Pasiones: Culinaria – por ROSA H. MULA

Y de la cocina cabía decir lo mismo que del sexo, la religión y la política; cuando empecé a averiguar cosas por mi cuenta, era demasiado tarde para preguntar a mis padres.

Julian Barnes, El perfeccionista en la cocina.

Amo la cocina, y la amo física, metafísica y literalmente; la amo casi tanto como leer y un poco más que escribir. La amo un poco menos que a mis hijas.

La amo como concepto y espacio físico sin templanza, como actividad pecaminosamente festiva, acto íntimo llevado  a cabo a solas y la amo como actividad lúdica con amigos: yo cocino y ellos miran. La amo en los fogones y fuera de ellos, en forma de libro, en forma de receta arrancada o como receta olvidada, arrugada y vuelta a encontrar.  Y la practico con cualquier excusa o sin ella.

Me apasiona cortar, mezclar, amasar, picar y moler cualquier cosa que, mezclada de nuevo con otras, se  pueda luego comer. Cocino a lo loco y sin medir, sin saber si tengo los ingredientes necesarios, todo lo que falte lo suplirá en el momento justo mi lujuriosa pasión por cocinar y la generosidad del Universo. Cocino por impulsos eléctricos incontrolables, como dice mi hija mayor de casi todo lo que hago. Cocino sin saber qué va a salir y cocino sin ser consciente de que empiezo a cocinar ni de que ya he acabado de hacerlo.

Hago cursos de panes especiales, de técnicas orientales de salteado o técnicas francesas de pochado. Busco y pruebo ingredientes desconocidos, de esos de los que nunca antes había oído hablar. Mi colección de libros y revistas de cocina es muy parecida, en cantidad y calidad, a mi colección de libros “normales”.

Y los leo embelesada, como si de novela negra se tratasen, con la expectativa de descubrir una nueva pista; con el corazón en un puño y la esperanza de que algo nuevo —sea bueno o no— se me revele  estudio al personaje e imagino su ser, su vida, su rutina diaria, sus gustos, su alma y su pasión.

Por fortuna, no soy perfeccionista en la cocina y al placer que me produce mangonear aromas y colores entre cazos, pollos descabezados y col morada se añade la alegría infinita que da la absoluta ausencia de culpa, casi siempre presente  cuando leo a todo meter  y sin descanso, o cuando sin descanso evito el escribir.

Pero no siempre fue así.

Mi madre era una gran cocinera y sus tres hijas lo somos también, a más de uno de sus dos hijos varones (y el otro hace la mejor pipirrana de Europa; eso sí, es lo único que hace).

Quizás, siendo la mayor, lo lógico habría sido saber cocinar “de siempre”, haberme pasado horas a su lado mientras mi madre le pinchaba Duque de Alba a un pavo desplumado, hacía conserva de moras  o troceaba tomates de su huerto. Pero no lo hice; no tuve por entonces el interés ni la paciencia de aprender el arte de los fogones, me parecía cosa a la que no le había llegado el momento en mi vida. Y supongo que mi madre, creyendo lo mismo, tampoco me empujó a su arte.

Y cuando murió, de forma inesperada, me quedé al cargo de la logística de la casa, joven y soltera aún, con cuatro hermanos por debajo, un padre por encima y, enfrente, dos mucamas filipinas que esperaban órdenes que yo no sabía dar. Pero a los veinticinco años era tan inconsciente y eléctrica como a los doce y a los cuarenta así que decidí encargarme de ese asunto de los comeres de la familia.

Un tiempo después, y tras verse sometido por mi parte a una dieta severa que consistía a diario en solomillo con patatas fritas (la única parte de la vaca que 1) sabía comprar y 2) sabía que era buena carne), mi padre tomó cartas en el asunto con mucha delicadeza: se compró una olla electro-magnética (sea eso lo que sea) que cocinaba sola y nos la presentó con gran pompa y risas como el invento del siglo; por aquel entonces, desde luego lo era.

Mi padre, con este gesto, me dio a entender que había decidido ”echar una mano en casa”. Decidió estrenarse con unas lentejas…

A punto de estrenar la olla mágica —¡qué nervios!—, él y yo ante el infernal aparatejo, mi padre me tanteó:

—Además del chorizo y las patatas que me como y veo, ¿qué llevan las lentejas que no se ve?

Intenté adivinar. No me venía nada a la cabeza, así que eché a volar mi imaginación y, cruzándola  con mi muy particular lógica, apelotoné ingredientes que me sonaban a “guiso casero” con otros que me gustaban mucho.

—Pues… Cebolla, ajo, aceite, pimiento, tomate, avecrem, chorizo, beicon, jamón creo que serrano. Y laurel, pimienta negra, guindilla, supongo. Ah, y un chorro de vinagre. Creo.

Me miró con suspicacia y luego tomó una decisión: haría las lentejas a su manera. Un poco más sanas, con menos grasa.

La imaginación y la creatividad de mi padre siempre dejó cortísima la de sus cinco hijos juntos, y la usaba para todo: para inventar juegos de palabras y evitar que nos aburriéramos durante los interminables viajes a Almería —¡Dios mío, ese Despeñaperros!—, cómo arreglar un desgarrón en su pantalón de vestir favorito —esos escudos bordados autoadhesivos de las chaquetas escolares reforzados con superglú, por diosssss. Y, luego, para cocinar.

Pues le echó creatividad a las lentejas y creó en un momento su receta estrella (y la única que hacía): Lentejas guisadas con mejillones en escabeche de lata  (con su juguillo y todo).

Yo no sé qué sintieron mis hermanos en el momento de sentarse a la mesa y ver trozos de algo naranja flotando entre el pimiento y el jamón, pero yo pensé: “Hoy no comemos”.

Para mi sorpresa, la de mis hermanos y la del propio autor del plato, estaban buenísimas. En el instante en que mi padre se vió aclamado [también] en su faceta cocineril, comenzó lentamente a perder su interés por la cocina.

Pero la receta era lo suficientemente buena para que yo la apuntara en mi cuaderno  y pasara a la historia.

Y aquí os la dejo, si la hacéis no os defraudará.

 

RECETA PATERNAL DE LENTEJAS CON MEJILLONES

1 kg de lentejas (lo juro)

1 cebolla grande en dos trozos

1 ajo sin pelar

1 tomate cortado en trocitos

1 pimiento verde

1 chorizo de cantimpalo

Béicon al gusto

2 latas de mejillones en escabeche (de las de antes, no de las de pack de 3 de ahora)

Jamón serrano al gusto

Laurel, sal, pimentón picante

½ vasito de aceite de oliva virgen, chorretón de vinagre (del corriente)

 

Poner todos los ingredientes, menos los mejillones, en una olla (grande, que luego crece todo), cubrir de agua  (como cuatro dedos por encima de los ingredientes).

Cocer a fuego lento cuatro horas. Añadir los mejillones con su jugo y cocer otra hora más.

 

Y luego está lo de la factura del gas, claro. Pero por una vez es asumible…  😀

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Rosa H. Mula

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