Pirata, por FERNANDO REVIRIEGO #relato

Hacía un día extrañamente caluroso.
Las calles estaban llenas de gente.
Gente arremolinada en torno a los comercios. Gente en las improvisadas terrazas que se habían puesto a las puertas de los bares. O gente que, simplemente, y sin objetivo alguno, paseaba.
Como casi siempre, yo era uno de estos últimos.
Venía paseando desde la Residencia, en uno de esos escasos y dulces momentos que en la última semana de exámenes puede uno permitirse. Lo hacía sin prisa, y sin objetivo cierto, por la calle Madrid, a la altura de la zona peatonal, cuando el sonido ronco de una vieja guitarra llamó mi atención.
Volví la cabeza.
Sentado en un banco de piedra pude ver a un hombre viejo, con barba blanca y frondosa, gorra blanca de marinero con una franja azul en su base, gafas de gruesos cristales y negra montura.
Le faltaba una pierna y agarraba con tanta fuerza una guitarra, que hubieran sido pocos los que no hubieran jurado que formaba parte indisoluble de su cuerpo.
No había pasado siquiera un segundo cuando aquel hombre comenzó a cantar. Su voz resultó mucho más ronca que el áspero, pero suave, sonido de su guitarra. Por el acento deduje que era portugués. “..Quizá cante un fado..”, pensé, creo que en voz alta.
Me paré a unos metros de él. Los suficientes como para que no pudiera reparar en mí.
Fueron tres, quizá cuatro, las canciones que pude oírle.
Eran todas ellas canciones de amor. De esas que se pueden calificar como desesperadas. De esas que cantan bien aquellos que han tenido la suerte de amar apasionadamente, o bien aquellos que nunca alcanzaron aquel sentimiento, y amargamente lloran por tenerlo.
Su voz era ronca, áspera, pero resultaba especialmente cálida. Quizá como la caricia de ese abuelo que nunca tuve. De ese abuelo que siempre imaginé de manos callosas, viejas, rugosas, y calientes, y que, cuando se acercan a una mejilla, se transforman por arte de magia en la mejor de las caricias. Sonreí cuando aquel hombre, al paso de una chica guapa, la llamó “..¡Princesa!..”, y por unos segundos imaginé a aquel hombre con unos pocos años menos, tratando de conquistar a la luz de una luna cualquiera, y a la sombra de una taberna cualquiera, a una muchacha linda, con su guitarra colgada del hombro, susurrándola al oído aquella vibrante palabra, “..Princesa..”.
No se por qué, quizás la gorra de marinero, quizás la barba blanca, o quizás esa pierna que le faltaba, no pude imaginármelo más que como un pirata, un pescador, o un aventurero que, tiempo atrás, hubiese embarcado para conocer mundo y enamorar lindas chicas al son de su guitarra.
“..Quizá perdiera la pierna devorada por un pulpo gigante allá por la Costa da Morte..”
“..o por un cocodrilo en alguna intrincada bajada del Amazonas..”
“.. o por algún animal salvaje en la antigua Fernando Poo..”
“..O quizá por un hondo y certero navajazo defendiendo ante un bárbaro brutal el honor de una curtida prostituta.. a la que él, de seguro, llamaría también.. Princesa..”
“..o quizá es que nunca hubiera tenido pierna..”.
Deseché aquella posibilidad enseguida con un brusco movimiento de cabeza, como rematando a gol un imaginario esférico.
Un esmirriado chavalillo en chandal, y con la mochila al hombro, pasó cerca del viejo mientras terminaba un helado, y, al oírle cantar, quizá cautivado por esa misma imagen de abuelo que a mi me atrajese, rebuscó en uno de sus anchos bolsillos de rapero, echándole unas monedas.
El viejo le dedicó una larga sonrisa, al tiempo que le decía con aquel inconfundible acento portugués “..Graciassss.. Priiiiiiiiiincipe..”. El chavalillo sonrió fugazmente, mientras daba otro largo y voraz mordisco a su menguante bola de helado.
Cada vez parecía hacer más calor.
El viejo retuvo su canto un instante para secar de sudor su frente en aquel día extrañamente caluroso.
Entonces, giró la cabeza hacía mí, y sintió mis ojos en él clavados. Sin parecer molestarse, y en una misma acción, tocó su gorra como en un saludo, me sonrió, y guiñó un ojo.
Yo le devolví la sonrisa, pero comencé a caminar, con ese mismo rumbo que antes llevaba, mientras una canción de amor desesperada revoloteaba junto a mi espalda.
Sin saber cómo, ni por qué, no podía dejar de pensar las veces que, tiempo atrás, y siendo niño, quise ser pirata o marinero o príncipe de lejanas tierras o loco caballero andante en pos de disparatadas aventuras…
Me detuve nuevamente preguntándome donde dormirían aquellos sueños. En qué oscura y polvorienta esquina de mis pensamientos, o en que olvidado byte de mi cerebro.
Me volví de nuevo, y allí ya no había nadie. A lo largo de la calle me pareció adivinar que marchaba con sorprendente agilidad un viejo con muletas.
Cuando desapareció de mi vista, volví a pensar… con un poco de tristeza…
¿Dónde durmieron…? ¿Dónde murieron esos sueños?

 

Pirata

 

 

Fernando Reviriego

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