Por detrás de la risa – por P. RUBIO

“Tengo la certeza de que una relación se está muriendo cuando a mi pareja le empieza a molestar mi risa”. La mirada de Marta volaba sin encontrar nada interesante en que posarse. Bonita tarde, bonita terraza en aquel acantilado, bonita costa. Odiosamente familiares las palabras “¿No podrías reirte un poco más bajito?, ¡qué escandalosa eres!”.

Sentado enfrente, en silencio, ya casi transparente, él. Detrás, el principio de la cuesta abajo, la pared de ladrillos al final, el choque. El de un Andrés hostil, contra un muro sonoro. Marta sabía que iba a ganar la risa. Desafiante, la había vendido siempre en los momentos menos apropiados. Al principio, intentó dominarla armada de una sonrisa socarrona, de las que miran hacia otro lado para evitar el tiro. O tímida, ojos bajos con la modestia indicada en según qué momentos. Pero no fue posible, aquella carcajada no lo iba a consentir. Contador de radiaciones de lo absurdo, resonaría de pronto en su trabajo, en funerales, incluso en el velatorio de su padre. Marta nunca podría confundirse tranquila entre la gente riendo de esa forma.

Con el paso del tiempo, decidió acostumbrarse y aceptarla como compañera. Dejó de agobiarse cuando le daba por aparecer. Se rindió a aquel repiqueteo, rebeldía de sus tripas frente a las tardes de lluvia gris y cotidiana. Aprendió luego a entenderse con ella, a disfrutar soltando carcajadas. Bocina de coche, sirena de ambulancia, sintió que la guiaba, anunciando de paso que no se iba a parar, aunque hubiera razones muy sensatas para hacerlo. Y así llegó a ser merecedora de su risa.

Andrés, aquella tarde en el acantilado, estaba asimilando que no podría llevarla hacia su vida en sombra, mientras la protegiera aquel ruido insolente. No era el primero. De hecho, era aburridamente familiar. Al principio sus carcajadas encontraban parejas en la boca de enfrente. Iban unas a otras, se atropellaban, rodaban abrazadas, sonaban a la vez. Ambos creían que no acabarían nunca de reir. Un día, siempre por sorpresa, le respondía el silencio. Tras esto, la condena.

Marta, de espaldas a la costa, miraba a través de él, algo estaba pasando allí detrás. Se tapaba los labios con las manos, ocultando una mueca. Hasta que incontenible, con sabor a otras tardes, se le escapó una bocanada de sonidos. Sin respuesta. Los dos se dieron cuenta de que era la carcajada final, la irreparable. Marta se levantó, la risa se escondió, pero se fue con ella. Ya volvería a surgir para salvarla.

acantilado

Pilar Rubio

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