Parados – por MARÍA JOSÉ BARROSO

Se estiró la solapa con brío y sacudió una miga de pan aferrada a la manga de su mejor chaqueta, la única que aún sobrevivía con dignidad en su armario. Entró en la sala abarrotada con aire de despiste y el nerviosismo aferrado a su pecho, bien apretado contra la carpeta que había traído para tomar apuntes. Como cuando estudiaba, de joven, tantos años atrás.

Se acomodó en el extremo de la fila de asientos y solo entonces se permitió lanzar una mirada alrededor. Tantos rostros, tan diversos, mezcla de nacionalidades, razas y edades, tantas historias desconocidas encerradas en ellos. Y todos eran iguales. O debían serlo. Parados a quienes el benéfico ayuntamiento, en periodo preelectoral, había organizado una jornada de emprendimiento y empleo. Qué bien sonaba aquello, en teoría. Sondeó a sus compañeros y descubrió en algunos el brillo esperanzado que alentaban unos ponentes entusiastas, expertos en eufemismos, malabaristas del sentido de las palabras. “No sois parados, estáis en búsqueda activa de empleo. No podéis quedaros en casa, tenéis que moveros. No esperáis nada, ofrecéis servicios.” ¿Estaban en venta o debían venderse? Se sintió confusa y torpe. Tal vez estaba malinterpretando los encendidos mensajes que, uno tras otro, les lanzaban los expertos oradores. “La vida son contactos”, proclamó entonces, con contundencia una jovencita, atildada y elegante, dedicada a “recursos humanos”. Contactos, o lo que es lo mismo, la red de conocidos a quien pedir trabajo, el “enchufe” de toda la vida disfrazado con otra palabra, otro concepto distinto, más elegante, capaz de tapar vergüenzas y humillaciones.

Se preguntó cuántos allí habrían pedido incontables favores, cuántos se habían movido desesperadamente buscando un trabajo, cuántos se habían dado contra el sórdido muro de la conmiseración de sus “contactos”. Cuántas lágrimas. Ese muro construido de miradas de lástima que se posaban como una capa pringosa de pena, pegada a las paredes del ánimo, y que encogía el alma sin futuro a la vista. ¿Eran culpables por no haberlo hecho bien, por no haberse movido lo suficiente? ¿Eran inútiles que no sabían “venderse”? La sala le pareció entonces una cárcel de bonito y moderno diseño, donde mantenerles ocultos, escondidos de la sociedad, entreteniendo su tiempo, hasta que dominaran el arte de encontrar trabajo: “buscar trabajo es un trabajo también”, decía el ponente, satisfecho. Ellos eran su negocio, el objetivo de su empresa. Unos dependían de otros, pero él estaba en el estrado, arriba, y ellos abajo.

Sintió moverse a su lado una mano arrugada y lenta. La mano de un hombre mayor, de rebelde cabello canoso y anchas marcas atravesándole el rostro. Se levantó despacio y abandonó la sala, moviendo la cabeza de un lado a otro, como queriendo sacudirse el chaparrón de consejos bien intencionados y mentiras bien formuladas que le había caído encima.

Espere, le gritó. Se fue tras él y abrieron la puerta casi al unísono.  Salieron respirando hondo, primero él y luego ella, la cabeza alta, como dignos parados, parias del siglo XXI, con las manos vacías pero las palabras y la libertad intactas.

Dedicado a Eduardo Galeano. Un abrazo, maestro. 

banco-solitario-parque

María José Barroso

María José Barroso Ha publicado 70 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *