Piernas, ¿para qué os quiero? – por JUAN C. VIVÓ

Existe cerca de Riópar, en Albacete, una ganadería taurina, la de Papín. No es de postín, como la de Samuel Flores donde acude a capeas y fiestas la flor y nata de la sociedad española. Es una ganadería de vaquillas y novillos para los encierros de la Sierra de Albacete.

El ganado pasta unas veces, cerca del río y otras veces en lo alto en el Calar. El sendero estrecho que serpentea desde el pueblo hasta Los Chorros se ve interrumpido por una rústica valla.  Discurre entre un tupido bosque de pinos y sabinas y una gran cantidad de arbustos y hierbas que crecen descuidadas debido a las frecuentes lluvias y nieblas húmedas que riegan la zona.

Caminar por allí es un placer por el frescor agradecido que mitiga los calores del verano y por la protección que brinda contra los vientos que se hacen notar en lugares más abiertos o en las peladas cumbres.

Cada poco se encuentran carteles que advierten del peligro: “no pasar, toros en libertad”.

Pero hete aquí que se encontraba un grupo de amigos unos días de acampada. El que mejor conocía el terreno propone ir a pasar al día a los Chorros. Propone el hombre una excursión al lugar citado, no por la carretera sino por un precioso camino entre los árboles que conoce muy bien.

 

Emprende el grupo una alegre marcha. Todo discurre agradablemente hasta que empieza a oírse un ruido sordo como el que surge de una campana rota. El sonido se vuelve más identificable: cencerros.

 

Que decir sino que, en la espesura no ves más allá de uno o dos metros. El miedo empieza a cundir. Nos paramos y discutimos si seguir o no. El guía quita importancia al amenazador ruido, por lo que todos le seguimos, ganadería adentro.

 

En esto que, tras un giro pronunciado del terreno, nos topamos con un señor toro que nos mira fijamente, mientras pasta tranquilamente. Tras él un caballo, y sobre él un gañán.

-¡Malditos hijos de puta! ¡No habéis visto los carteles! ¿Para qué están? ¿De adorno? ¡Os voy a dar de palos hasta en el forro los dientes, cabronazos!

No sé a qué teníamos más miedo, si al toro o al gañán. No sé si la iba a emprender a mamporros con nosotros o si nos iba a azuzar al toro. El caso es que “piernas ¿para qué os quiero?”. Cualquiera se quedaba allí esperando la sentencia.

MANADA TOROS

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