Planazo en Portugal – por ELENA SILVELA #misescritos

Planazo es aquel en que subes a un coche rumbo a la frontera con Portugal con cinco pasajeros: cuatro tías y la que suscribe. El término “tías” no es peyorativo, denota un vínculo familiar. Yo soy la sobrina, la sobrina entregada. Cuatro tías, os contaba, dos de ellas son incapacitadas. Una lleva bastón, María del Carmen, en ocasiones como mero adorno; y la otra, Piedad, se ha auto proclamado incapacitada. Todas son más que mayores de edad. Al volante, Isabel, dueña y señora de las carreteras de la comarca. No lleva navegador, va contra su religión. Afirma con rotundidad que se sabe muy bien el camino. Isabel es de naturaleza impaciente, lo lleva en su apellido materno. Además, le mola pisar el acelerador, le mola. Vamos de excursión como quien va a apagar un fuego o a ayudar a un parto. Para darle más emoción al día, la carretera es de un solo carril en el último tramo y ¡ay! pobre del coche que osa ponerse delante de nosotras, cuatro señoras de tercera edad y una sobrina suicida. Nos incorporamos al derrape en todas y cada una de las entradas que indicaban “Miranda do Douro” -dando por hecho que habíamos llegado a destino-, muchas de ellas merenderos o miradores.

Sanas y salvas, aterrizamos en el pueblo y, sorpresa, del maletero saca Isabel una silla plegable. Por si María del Carmen se tiene que sentar en mitad de la calle, me dice. Abro los ojos desmesuradamente, mientras veo colocar la silla en un carrito de ruedas. Carrito que, por supuesto, paseamos por todo el pueblo, como esos vagabundos que llevan la casa a cuestas. María del Carmen no echa mano de la silla en todo el día, vamos por Dios, con lo bien que camina ella con el bastón.

Para evitar incómodas aglomeraciones en el restaurante de moda, decidimos comer inmediatamente, a las doce del mediodía (hora local tempranísima). Treinta escalones hacia abajo que María del Carmen desciende apoyada en el brazo de una y en el bastón. Lento descenso. Observo la escena mientras murmuro una letanía. Sin lesiones. Almorzamos (doce del mediodía, hora local) un bacalao, ni más ni menos. Uno podría figurarse que la conversación entre nosotras fuera aburrida, pero no. Ni mucho menos. Hacemos un recorrido por los diversos grados de incapacidad, no sé por qué motivo les apasiona, y por los diferentes métodos de envenenamiento. No pretendemos envenenar ratas, no, se trata de matar lenta y disimuladamente maridos. Envenenar maridos, os diré, es una actividad sana y liberadora de estrés. No temáis, es un simple ejercicio mental, ninguna de mis tías se atreve a ponerlo en práctica. Para subir las escaleras, sentamos a María del Carmen en una plataforma especial. Por fin, la silla plegable sirve para su propósito. El viaje de la plataforma es eterno, ni el funicular más antiguo va a esa velocidad. María del Carmen no queda nada satisfecha.

Toca el recorrido por las tiendas del lugar. Sábanas, manteles, menaje de hogar, cacerolas, colchas, paños de cocina, delantales. Café portugués y mantequilla. No se compra mucho, nos decimos unas a otras. Resultado: con el paso por dos tiendas tenemos que poner el freno. Piedad se ha comprado una cantidad tal de artículos que el maletero del coche amenaza con no aguantar un tercer envite. Se acabó, sentenciamos el resto. Todas al coche, castigadas.

Queda encontrar el café y la mantequilla, sabemos que lo veremos en el supermercado del principio del pueblo. Han preguntado tres veces, les han dado las instrucciones en portugués españolizado. Han asentido y puesto cara de enterarse. Ni puñetera idea. Tres intentos y ni rastro del supermercado. A la mierda el café y la mantequilla. Volvemos a casa.

Ana es la cuarta de mis tías, la más joven, sosegada y equilibrada. Ha pasado el día como yo: observando el panorama.

 

Arribes de Duero. Fotografía de Elena Silvela

Elena Silvela

Elena Silvela Ha publicado 310 entradas.

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