novedad. Quería un cambio. Pardiez que quería un cambio. Algo que transformara su vida por completo. Quiso convertirse en princesa, no era la primera vez que lo deseaba, y cerró los ojos. Presta. Arrugó las pestañas con fuerza durante unos cuantos segundos que se le antojaron eternos y apretó los puños para ayudar a la transformación.

Volvió a la realidad con un cierto temor. Nunca había ocurrido nada, pero esta vez sentía un cosquilleo diferente. Abrió los ojos y enfocó con respeto. La imagen era otra. El vestido ya no era verde, sino azul. Como el océano que veía desde el ventanuco de su habitación por las mañanas. Brillante, alegre. “Un azul real”- sentenció. A su rostro asomó una tímida sonrisa y hasta el propio espejo se sorprendió de la belleza. Levantó el vestido hasta los tobillos y miró los zapatos, otrora sandalias cuarteadas. De color cobre y mucho tacón. Nunca había visto zapatos tan bonitos. Antes de poder pellizcarse como prueba de vida, oyó unos pasos a su espalda.

-“En verdad ahora sois una princesa.”- la voz tan familiar le hizo dar un respingo y se giró velozmente. En la puerta, apoyado de medio lado, su padre contemplaba la escena.

-“¿Qué haces aquí, papá”- no salía aún de su asombro.

-“He venido intrigado por el humo color dorado que sale de la chimenea de casa. He revisado el salón y la chimenea funciona perfectamente.  ¿Y ese vestido tan bonito? ¿De dónde ha salido? Estás guapísima con él.”

-Muy difícil de explicar lo del vestido, papá. ¿Dorado?- sus ojos ahora estaban desmesuradamente abiertos.

-Vamos fuera. No me creerás hasta que lo veas. ¡Corre!

Agarró el vestido nuevamente para apresurarse escaleras abajo, seguida torpemente por su padre. Ya en el jardín, avanzó unas cuantas zancadas para contemplar el tiro de la chimenea desde una cierta perspectiva. En efecto, de la chimenea salía humo, abundante. De color dorado, tililaba, brillaba y se retorcía caprichosamente bordeando la casa. Siguió con la vista el recorrido del humo, que se prolongaba por encima del hayedo y adquiría proporciones aún más grandes. Fue la visión sobre el mar la más impactante. Su boca se abrió en un rictus de incredulidad. El corazón dejó de latir igualmente para contemplar la escena con el silencio solemne que las grandes ocasiones requieren. La trayectoria del humo dorado había variado de rumbo y resaltaba con nitidez sobre la oscuridad marina. Ahora formaba unas letras, de magnitudes gigantescas, podían leerse bien:

“Claro que mereces ser una Princesa.”

Enrique Martinez Cubells - 23
“Marina nocturna”.- Enrique Martínez-Cubells

Elena Silvela

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