Perorata – por ELENA SILVELA

Esa oficina destartalada de flexos decadentes no es el mejor de los escenarios para el drama que está viviendo. Cientos de mesas diferenciadas por números y gobernadas por manos desganadas. Un calor pastoso y esa iluminación taciturna propia de casi todos los lugares administrativos. La persona de la mesa que me ha tocado es una más, no se distingue del resto en nada. Su manera de sentarse es igual, su predisposición a agradar al prójimo es idéntica a la de los otros. Lacónica, breve y justa.

He estado manteniendo su mirada durante largo rato. Mis pupilas sorprendidas, las de ella pasivas. Recuerdo haber rellenado el formulario con todos los datos, incluso los campos no obligatorios. También recuerdo el tiempo que he perdido en ello revolviendo los documentos del desván. Entre papel y papel se han reabierto viejas heridas. Una foto olvidada, la flor seca adherida a la página precisa, el menú de la boda.

Vuelvo a mirar su cara con franco asombro. Ella levanta la ceja por encima de las mini-gafas corroídas y sus hombros se mueven, casi imperceptiblemente, en un gesto de desdén. Mira el formulario otra vez, para darle más énfasis a sus palabras.

-Le digo que no está. Hemos buscado en el departamento por todas las esquinas y no está, le repito. -mueve las manos a modo de disculpa.

Agarro mi cartera con fuerza, quizá calme las súbitas ganas de asesinar. Es muy probable que la ira que repta vértebra tras vértebra se refleje en mis pupilas y no me importa lo más mínimo. Tengo las orejas rojas, pura rabia, y los nudillos sin riego. A mis ojos quieren asomar lágrimas pero las dejo agazapadas, ya habrá tiempo de llorar.

-De verdad, no quiero escuchar más estupideces. Si no tiene explicación, mejor cállese. Yo misma, fui yo misma quien depositó ese documento en este mismo registro hace diecinueve años. Que yo sepa, no ha habido incendio, ni saqueo, ni catástrofe similar. Deje de mirarme como si le estuviera dando la mañana, por Dios. Investigue con un poco de profesionalidad, de cuando en cuando hace mucho bien. Por mi parte, no pienso moverme de esta mesa hasta que aparezca el documento o reciba una explicación que renueve mi fe en este su registro. Ya. Ya sé que no es suyo, pero por una vez haga como si le importara.

De la última palabra de mi indignado discurso arrastro las sílabas y compruebo que no hay perorata que por bien no venga: mi adversaria traga saliva e intenta disimular la sorpresa. Coge el formulario maldito y se levanta, al fin. Desaparece tras la puerta de acceso al archivo. Me tiemblan los dedos, también la barbilla. Tengo que respirar profundo varias veces. Miro a mi alrededor, me observan sólo los de la cola, deseosos de que llegue su turno. Acomodo la espalda en la silla en previsión de un rato largo. Cruzo los dedos.

No han pasado siquiera tres minutos y reaparece ella tras la puerta. Ella. Con paso chulesco se acerca a la mesa y posa un documento.

-Lo hemos encontrado. Perdone, en el archivo constaba bajo el nombre de otra persona. Si no tiene más solicitudes, le ruego deje paso a las personas que esperan en la cola.

Ahora sí que estoy mirando con genuino estupor. Compruebo que el documento es en efecto mi documento y elevo la voz, ligeramente.

-No pretenderá hacerme creer que no han podido encontrar esta escritura en quince días y ahora, mágicamente, en apenas dos o tres minutos dan con el documento -lo alzo a la vista de todos, ya tengo un público casi entregado- que está, para mayor y máxima dificultad, archivado bajo un nombre diferente. Jamás podré entender por qué nos consideran incapaces de pensar más allá de sus respuestas. No tiene ni idea de lo importante que es esta escritura para mi vida. Ni tiene idea ni le importa. Y sí, tengo otra solicitud. Quiero una hoja de reclamaciones y su nombre y apellidos, si es tan amable.

Esto último lo recuerdo bien. Relleno la hoja con lentitud premeditada mientras con la otra mano sujeto firme mi escritura. Alzo la vista y deposito el documento encima de su pila de papeles. Con ese gesto estoy enterrando tres meses de angustia. Ya no me quedo sin casa. Me levanto pausada. No miro hacia ella. Escucho algo parecido a unos aplausos al salir por la puerta doble del edificio.

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Elena Silvela

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