Pepe – por DANIEL CARAVELLA

Levantó la vista del periódico según oía que un taconeo, firme y perfectamente acompasado, se acercaba hacia donde se encontraba. Era uno de los bancos de espera de la estación de ferrocarriles. La salida de su tren aún se demoraría media hora y no era cuestión de pasar ese rato de pie, al fin y al cabo conocía la estación y, salvo las personas, lo más atractivo del lugar consistía en leer, o inventarse historias sobre los transeúntes.

No lo pudo evitar, aquella firmeza al andar, aquel taconeo, no sólo llamó su atención por cómo retumbaba en el vestíbulo. Ahora que era consciente de forma visual, según pasaba por delante de su vista se ralentizo el tiempo. Un metro ochenta, ataviada con falda y traje de chaqueta, todo en negro. Medias con costura trazada con tira línea perfectamente vertical. Sombrero negro de ala muy ancha, ala que apenas dejaba ver su cobrizo pelo recogido en un moño bajo, su rostro de tez pálida y sus labios de un carmín encendido. Aquel instante, casi detenido en el tiempo, le dio un universo de fantasías al deleitarse con el movimiento sinuoso de aquellas caderas que, al andar, cruzaban las piernas para taconear de esa forma tan demoledora. Menos desnudarle, su mente se atrevió a libar todos los placeres mundanos en décimas de segundos. Pero ese tiempo eterno fue efímero, tal cual llegó, prosiguió su camino y se perdió tras las puertas de acceso a la estación.

Dos o tres segundos más continuó con la vista en alto. Se quedó recogiendo las migajas de todas las fantasías a las que había sucumbido. De vuelta la vista sobre su lectura, suspiró, miró su reloj de muñeca y vio que era hora de partir. Puso su metro y medio en marcha hacia el andén al tiempo que se decía, “Pepe, mucho pollo para tan poco arroz.”

 

 

 

Daniel Caravella

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