Por mis briquetas – por DANIEL CARAVELLA

Notaba como el viento, acompañado del siseo, mecía sus sienes plateadas. Era un morrocotudo día de invierno. Sobre sí, un cielo gris, y a medida que fue avanzando la mañana se tornó más plomizo. Cuántas veces había visto aquello. No intentó responderse, pues era inútil, siempre sostuvo que no se tenía memoria climática, y salvo que quedara constancia escrita, todos pecábamos de lo mismo, “Yo como este año no recuerdo nada igual”.

Se sentó en su trozo habitual del banco del parque. El viento traía aromas de leña recién encendida que le evocaba su sillón junto a la chimenea. Paradójico, allí sentado, recordaba una chimenea encendida, que sólo se había encendido una vez, y por la emergencia de un corte de luz, que provocado por un temporal de viento y nieves los tuvo casi un día sin calefacción. Sólo de pensar en tener que limpiar luego todo, se le quitaban las ganas de encender nada. “Maldita pereza”

La oscuridad, justo a la hora del Ángelus, era casi de eclipse. Se incorporó, y respiró profundamente, intentando absorber todos los aromas que traía el aire, pero comprobó que el viento había cesado. Floculaba en el ambiente un silencio mudo. Entonces le vino a la memoria lo que muchas veces había sentido, “el silencio de la nieve”. Efectivamente, no había duda, tras ese silencio, sólo quedaba la nieve, así que sin mediar más pensamientos, se encaminó a casa.

Su bienvenida fue la habitual. Unos maravillosos ojos verdes y una sonrisa que preguntaban tras la puerta. “¿Se va a caer el cielo?” La respuesta fue inmediata, “Desde luego lo parece, aunque tengo mis dudas si será el cielo, o todo lo que hay tras él”, al tiempo que cogía las llaves del trastero. Al cabo de un rato volvió con una caja desempolvada, pero de color amarillo rancio debido a los años que llevaba aparcada en el trastero.

“¿Sigue viva?”, ambos conocían el contenido de aquella caja. Una caja de “Briquetas” con una antigüedad de dieciocho años, y con falta de dos unidades. Las dos únicas que fueron quemadas durante el apagón de aquel año. Después de acarrear por Madrid con la caja, tras recorrerse dos Corte Inglés, volvió a casa en autobús con la ilusión de encender la chimenea. Y así fue, pero casualidades del destino, habiendo casi prendido las “briquetas”, volvió la luz, y con ella, la calefacción, los baños de las criaturas, la cena, etc. Tanto follón para nada. Así que plegó la caja, la guardó en el trastero, y bajó para esperar a que se extinguieran las brasas y así poder recoger la ceniza.

Pero esta vez no. Se acercó a la chimenea, comprobó que el tiro funcionaba, colocó en la chimenea sus “Briquetas”, y montó una pira de calor lo más impresionante que jamás se hubiera observado. Cogió dos bandejas, sirvió la comida, y frente al fuego, invitó a su chica a una comida romántica. Esta vez, la compañía de la luz, no le iba a fastidiar sus planes.

 

Daniel Caravella

Daniel Caravella Ha publicado 135 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *