Paraíso 2016, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Felisa parecía buscar un compacto entre los cientos de un aparador junto al equipo de música. Mientras, Jaime, su marido, leía en la prensa un artículo sobre las cuentas opacas de Panamá:

Dios creó el paraíso —dijo ella con tono de concentración, el que usaba cuando nadie le escuchaba— un lugar maravilloso en donde los hombres pudieran vivir felices su existencia sin hacer preguntas.

Él levanto la vista del periódico, sorprendido ante este arranque religioso en una persona atea:

No sabía de tus intereses místicos.

Hay tantas cosas que no sabes de mí, cariño. Escucha —seguía recorriendo con el dedo los discos—, el hombre perdió la fe y decidió mejorarlo. Multiplicó el paraíso sin complejos, los repartió por el mundo con esmero y los añadió un calificativo de orden: “fiscales”.

Ya. ¿Y? —alzó los hombros en un gesto de indiferencia del que se arrepintió antes de que Felisa, enfrascada en la búsqueda, lo captara y tuviera un motivo de enfrentamiento gratuito.

Y, como prueba del infinito poder de la corrupción, los convirtió en algo divino, sólo apto para elegidos, para apátridas económicos, aunque en muchos casos patriotas de boquilla y banderita no vayas a creer, para egoístas, contrabandistas, traficantes de personas, armas y drogas, proxenetas, comerciantes de esclavos, ladrones y políticos de nivel exclusivo, asesinos, terroristas, piratas y otras indeseables de calañas similares —seguía buscando de forma metódica—. En suma, para cualquiera que no quiera aplicar el hombro a lo común, al estado del bienestar, a todo lo que no es exclusivamente —subrayó la palabra— lo suyo —Jaime dejó el diario sobra la mesa y la observó, no era Felisa dada a los arrebatos—. Y no digo que sea ilegal lo que hacen, por Dios, que nadie malinterprete mis palabras. Ni que todos los personajes que utilizan tan sofisticadas herramientas financieras sean terroristas, o los subvencionen que no sé qué es peor. Sólo comento que sus dineros opacos, aún tratados con guante blanco, conviven con el de esos indeseables y sólo por eso su conciencia les debería impedir dormir.

¿Qué conciencia? El dinero no tiene conciencia y sus dueños se han contagiado de esta carencia. ¿Qué buscas?

Jaime había preguntado para demostrar a Felisa que seguía el razonamiento. Ella frunció el ceño y, tras pasar a la siguiente columna de discos, continuó su disertación, su tono iba in crescendo, en paralelo con la indignación que pintaba su cara de rojo sanguíneo:

Mientras tanto, las víctimas de estos hábiles ocultadores de ahorrillos a las haciendas públicas, buscan trabajo, médico, un hogar, estudios para sus hijos, quieren vivir honradamente, no temer atentados ni morir en un naufragio. Pero no se preocupen —parecía dirigirse en su enfado más al mundo que a Jaime—, nada cambiará. Del paraíso original nos largaron por curiosos y aquí serán igual de implacables. Tarde o temprano atraparán al chivato y acabará juzgado o confinado en una embajada. Los piratas vestirán de Armani o con bolsos de Louis Vuitton y los refugiados morirán en las pateras. Y si no me crees —afirmó aliviada—, lo encontré, aquí está.

¿El qué?

Colocó el disco que buscaba en el equipo. Era del dúo Ella baila sola. Saltó varias canciones y comenzó a tararear:

Mirando fijamente
se ha quedado a la orilla de un lago
que une dos continentes
ahora es sólo cuerpo y mente
su corazón se ha quedado en el barco
donde no cabe más gente

y maldice su suerte
no sabe que ha burlado a la muerte
que el barco que zarpó
cargado de ilusión
no pudo resistir sin capitán y sin timón
” 

Sabes de cuando es este tema —la afirmación de Felisa era pregunta que no esperaba respuesta, Jaime volvió a encogerse de hombros y alzó las cejas —. Dos mil uno. Ves, todo sigue igual.

vinilos

Rafael de la Torre

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