¿Pasión por el fútbol? Desde niño digo: “No, lo otro”. – por JUAN CARLOS VIVÓ

Siempre me he preguntado cuáles son las raíces de mi pasión por el fútbol. Por supuesto que están en mi infancia. Pero, claro está, desenmarañar la trama de recuerdos de mis más tiernos años ligados al deporte del balompié no es tarea sencilla. Tras arduos esfuerzos he llegado a entrever tres factores, situaciones o influencias que han hecho de mí un futbolero incurable.

Los lunes tocaba rellenar la quiniela. Tras salir del cole iba a por la merienda casa de mis abuelos. Mi abuela ya había ido a por la quiniela. Como mi abuelo estaba ciego era yo el encargado, mientras me metía entre pecho y espalda un bocadillo, de rellenar con mi boli bic azul las casillas del impreso.

Resultaba también que mi abuela entendía de fútbol. Por tanto para colocar el uno, la equis o el dos en el encuentro que tocaba, no siempre había acuerdo con mi abuelo y las discusiones se eternizaban.

-Modesto, estás tonto, ¿cómo le vas a poner un uno al Betis con lo mal que va? ¿No te das cuenta de juega con el Atlético de Madrid?

-He dicho que un uno –contestaba mi abuelo con energía-.

-En fin, si no te quisiera tanto, porque a cabezón no hay quien te gane.

En definitiva, que unas veces cedía uno y otras otro, aunque no era extraño que la contienda conllevase uno o dos días de malas caras.

En el mismo patio de vecinos, íntimos amigos de mis abuelos, vivían Juan y la señora Eulalia, un matrimonio algo mayor que mis abuelos. Eran ambos los socios número 1 y 2 del Albacete Balompié. Gente cuya pasión por el fútbol les costaba dinero. Los lunes, Juan descargaba en una gran terraza de la que disfrutaba las camisetas, pantalones y calcetas que el equipo había utilizado el día anterior. Revisaban diligentemente todas y cada una de las prendas, las remendaban si había algún roto o algún descosido y llenaban como si fuesen las calderas de una locomotora, dos enormes lavadoras. Al terminar, tendían la ropa en varios tendederos que atravesaban todo el largo de la terraza.

Me gustaba ayudarles. Allí me encontraba yo enredado, con la clasificación de la ropa, el aprovisionamiento de las lavadoras, el traslado de barreños con calcetines llenos de césped y barro…

Y claro está: la pandilla de amigos. ¡Las tardes que habremos pasado en el patio de luces de mi casa dándole zurriagazos al balón! Mi cuerpo nunca ha sido el de una grácil bailarina, al contrario, siempre he tenido la fisionomía de un bloque de piedra con extremidades varias. Mi puesto era, pues el de defensa rompepiernas. Me colocaba, tan pancho, unos pasos por delante del portero y a esperar al delantero. Tenía tal fama de duro que, en el Torneo Interbarrios, el atacante adversario se pensaba dos veces el intentar pasar junto a mí pues sabía que una patada, por lo menos se llevaba. Un año, de catorce partidos en los que jugué, me expulsaron en seis.

 

En definitiva, que el fútbol es una pasión que muchos llevamos dentro. Quizá vosotros, estimados lectores, seréis capaces de dar razón de qué es lo que os motiva a amar tan bello deporte.

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Juan Carlos Vivó

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