POP-ROCK: Jolie Holland – “Wine Dark Sea”

Jolie Holland podría ocupar con justicia una cátedra sobre música popular de los EE.UU en cualquier universidad. A lo largo de sus seis discos nos ha demostrado su absoluto dominio de todos los palos de la tradición norteamericana, especialmente en las facetas más negroides del blues,  jazz,  soul o gospel.

A pesar de ello, los responsables de su casa de discos, ANTI, nos insisten en que las referencias primarias de su artista se encuentran en el rock de los años 60 y 70, en algún lugar entre los desvaríos maravillosos de The Velvet Underground y la belleza afilada del Zuma de Neil Young. Sea, no pretendemos ser más papistas que el papa.

Pero es cierto que la chica, consciente o inconscientemente, destila por los poros influencias mucho más cercanas a las raíces, sin obviar las enseñanzas que pueda haber recibido de Bowie o de los mismísimos Stones. Lo que sí es indiscutible es que Jolie Holland consigue llevarse todos los aprendizajes a su terreno y desarrollar un sonido propio y muy personal.

Texana de Houston y profesional de la música desde muy joven, en su adolescencia ya se defendía con soltura la guitarra, el piano y el violín, y tocaba en bandas ambulantes. Tras pasar por Canadá, se establece en la costa oeste de los Estados Unidos y su nombre empieza a sonar en el circuito neofolkie de San Francisco, hasta que el sello ANTI se fija en ella y le produce en 2003 Catalpa, su ópera prima.

Sin embargo, es su segundo disco Escondida el que un año después le genera el respeto y la admiración del sector y de la crítica. Aboga esta obra por un blues que incurre con facilidad en el terreno jazzístico y en los aires de un folk complejo de tintes a veces oscuros.

Tras Springtime Can Kill You (2006), The Living and the Dead (2008) y Pint of Blood (2011), esta primavera Jolie Holland nos trae Wine Dark Sea, una obra que representa un cambio de tercio respecto a su producción anterior.

En efecto, se ha rodeado para la grabación de músicos procedentes del escenario alternativo neoyorquino, en concreto, dos baterías y tres guitarristas, además de diversos intérpretes de metales. Esta formación edifica estructuras bastantes avanzadas e innovadoras en torno a las bases tradicionalistas de Holland, de forma que el producto final está más cerca del pop más progresivo que del blues de guitarra de palo.

Las guitarras cortantes como sierras están presentes en gran parte de los temas y también los ritmos agobiantes. El overdrive que desenfoca la estructura góspel de On and On, el tema que abre el disco, ya se presenta como una declaración de intenciones.

Como contrapunto, First Sight of the Spring, se nos aparece como reposada, bella e intensa, reforzando los matices más evocadores de la voz de Jolie Holland. Pero en Dark Days la cosa cambia y nos enfrentamos con una canción basada en un ritmo obsesivo y agobiante, flanqueado por guitarras reverbeantes y chirriantes que suenan como el casco de un barco que se parte en dos.

Probablemente, Route 30 es el tema menos experimental, por decirlo de algún modo, de toda la obra. Se trata de un ejercicio de country en el estado más puro posible, dadas las inclinaciones actuales de Holland.

A la atormentada I Thought I Was the Moon le sucede la más alegre melodía de The Love You Save, un rock lento con aromas sesenteros. Mención aparte merece All The Love, una balada preciosa y relajada que a mi juicio es probablemente el mejor corte del disco.

Mientras que Saint Dymphna mantiene los aires alegres de los temas precedentes, Palm Wine Drunkard aterriza sobre una melodía sobria de piano cabaretero en la más pura tradición de Tom Waits, que nos recuerda enormemente a otro temazo de Holland de 2004, Old Fashioned Morphine.

Cierran el disco el experimento Out In The Dark Wine Sea y los saltarines ritmos soul de Waiting For The Sun, coloreados por unos metales motown que no desentonarían en un tema de Martha Reeves.

Dark Wine Sea no es un disco directo, de esos que nos entran por los oídos a la primera, pero es de aquellos cuya grandeza vamos descubriendo y admirando con cada nueva escucha. Yo personalmente creo que merece la pena escucharlo y estudiarlo una y otra vez para que nos revele todos sus tesoros.

Pablo Rodríguez Canfranc

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