Porque el barro se puede romper – por PILAR RUBIO

No sé si voy vestido para una galería de arte como ésta. Y desde luego, no doy la talla física. No tengo pasta para parecer tan elegantemente pobre, tan cuidadosamente descuidado, tan interesantemente feo. Yo soy pobre y feo, a secas, sin encanto. Incluso, si se atrevieran a mirarme, un poco demasiado. Becario al que mandan a hacer su primera entrevista, y empieza con todo un Creador. Un escultor que rompe moldes. De forma literal. Con esa leyenda de artista atormentado que nunca antes consintió en exponer sus obras, que solía destruirlas, con sus gafas redondas y doradas, su barba de tres días, sus canas en las sienes y su mirada fija, siempre igual, en las poquísimas fotos que se dejó tomar. Hasta hoy.

-¡Venga vamos Chaval, qué esto está hecho!- me anima El Fotógrafo. Ya lleva tres meses, se le nota, es todo un veterano. Como aún no cobra, contempla este “trabajo” desde la indiferencia, y se relaja- ¿Te imaginas que desvelamos EL MISTERIO?- dice silabeando con gesto devoto- ¿Qué nos cuenta a nosotros por qué ahora de repente va y expone?- Se ríe como reiría si hubiera dicho que hoy van a venir los Reyes Magos.

Le observo. Desvía los ojos. Como todos. Yo me encojo de hombros. Como siempre. Pensé que éste sería un poquito más valiente, pero no. Llamo a la puerta. Con una muchedumbre así vestida y armada de copones de cristal llenos de vino. ¿Por qué están encerrados? ¿De qué se les ocurre tener miedo? Miedo lo tendría yo. Podrían devorarnos entre todos. Con un nombre un poco chulo y un buen maridaje ni dudaban ¿Carpaccio de becario, tartar de pobre? Tal vez publicaran una dura reseña. Demasiado fibrosa la materia prima. Poco tierna.

-Hola chicos, ¿sois los de la revista, no? venid conmigo ¡cómo está esto de gente!, ¿no os parece?, atestado, jaja, atestado e informe, como los de Tráfico, ¡jaja!- claramente, La Rubia que nos abre, rubia por vocación quiero decir, las cejas negras la delatan, quiere parecer guay.

-Pasad, no os quedeis ahí. Venid por aquí, que os voy a presentar al Maestro, al Creador.

Los ojos de La Rubia, que no fueron azules hasta que se compró las lentillas de colores, también huyen atemorizados de mi rostro. Vamos pasando mesas rodeadas de gente muy cuidadosamente descuidada, llenas hasta los topes de vinos y de platos, pero la tipa no tiene ni un detalle. Se ve que los pobres de atrezzo no comparten comida con los otros.

El Creador está solo, con su copón en la mano, por supuesto, que aquí parece ser un objeto obligatorio, pero solo. De espaldas, mira en silencio una de sus criaturas. No son sólo figuras. “El barro”, me ha creído iluminar antes El Listo de la revista, con una voz tan arrugada como su nariz, “es una forma menor de escultura, casi es artesanía, pero este caso creo que es especial”. Tan especial. En estas piezas puedes notar sus manos en cada pliegue, cada rugosidad. Cada gesto tiernamente deforme o calladamente firme evoca una emoción. Yo quiero de nuevo acariciarlas, consolarlas, llorar.

El Creador se gira. Lleva gafas doradas que no hablan pero tampoco ceden. Me reconocen y sostienen mi mirada. Asoman levemente las cejas por detrás al levantarse. Se agachan muy deprisa, no quieren que se note su sorpresa.

La Rubia nos presenta y se va al fin. El Fotógrafo ha visto a las esculturas e intenta conquistarlas una a una. Se acerca seductor a una cualquiera, danza ante ella, entonces se agazapa, ahora se abalanza, al fin se tranquiliza. Tras haberla poseído con su cámara, satisfecho y petulante, va a por la siguiente. Ellas le dejan ir una por una y vuelven a su calmada soledad. Las imagino sonriéndose entre ellas a su espalda.

Yo querría protegerlas, pero, haciendo el papel de amigo feo, hablo con El Creador, enfrente de la más hermosa. Una urna de cristal la resguarda, se supone, de pelmazos con cámaras de fotos.

