Pequeñas historias – por ELENA SILVELA

Quien afirmó ver el mundo como una composición de átomos sabía poco de la vida. De vivir. El mundo, señores, está hecho de pequeñas historias de amor. Gestos y encuentros. Detalles de bondad. Todos aquellos eventos en que el bien se abre camino de alguna manera.

Sin pequeñas historias de amor los átomos no sobrevivirían ni un día al torrente abrasivo del mal. La vida de las personas muere sin gestos de amor. El ánimo languidece hasta dejar de palpitar. Por supuesto, no es necesario el gran amor en forma de perfecta pareja, de príncipe azul. No. Son necesarias las pequeñas historias. Los detalles en que se sustenta una existencia. Un mensaje. Una llamada. Una simple caricia puede alimentar a una persona durante mucho tiempo.

Siempre pienso en el caso de un hombre encerrado en una celda de aislamiento en la que en ningún momento se abre una compuerta por la que pueda pasar luz, comida o agua. La inanición llegará antes por ausencia de una pequeña historia de amor que por motivos de estricta salud.  Sirve aquí también el ejemplo del anciano inmerso en la soledad de una residencia  “que se deja morir”.

El corazón palpita en aras de supervivencia, habitualmente, pero no lo hace más allá de la ausencia absoluta de bondad. La esperanza tiene una frontera. Cuando se traspasa, el mundo se acaba.

El otoño es una estación que hay que llenar de pequeñas historias de amor. Para suplir el sol, para llenar las tardes de temprana oscuridad. Para salvaguardarnos. Unos a otros.

 

 

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Elena Silvela

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