Paredes blancas

Despertó de pronto, despistada, sin saber dónde. Paredes blancas. Una bolsa transparente, de la que caían pequeñas gotas. El dolor de cervicales le puso la realidad otra vez en su sitio. Estaba en la habitación del hospital, como siempre, una de tantas noches de los últimos meses. Su hijo dormía enchufado al incesante goteo, boca arriba, el síntoma más claro de un tremendo agotamiento. Ella era “La Madre Princesa”, el apodo que le habían puesto los médicos y enfermeras. Sonrió, levemente. La quimioterapia de esta tanda había sido larga y algo más fuerte que las otras. Se lo habían advertido los médicos, pero ella no quería creer que pudiera eso acabar con la alegría de su hijo. Recordó la visita de ayer de los payasos de la fundación, infructuosa. El resultado, dos sonrisas superficiales de su niño, casi más por compromiso que por placer.

Miró el reloj. Las once y cuarto de la noche del 5 de enero. Mañana, los Reyes Magos. Sabía que sus padres vendrían con regalos para su nieto. Se habían empeñado. Ella no quería ni pensar en la cara de su madre, nunca disimulada, al ver la cara macilenta de su nieto, sus ojeras profundas, su mirada sin brillo, las manos hinchadas.

Como siempre que sus lágrimas amenazaban con salir de excursión, se puso en pie de un salto, dispuesta a entretenerse en cualquier tonta actividad hasta que el arrebato se diluyera. Cogió el bloc de pintura de su hijo y el rotulador verde oscuro. Iba a pintar algo, pero comenzó…

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Seguro llego muy tarde con la carta. Este año quiero una cosa, una única cosa. No sé si he sido buena. No tengo parámetro de objetividad. Ninguno. Si cuidar de mi hijo y preocuparme de él y sufrir cuando él sufre y no poder resistir la idea de que no superará su enfermedad es haber sido buena, entonces he sido la mejor madre de este año. No sé si pedir que mi hijo salga del hospital curado es pedir el Cielo, pero si fuera posible, si sus Majestades pudieran hacer magia y mi hijo y yo…

Dejó de escribir. La hoja estaba empapada de lágrimas y no podía respirar. Realmente había sido una tontería eso de la carta. No era capaz ya de rezar desde hacía días; creer en unos Reyes de Oriente era una soberana estupidez. Se lavó la cara en el lavabo frío de hospital y volvió a sentarse en la butaca, la que albergaba a ratos el cuerpo ya raquítico de su hijo. Miró hacia la hoja sobre la mesa, la carta inacabada sin sentido. No tuvo fuerzas para levantarse a romperla y cayó en un profundo sueño, el de los derrotados.

Horas después despertaba de nuevo. El cuello crujió estentóreo al girar la cabeza. Su hijo seguía en la misma posición, boca arriba, el brazo amarrado al goteo. Al posar la vista sobre la mesa, recordó la carta. Ya no estaba. En su lugar, un sobre amarillo de hospital. Extrañada por no haber sentido a nadie entrar en la habitación, se levantó a husmear. Estaba dirigido a ella, en letras grandes. “Para María.” A punto estuvo de salir a preguntar en el control de enfermeras, pero la curiosidad se impuso. Abrió el sobre y saco una docena de páginas. La primera decía así:

María:

Soy la doctora. Una de las enfermeras del turno de noche, Natalia, me hizo llegar tu carta a los Reyes Magos. Era muy de madrugada. Siento mucho la intromisión, pero prometo que sólo la hemos leído ella y yo. Vuelve a estar donde estaba. No he podido resistirme y he metido un pelín de prisa al laboratorio de urgencias del hospital. Con los resultados que me han proporcionado puedo decirte que tu hijo está limpio. No hay resto alguno del tumor. Tiene, tan pronto se recupere, licencia para volver a casa. Durante un año. No soy un Rey Mago, pero me siento contentísima de poder dejarte este diagnóstico. Echaremos muchísimo de menos en esta planta a “La Madre Princesa” y a su hijo coraje. 

Dejé el sobre en la mesa, fue entonces cuando descubrí que mi manuscrito a Oriente estaba debajo, sin doblar, un poco arrugado por las lágrimas. Cogí el folio con ambas manos y me arrodillé junto a la cama de mi hijo. Agarré su manita con tanta fuerza que despertó. “Mamá, ¿han venido los Reyes al cuarto de las enfermeras?“.

Detalle del Belén de la Capilla del Hospital del Niño Jesús

 

Elena Silvela

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