Pantalones de pana – por FRANCISCO NAVARRO

Los filósofos rurales visten pantalones de pana. No de color verde oliva como los del alcalde del pueblo o los del terrateniente. Un verdadero filósofo rural viste calzas de pana marrón, del color de los podencos más rápidos, con irisaciones en algunos lugares, brillantes por el roce perpetuo. También portan jerséis de cremallera, más bien gruesos. En este caso el tono de esta prenda no influye en la calidad del filósofo, ni mucho menos en sus silogismos. Sin embargo, son inevitables los irregulares agujeros horadados por las bolliscas del pito que cuelga, también a perpetuidad, de la comisura de los labios, especialmente a la derecha. El cigarro a la diestra y la carga de la bragueta a la izquierda, como dictan las normas de urbanidad.

Casi todos los filósofos rurales tienen canarios y un número importante de ellos entiende de grillos; no solo eso, sino que los cazan y meten en unas mínimas jaulas ad-hoc que fabrican sus aprendices con alambre y alicates. “Hacer jaulas de grillo” es uno de los trabajos más etéreos, livianos, fútiles, inanes y descansados del medio rural. Los grillos se cazan —como bien sabes diligente lector— miccionando dentro de la grillera, cuando el bicho siente que se ahoga sale a la superficie. Rápida y diligentemente se le tira la boina encima y ya está. Si un grillo, dios no lo quiera, se pisa y despanzurra, emite un chasquido espelúznate.

Todos desayunan churros traídos de la buñolería de la Rocío y café con leche, mientras el canto de los canarios y los colorines les proporciona el estado anímico propicio para desarrollar la mayoría de sus teorías y pensamientos más profundos y logrados. Los canarios (y los colorines) se meten en jaulas con los laterales tapados para que no vean al vecino. Por lo visto así cantan más.

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Francisco Navarro

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