Para mi vida

Ese día, con sus interminables horas, me pareció el más horrible de mi existencia. Años después, mi memoria lo cataloga como uno de los más importantes de mi vida.

Era un día de invierno y caía la noche. Nos refugiamos en el cuarto de estar. Tú en la butaca y yo en el sofá. Me estabas hablando.

A ver si soy capaz de explicártelo bien. Lo primero a hacer, muy importante, un reconocimiento del terreno. Analiza la situación. Pon el negativo de los hechos por el lado más soleado. No caigas en la tentación de darle la vuelta. Intenta estabilizar al enfermo. Lo más posible. En un punto objetivo. Todo evento, por muy traumático y doloroso que sea, tiene una cara más amable. Menos desastrosa.

Sin aspavientos y lentamente, aléjate del desastre. Toma perspectiva. No mucha. Sólo la necesaria. Capea el temporal en la distancia. Necesitarás un buen chubasquero, abrigado por dentro, para dejar correr las lágrimas y contener el frío del alma. Pon una sonrisa al día, como mínimo. Oblígate a ello. Desahoga tus temores, penas y momentos profundos con quien más confíes. Elige para ello a una persona. A lo sumo, dos. Selecciona con cuidado al interlocutor, pues habrá de escuchar tu historia prestando mucha atención. Luego te tendrá que apoyar, sostener.  Para todo ello ha de apreciarte enormemente. No sirve cualquier amigo. 

Haz algo para ti a diario, algo que te agrade, algo que sea para tu exclusivo deleite. Será tu momento, tu momento del día. Donde no haya espacio para lágrimas ni penas. Cada segundo de ese tiempo ha de ser para disfrutar y alejar la mente de las aflicciones. Ese será tu alimento durante una temporada.

Deja pasar el tiempo. Sea mucho o poco. El necesario. No tengas prisa. Cada persona es un mundo y tiene necesidades complejas, gobernadas por coordenadas diferentes. Deja pasar el tiempo. El suficiente para que tu ira desaparezca y la pena quede reducida a un recuerdo lejano, tan levemente doloroso como un pellizco.

Ese momento de alivio llegará. La pena profunda que ahora sientes desaparecerá. Cuándo estés en ese punto yo me alegraré por ti. Habrás llegado a la fase más complicada. Habrás llegado al tiempo de recolectar la experiencia, desmenuzar las acciones afortunadas y menos afortunadas y desgajarlas de los grandes errores. Integrar en tu vida aquello que sabes a ciencia cierta que resultó positivo para que salga automáticamente en el futuro, cuando las cosas se presenten de modo parecido. Grabar mentalmente las acciones nefastas,  las palabras hirientes que no llevan a ninguna parte, los esfuerzos que no conducen a construir sino a destruir. Grabarlos para procurar que no vuelvan. Para intentar cometer menos errores la próxima vez. Y para estar más protegida.

la fotoTus manos se movían al compás de las palabras, la mirada era grave. Las frases salían lentamente, dando tiempo con ello a que yo pudiera empaparlas. No eran instrucciones rutinarias. Era una guía de vida. Cuántas veces después de aquella tarde volví a aplicar el croquis de subsistencia que me dibujaste con tanto afán. Recuerdo que me sorprendieron mucho mis lágrimas, aquellas que creí ya agotadas. Brotaron con tanta naturalidad y densidad que me parecía no tener suficientes pañuelos para la ocasión. Puedo ahora sentir el alivio de entonces al escucharte hablar del fin del sufrimiento y el principio de una nueva fase en la que uno vuelve a errar y sufrir. No porque estuviera deseando lidiar con un nuevo reto, sino por la certeza que me daban tus palabras de que siempre, en cualquier caso, llegaría a dar solución a la penuria que estaba viviendo. Sencillamente porque en tus palabras se encerraba algo mundano, el ciclo que se repite una y otra vez de error-pena-solución. De otra manera y con otros personajes y escenario de fondo, pero volvería. Ello significaba lo más importante, que la pena que cargaba esa tarde desaparecería, aunque fuera para dar espacio a otras.  

La lámpara de la mesita iluminaba tu regazo. Las manos se posaban sobre él en las pausas, eran suaves. No revelaban ni un ápice de crispación. Como si ya supieras el final. Me hacías beber agua. Me obligabas a levantar la mirada. Tenías todo el tiempo del mundo para mí. Para mi problema. Para mi alivio. Para mi vida.

 

 

Elena Silvela

Elena Silvela Ha publicado 311 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *