Plagios, por CHEMA BASTOS #escritos #música

Parece un tema sencillo de definir y valorar: el plagio es una copia, el robo de una creación intelectual o artística, el expolio del esfuerzo creativo de un compositor o escritor; y está muy feo, claro que sí.

Todos estamos de acuerdo en que en la literatura el plagio es un cante, que desde que existe Google se detecta en unos segundos, los que tardan los profesores en encontrar los trabajos copiados del Rincón del Vago. Sobre todo si como Ana Rosa Quintana te dedicas a fusilar a Danielle Steel – la Corín Tellado americana,-  o incluso si lo haces con algo más de clase pero la misma ética, como Lucía Etxeberría cuando robó unos cuantos versos del poeta Colinas, después de haber copiado párrafos enteros de un conocido libro de Elizabeth Wurtzel -a su vez despedida de su trabajo por plagio – y antes de reproducir como suyo el artículo de un psicólogo.

Pero en la música el tema del plagio es bastante más complicado. La música no representa más que la propia música, no se refiere más que a sí mima, y no ha podido hacerse abstracta como la pintura porque ya lo es. Por eso evoluciona muy despacio, aplicando una nueva y fina capa de barniz a todo lo anterior, de forma que de algún modo una melodía solo te gusta si al menos te evoca una anterior. Las creaciones de Arnold Schoenberg, o el Bitches Brew de Miles Davies son obras que tiene el mérito de ser casi absolutamente originales, y por tanto casi inaudibles, y en todo caso no sufren riesgo alguno de ser copiadas. El resto de las obras que nos hacen disfrutar levantan un recuerdo en tu interior que alguien puso allí antes, así que cuando se dice que lo que no es plagio es tradición, o que el arte es siempre una cita, igual se exagera pero no se miente. A Stravinsky entre otros se le ha atribuido la famosa frase ”los grandes músicos tiene influencias, pero los genios directamente robamos”, una afirmación más cínica pero tampoco falsa del todo

Eso hace que distinguir el plagio de lo que es el necesario saqueo del acervo común sea muy difícil. y que a nadie en sus cabales se le ocurra reclamar los derechos de una bulería, un blues o una jota. Especialmente en la música popular, las progresiones de acordes, los ritmos, e incluso las lineas melódicas y los arreglos pueden ser idénticos, de manera que solo se puede hablar de plagio cuando hay una identidad evidente tanto en la armonía como en la melodía de una obra.

Todo esto explica que sea perfectamente posible lo que se llama “plagio inconsciente”. Contaba Michael Stipe que un día llegó al local de ensayo emocionado por la idea que traía en su cabeza para compartir con el resto de R.E.M. Cuando empezó a cantar la melodía que creía haber creado de la nada, los demás partidos de risa le aclararon que la canción era ciertamente preciosa, pero que ya la había compuesto Leonard Cohen 30 años antes con el titulo de Suzanne.

Stipe es un tío decente y además tiene la suerte de formar parte de una banda con cultura musical, así que incluyó la canción en su álbum de 1998 Up, aunque por supuesto la acreditó justamente a nombre de su autor. pero otras veces uno no tiene la honradez o simplemente la consciencia para reconocer que tu creación es en realidad un recuerdo. My Sweet Lord, uno de los plagios más conocidos de la historia del pop, , por el que resultó condenado George Harrison, fue declarado por el juez como plagio inconsciente, y hay que decir que aunque el bueno de George intentó por todos los medios resarcir a las Chiffons por el robo involuntario, los abogados de las agraviadas vieron un filón de dinero en el caso tal, que se negaron a negociar, e incluso se llegó a especular con los derechos de la canción, como si fuera un valor de bolsa. Al plagio inconsciente también recurrió Rod Stewart para justificar el parecido entre su Da Ya Think I’m Sexy? y el Taj Mahal de Jorge Ben, aunque estos sí llegaron a un amistoso acuerdo, probablemente en aplicación del viejo principio de que entre bomberos nunca nos pisamos la manguera

Y es que en general los artistas son más comprensivos al respecto que los aficionados, porque son conscientes que no es posible diferenciar a veces la inspiración de la imitación, y saben que lo importante es tener cierto estilo a la hora de apropiarse de lo ajeno. La música clásica por ejemplo es un filón inagotable de melodías sobre las que construir un canción pop: sólo el Concierto nº 2 de Rachmaninov ha dado para dos canciones de Sinatra y el conocido All By Myself de Eric Carmen. Otras veces la inspiración se localiza tanto en una obra, que resulta sospechoso, aunque no sea delictivo. Princesa de Sabina, por ejemplo, es una canción distinta a Like A Rolling Stone a Bob Dylan, eso está claro. La melodía y los acordes se parecen desde luego, pero no lo suficiente para   hablar de plagio. Es al comparar el tema de la canción, la historia de la chica que lo fue todo y ahora se arrastra por el fango, cuando empieza a oler más a transpiración que a inspiración.

Por más matizaciones que se quieran hacer por supuesto que hay auténticos atracos a partitura armada. Aunque uno sólo se lleve un detalle de otra canción a su terreno la acción es un robo premeditado si ese elemento constituye el gancho de la misma, lo que la hace reconocible, como la línea de bajo del Under Pressure de Queen y Bowie de la que se apropió Vanilla Ice

Como en todo los delitos, hay circunstancias que agravan la pena. Es especialmente indignante cuando el ladrón se muestra pretencioso o se presenta como paradigma de la independencia creativa. Coldplay fusilando una canción del pobre Peter Allen -el famoso Ritmo de la Noche -, o los “incorruptibles” Flamming Lips haciendo lo propio con el Father and Son de Cat Stevens son dos ejemplos notorios.
https://www.youtube.com/watch?v=PFi6-FObaoE

Desde que existe la Red, es fácil y algo frustrante comprobar que casi todo lo que has descubierto ya estaba colonizado. Pero hubo un tiempo en que únicamente podías recurrir a la memoria para detectar un plagio interesante, y te podías  sentir un auténtico detective musical. Por eso le tengo especial cariño a uno, que pude cazar siendo muy chaval. Los Hombres G tienen un canción de largo título Dejad que las niñas se acerquen a mí, que resulta ser un calco de la archiconocida Don´t Worry Baby de los Beach Boys”. El falso autor encima tiene el morro de incluir en la letra la frase “no me gustan las niñas a las que todas las canciones les recuerdan algo”, una amenaza en toda regla a las fans que se atrevan a denunciar la copia.

Desde luego si Stravinsky tenía razón, David Summers es un auténtico genio…

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Chema Bastos

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