-Parece que te convencí con algo de lo que dije aquella tarde. Ni idea de con qué. ¿Quizá lo de tus criaturas? ¿Me has dado la razón? No me fastidies. La primera vez en más de veinte años, ¡qué emoción!. Aunque, la verdad, tampoco es que me hayas hablado muchas veces.- Miro a mi alrededor- ¿Merecían sobrevivir entonces?- Silencio al otro lado-¿Y qué se comenta de ellas por aquí?

Por fin abre la boca.

-¿Qué se va a comentar?, les han gustado.

-Ya veo que estás bailando de alegría.

-Cállate ya y no me toques los huevos- sentencia El Creador.

-Así me gusta la gente, agradecida. Eres insoportable, ya lo dice mi madre. Seguro que estabas mejor en  tu mierda de estudio, borracho, hecho un guiñapo, y cubierto de polvo, como ellas- con un gesto señalo a sus figuras.

Nuestras caras nos ven desde la urna, rasgos familiares y dispares a la vez. Nos desemejan algunos detalles. Sus gafas redondas y doradas, su barba de tres días, su ropa elegantemente pobre. Mi enorme cicatriz, mi media cara.

-Pues cuéntame algo tú, ¿para qué me buscaste?- sigue hablando- ¿por qué fuiste aquella tarde a mi casa? ¿jugamos a que adivine lo que llevabas en el bolsillo derecho del abrigo? Sí, aquello que acariciabas con la mano pensando que yo no me enteraba.

El Creador clava sus gafas, su mirada rebota en el cristal y da la vuelta hasta encontrar mis ojos. Esta vez son ellos los que huyen. Recuerdo la navaja, recuerdo el chasquido, mis dientes apretados cuando llamé a su timbre, claro que lo recuerdo.

-Y ya que estamos, ¿por qué no terminaste?- me pregunta.

-Quería vengarme.

-Eso ya lo imagino ¿y?

-La descubrí aquel día. A ella. La estabas terminando. Y vi a las demás. Son tan hermosas. Quise conocer a más- ¿Reflejarán sus gafas nuestro reflejo en el cristal, el cristal el reflejo de las gafas, y así hasta el infinito?- Además, no tengo claro quién de los dos se llevó al final la peor parte.

-Cinco años- me dice murmurando…¿le dolerá la voz?

-¿Cómo?

-Tenías cinco años. Durante otros cinco o seis no hubo forma de que salieras de casa, al colegio, siquiera que jugaras. Te empeñabas en ponerte en la cabeza una bolsa de ésas de patatas fritas, de papel amarillo, ¿te acuerdas?- Claro, me encantan las patatas, y esas bolsas, con sus lunares de aceite, transparentes, ya casi no se encuentran- Les hacías dos agujeros para ojos y con ellas te empeñabas en vivir. Y el lavarte la cara. Y el intentar borrarla ¿Tampoco lo recuerdas?. Tu madre y yo te tuvimos que atar las manos unos meses para que no te acabaras de joder la cicatriz.

-No fue culpa tuya- Él intenta sujetarse del copón- No toda al menos. Me salvaste la vida. Estaba casi ciego. ¡Era un tumor!.

-No vengas a joderme con tus rollos. ¿No te contó tu madre por qué nos divorciamos? Yo te operé borracho.

El cristal de la urna está impecable. No puedo resistirme. Lentamente, cada línea de la palma de mis manos, cada dedo, van posándose en él como con mimo, dejando su huella, compartiendo un lugar durante un tiempo con la hermosa escultura aprisionada. Una de mis iguales, una de mis hermanas.

-Y yo te convencí de todo esto- me vuelvo hacia su rostro, le obligo a que me mire- Indultarte pudo ser mi forma de vengarme. Y exponer, tu manera de pedir perdón. Quizá estemos ya en paz.

El Fotógrafo vuelve. Nos marchamos. Intuyo que aún me siguen sus gafas a través del cristal cuando La Rubia nos despide alborotando risitas y palabras.

LUIS FEITO
Negro y rojo – Luis Feito

Pilar Rubio

Pilar Rubio Ha publicado 56 entradas.

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