Potaje de cariño


Pongamos que se llama Pilar. Un suponer. Estuvo ingresada unas cuantas semanas por una complicación seria de una cirugía. Lo bastante seria como para que durante algunos días tuviera que guardar el equilibrio y no caer del otro lado. Cuando la cosa parecía empezar a enderezase le animamos comer. Obviamente, estaba inapetente.

–Coma algo que le apetezca, –le dije una mañana en el pase de visita. –¿A ver qué le apetece? ¿Fruta? ¿Un yogur? ¿Le hago unas cocochas? ¿Cómo las prefiere? ¿Al pil-pil? ¿En salsa verde? Se las traigo mañana.

Es una mujer risueña, de las que se agarran a la vida. Aunque estaba jodida aquel día, le arranqué una sonrisa.

–Cocochas, no. ¿Pero sabe lo que me está apeteciendo y en lo que pienso desde hace unos días? –Se le iluminaron los ojillos.

–Dígame.

–En un plato de potaje.

–Pues le preparo un potaje y se lo traigo mañana en un tupper, –le dije. ¿De qué le gusta el potaje? ¿De berzas? ¿Pote gallego?

–¡Nooo! El potaje al que me refiero es el que hago yo. Y ese no lo hace cualquiera. Mire. Mi yerno, que es cocinero, confiesa que no le sabe dar el punto como yo y que es el potaje más bueno que ha comido en su vida.

Su marido, de pie al lado de la cama, asentía.

–Pues me tiene que dar la receta.

Y a cuenta de la receta del potaje, bromeaba con ella cada mañana para abrirle el apetito.

Pilar se recuperó. Hace un par de semanas que ya está en casa. El jueves se me presentó en la consulta. Traía un tupper y una sonrisa.

–Usted y yo tenemos una cuenta pendiente, –me dice con tono burlón.

–Sí, –respondí. –Me debe una receta. ¿Pero qué me trae ahí, Pilar? ¿Potaje?

–No. Le traigo una cosa para hacerlo. Le explico.

Y me abre el tupper y me enseña unas tortas hechas con huevo, arroz, ajo y perejil, según me explica.

–Cada una lleva un huevo, –me aclara.

Les llama “huevos de buñuelo”. Deduzco que es nombre y receta autóctona de su pueblo o que es original de su familia. Y me va diciendo cómo hace el potaje con garbanzos y alubias blancas, espinacas, sofrito de cebolla y ajo, pimentón dulce…

–Puede ser picante, si le gusta. Y yo le pongo también una hoja de laurel.

Y le digo que espere, que saco papel y boli. Y apunto. Y siento cómo disfruta compartiendo conmigo esa receta que su yerno no le da el punto igual, aunque sea cocinero. Y disfruto yo más, aunque ella no lo sepa, porque esa receta –que no dispensan en la farmacia del hospital– le ayudó a agarrarse a la vida.

Me encantan las legumbres. Las como menos de lo que quisiera, porque Jimena no las puede ni ver y no tengo ganas de convertir las comidas de los fines de semana en una pelea. Hoy está invitada a la comunión de Rocío y he aprovechado para hacer el potaje de Pilar. Me salió rico, aunque seguro que a mi me ocurre como a su yerno. Lo cierto es que tenía un sabor distinto, único. Se debe a un ingrediente secreto e invisible que esta mujer ha añadido a los huevos de buñuelo y que no me ha dicho. Pero yo lo sé. Es el cariño.

tupper

Daniel Huerga

Daniel Huerga Ha publicado 20 entradas.

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